Autodestrucción

<p>En vez de administrar territorios, controla el sistema operativo que utilizan la mayoría de las naciones. Desde los acuerdos de<strong> Bretton Woods</strong> en 1944 lidera la arquitectura económica, con el poder y las capacidades punitivas que aporta el dólar como moneda de reserva. Ha impulsado infraestructuras globales críticas como internet o los sistemas de pago electrónicos; desarrolla un músculo militar aún inigualable; y domina la comunicación y la tecnología de datos con las empresas más innovadoras y poderosas.</p>

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 Sin virreinatos ni colonias, Estados Unidos ha construido un experimento imperial único  

En vez de administrar territorios, controla el sistema operativo que utilizan la mayoría de las naciones. Desde los acuerdos de Bretton Woods en 1944 lidera la arquitectura económica, con el poder y las capacidades punitivas que aporta el dólar como moneda de reserva. Ha impulsado infraestructuras globales críticas como internet o los sistemas de pago electrónicos; desarrolla un músculo militar aún inigualable; y domina la comunicación y la tecnología de datos con las empresas más innovadoras y poderosas.

Esa supremacía financiera, militar y cultural no sería la misma sin una tupida red de alianzas que funcionan como nodos conectados por todo el mundo. Permite a Washington disponer de infinidad de puntos de presión y de bases desde las que proyectar su fuerza. Su envergadura verdaderamente global distingue a Estados Unidos de otros imperios en la historia. Si Roma controló el Mediterráneo y sus riberas, si España dominó buena parte de Europa y América, Estados Unidos cuenta con destacamentos propios o compartidos en cada continente, de Okinawa a Bahrein y de Guam a Morón de la Frontera, sin la incomodidad de gobernar esas regiones.

El sistema funciona mientras todas sus partes crean en él a partir de un principio fundamental: Washington proporciona seguridad a cambio de privilegios. Donald Trump ha puesto ese principio en duda y parece decidido a erosionar su propia fortaleza. Desprecia a sus amigos, insinuando que no estará a su lado para defenderlos, o revela que no siempre es capaz de cumplir su promesa de protección, aunque quiera hacerlo. Su fracaso estratégico en Irán revela signos inquietantes. Sus aliados en Oriente Próximo ven peligrar sus intereses, sacudidos por una guerra que responde principalmente a los intereses de Israel. El resultado es el bloqueo de un corredor marítimo crucial que antes no estaba atascado, sin que Estados Unidos haya sido capaz de garantizar aún la libertad de navegación. La promesa de seguridad queda en entredicho y los mensajes de Trump, amenazando con destruir civilizaciones y cometer todo tipo de crímenes de guerra, invitan a veces al terror y otras a la vergüenza ajena, por ser la expresión patética de su incapacidad. Si eso ha ocurrido en Ormuz, ¿por qué no puede ocurrir en Taiwan?

En el caso de Europa, el deterioro de la relación es intencionado. No por las críticas justificadas a una contribución militar insuficiente, sino por una larga lista de agravios en los últimos meses. Trump ha cargado en sus socios la responsabilidad de asistir a Ucrania, ha interferido en la política interna para apoyar a las fuerzas radicales y antieuropeas, y ha amenazado con invadir un territorio aliado como Groenlandia. Después de esas humillaciones espera que se le siga sin preguntar y amenaza con abandonar la OTAN si no se acatan sus órdenes. Olvida que la alianza ha sido una pieza fundamental para los intereses de EEUU, cercando a la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Aporta legitimidad a sus acciones, multiplica sus capacidades con la aportación técnica y humana de sus socios y facilita la influencia de Washington y de su industria del armamento en un club muy selecto.

Elbridge Colby, subsecretario del Departamento de Guerra y una de las mentes más lúcidas de la administración, habló en febrero de una OTAN 3.0, superando la desmilitarización europea posterior a la Guerra Fría. Dejó claro el interés de Washington por centrarse en su hemisferio y en China, mientras Europa asume cada vez más su propia defensa, respaldada por el paraguas nuclear de Estados Unidos y algunas de sus capacidades convencionales. Anunciaba un cambio de modelo, ni mucho menos una disolución. Cualquier estratega del Pentágono entiende la utilidad de la alianza trasatlántica y el papel de bases estratégicas como Rota.

El historiador británico Arnold J. Toynbee, estudioso del ciclo de vida de las civilizaciones, dejó escrito que no suelen morir asesinadas, sino que desaparecen más bien por suicidio, tras un declive y un colapso interno. Es posible que las palabras de Trump vuelvan a quedar en nada, pero a veces los imperios eligen autodestruirse lentamente.

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