<p>La imagen nos llega de Siria. Un niño se apresta a trepar por la carcasa metálica de un proyectil sin detonar de fabricación iraní, caído en el campo. Se encarama desde la naturalidad temeraria de la infancia con la intención de asomarse al interior. De lograr la hazaña, solo verá oscuridad.</p>
Cada cual busca controlar el desbordamiento del conflicto; alguno, de modo irresponsable, saca beneficio inmediato en el tablero doméstico
La imagen nos llega de Siria. Un niño se apresta a trepar por la carcasa metálica de un proyectil sin detonar de fabricación iraní, caído en el campo. Se encarama desde la naturalidad temeraria de la infancia con la intención de asomarse al interior. De lograr la hazaña, solo verá oscuridad.
No es una imagen de destrucción ni de víctimas. Y, sin embargo, suscita profunda desazón. Nos interpela. Es metáfora inquietante del momento estratégico que estamos viviendo. Un agujero negro que, como en astrofísica, no desciframos directamente. Solo apreciamos su fuerza de atracción. Sabemos que algo ocurre dentro, pero nadie sabe con certeza qué, ni hasta dónde alcanzarán sus efectos. La guerra desencadenada en torno a Irán empieza a comportarse de forma semejantemente desconcertante. Cada cual busca controlar el desbordamiento del conflicto, mientras alguno, irresponsablemente, saca beneficio inmediato en el tablero doméstico.
El Secretario de Estado, Marco Rubio, resumió, el pasado lunes en comentarios a la prensa, la fragua de la luz verde: «Sabíamos que Israel iba a actuar, sabíamos que eso provocaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses y sabíamos que, si no actuábamos de forma preventiva antes de que lanzaran esos ataques, sufriríamos más bajas». La Administración concluyó que una escalada con Irán era inevitable ante el empeño israelí por aprovechar información fiable sobre una reunión de altos responsables del régimen para descabezarlo. La determinación fue adelantarse al choque ineludible. Y esa concatenación de circunstancias orilló toda discusión y amparo multilateral -ni Consejo de Seguridad ni coalición de voluntarios-; asimismo resultó en la ausencia de comparecencia ante Congreso y Senado.
Las explicaciones han dejado, sin embargo, una preocupante sensación de improvisación; sería un ejemplo más del inquilino de la Casa Blanca escuchando al último que le susurra al oído, sin consultar ni al gobierno ni a asesores oficiales. Si recopilamos las manifestaciones posteriores del 47º Presidente y de su Secretario de Defensa (ahora denominado Guerra), Pete Hegseth -su máximo turiferario en un equipo regido por el culto a la personalidad del líder-, comprobaremos un abanico notable de contradicciones. No porque oculte un plan secreto, sino porque la decisión precedió a la definición del «día después», fuera del acompañamiento a Netanyahu y las metas tácticas identificadas por el mando militar.
Para Israel, la ecuación es otra. Tras la descomposición del llamado «Eje de Resistencia» -Hezbollah en Líbano, las milicias chiíes en Irak o Siria, los hutíes en Yemen, Hamás en Gaza- y contando con la cautela de Rusia y China, Jerusalén consideró que se abre una oportunidad probablemente irrepetible. No se trata solo de arrasar instalaciones o eliminar dirigentes, sino de alterar un equilibrio regional que durante décadas permitió a Irán irradiar poder en todo Oriente Próximo.
Irán ha seguido una lógica igualmente previsible. Cuando una banda que no duda en masacrar a su población se ve acorralada, su incentivo no es contener la guerra; es ampliarla. En pocas fechas, drones y misiles han marcado ya a una docena de países de la zona -Jordania, Arabia Saudí, Emiratos, Bahréin, Kuwait, Qatar, Omán, Turquía, Irak y Azerbaiyán- además de Israel. Incluso Chipre. Las consecuencias nocivas de esta dislocación del orden se sienten ya. La economía global está en vilo y la ruina no se orienta únicamente a terminales y refinerías -infraestructuras energéticas, en general-, sino que abarca centros de datos, cables conectores submarinos, desaladoras y más allá.
Teherán no aspira a prevalecer militarmente, sino a expandir su ámbito hasta cuajar una crisis imposible de aislar, que obligue a recular a Washington en pos de una negociación. Lo acontecido en Chipre ilustra bien ese planteamiento. La isla es simultáneamente territorio UE y sede de bases británicas. Irán tantea tensar la ponderación en OTAN (estrenándose con un misil destinado -parece- al complejo de Incirlik en Turquía) y los nudos bruselitas, agitando el espantajo de forzar una respuesta colectiva.
En este contexto, Europa se exhibe en desorden. Francia autoriza el uso temporal de sus bases en Oriente Medio por aeronaves estadounidenses mientras multiplica su presencia allí para proteger intereses propios. Reino Unido ha incrementado su despliegue en Chipre, donde sus instalaciones son de vital importancia para las operaciones OTAN en el Mediterráneo oriental. En cuanto a Lisboa, lejos de dramatizar el debate, ante la petición estadounidense para utilizar la base de Lajes -en las Azores-, simplemente activó su convenio bilateral: autorización vinculada -uso defensivo, necesidad y proporcionalidad, y objetivos estrictamente militares-, preservando la capacidad de interlocución con Washington, como aliado predecible. Esta tramitación sobria la comparte, con matices, Giorgia Meloni, desde similares restricciones y rechazo a entrar en ofensiva alguna; en sordina y sin espectáculo mediático.
El gobierno español, en cambio, ha hecho del trance combustible para desenfocar críticas difíciles de contrarrestar con argumentos; pretendiendo dar capotazo a asuntos de corrupción o de mala gestión de las infraestructuras, sepultándolos bajo los decibelios del «no a la guerra». Se ganan titulares. Se pierden márgenes diplomáticos. En Moncloa, prevalece la instrumentalización preelectoral de la situación, contrastando con la ambigüedad calculada -en la misma línea con los socios citados- adoptada en junio de 2025, cuando la intervención relámpago de Estados Unidos e Israel. Sin perjuicio de las declaraciones ampulosas, esta sigue siendo la práctica, no solo respecto de aviones de logística -los habituales en nuestras bases-, sino a los destructores albergados y submarinos que allí recalan. Y así cobra sentido el críptico canje de mensajes públicos entre la portavoz de la Casa Blanca hablando de cooperación, y nuestro ministro de Exteriores que remacha conservar «la posición».
Frente a fáciles y vocingleros eslóganes, la razón de ser europea pide una reacción unida supranacional, amparada en los textos fundacionales. Cuando la política exterior se supedita a causas partidarias domésticas conviene recordar que existen límites. España mantiene con Estados Unidos un acuerdo de cooperación militar que integra la arquitectura de seguridad del país y regula el uso de Rota y Morón. Cabe desorbitar la retórica; los compromisos estratégicos no desaparecen por contagio bocón.
Los agujeros negros se distinguen no por su contenido, sino por lo que arrastran en derredor: succionan cuanto entra en su campo. En torno a Irán aflora esta realidad, con conflictos que se amplían, actores que se ven atraídos hacia el centro de la crisis, equilibrios regionales que comienzan a deformarse bajo su presión. Y un debilitamiento constatable de los lazos de la Unión; un mosaico de decisiones nacionales, traducción de disensiones intestinas nocivas para en proyecto común.
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