La ciudad ucraniana de Zaporiyia se ha convertido en el epicentro de lo que expertos y militares ya denominan una «guerra de ciudades». Este lunes, el horror regresó al centro de la urbe cuando un dron «Shahid» irrumpió en plena hora punta matinal, volando desde el río Dinipro hacia la concurrida avenida Sobornyi. A pesar de la intervención de las defensas aéreas, el artilugio fue alcanzado en un ala y cayó envuelto en llamas sobre los transeúntes, generando una «enorme bola de fuego» en una intersección llena de tráfico. Entre los ciudadanos afectados se encontraba Katerina Portna, quien logró salvarse milagrosamente de la metralla mientras su coche quedaba atrapado por la onda expansiva.
La ciudad ucraniana de Zaporiyia se ha convertido en el epicentro de lo que expertos y militares ya denominan una «guerra de ciudades». Este lunes, el horror re
La ciudad ucraniana de Zaporiyia se ha convertido en el epicentro de lo que expertos y militares ya denominan una «guerra de ciudades». Este lunes, el horror regresó al centro de la urbe cuando un dron «Shahid» irrumpió en plena hora punta matinal, volando desde el río Dinipro hacia la concurrida avenida Sobornyi. A pesar de la intervención de las defensas aéreas, el artilugio fue alcanzado en un ala y cayó envuelto en llamas sobre los transeúntes, generando una «enorme bola de fuego» en una intersección llena de tráfico. Entre los ciudadanos afectados se encontraba Katerina Portna, quien logró salvarse milagrosamente de la metralla mientras su coche quedaba atrapado por la onda expansiva.
«Tenía miedo de no poder salir. Llevaba también puesto el cinturón de seguridad», explicó Katerina mientras se recuperaba del impacto. La escena en el centro de esta ciudad de 700.000 habitantes era de puro caos, con civiles huyendo y vecinos desesperados ante el avance de las llamas; una mujer gritaba fuera de sí al ver su hogar arder: «¡Es mi casa, es mi casa!». Aunque en este incidente no hubo víctimas mortales, la jornada previa fue mucho más trágica. Las fuerzas rusas, situadas a apenas 20 kilómetros, han comenzado a utilizar masivamente los drones FPV (aparatos de visión en primera persona), que son más pequeños pero mucho más precisos que los Shahid.
El pasado lunes, uno de estos drones impactó contra un autobús de transporte público, dejando un rastro de sangre y tres pasajeros muertos sobre el asfalto. El presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, ha denunciado este incremento estremecedor de los bombardeos contra núcleos urbanos. Según el mandatario, en tan solo siete días, las fuerzas armadas rusas han lanzado 1.400 drones y 1.500 bombas de más de 250 kilos contra 15 regiones del país. «Casi a diario se producen bombardeos contra Jersón, Zaporiyia, Járkiv o Sumy. Los rusos atacan a la población, atacan edificios residenciales y nuestra infraestructura civil. Lamentablemente, hay víctimas de este terror casi a diario», afirmó Zelensky en sus redes sociales.
Por su parte, Oleh Buryak, jefe de la administración militar de Zaporiyia, sostiene que el uso de drones contra edificios gubernamentales busca más lanzar un mensaje que causar un daño estructural real. «Si hubieran querido causar daños habrían usado un misil o un shahid. Formaba parte de su espectáculo. Atacaron un piso alto, donde no había nadie. Sólo se archivan cosas», comentó Buryak, subrayando que Putin recurre a arrasar el territorio cuando no puede ocuparlo.
La estrategia ucraniana no se queda atrás en esta dinámica de ataques de largo alcance. Kiev ha golpeado objetivos estratégicos en territorio ruso, como el Centro de Comunicaciones Espaciales de Dubna, a más de 500 kilómetros de la frontera. Sin embargo, los soldados ucranianos marcan distancias éticas en la ejecución de sus misiones; Serhiy, un militar de 40 años, opinaba que «la diferencia entre Rusia y Ucrania, es que nosotros atacamos objetivos militares o infraestructura estratégica. Ellos quieren aterrorizar a los civiles».
La situación es crítica: según observadores de Naciones Unidas, las bajas civiles alcanzaron su máximo recientemente, con 274 muertos en un solo mes. Mientras tanto, en las calles de Zaporiyia, el dolor de la población civil se resume en el grito quebrado de Tatiana Analolivna tras ver cómo una bomba aplastaba la vivienda contigua a la suya: «¡Qué sean malditos 10 veces!». La historia, según los analistas, parece repetir el duelo de la guerra entre Irán e Irak del siglo pasado, centrándose ahora en el castigo sistemático a la retaguardia y el potencial económico del enemigo.
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