Una disputa por la apertura de Ormuz abre una brecha en las relaciones entre EEUU y Arabia Saudí

Más de un centenar de aeronaves militares estadounidenses despegaban desde bases y buques de guerra repartidos por Oriente Próximo como parte de un operativo para abrir el Estrecho de Ormuz la pasada primavera cuando surgió un obstáculo: Arabia Saudí, cuyas bases y espacio aéreo eran fundamentales para la misión, dijo que no.

 Arabia Saudí bloquea el primer gran intento de Trump de abrir la estratégica vía marítima, desencadenando un creciente enfrentamiento diplomático  

Más de un centenar de aeronaves militares estadounidenses despegaban desde bases y buques de guerra repartidos por Oriente Próximo como parte de un operativo para abrir el Estrecho de Ormuz la pasada primavera cuando surgió un obstáculo: Arabia Saudí, cuyas bases y espacio aéreo eran fundamentales para la misión, dijo que no.

La negativa ha obligado a Estados Unidos a abortar la Operación Libertad (Project Freedom), según funcionarios estadounidenses conocedores del asunto, poniendo fin a la operación militar destinada a garantizar el paso seguro de los buques que el presidente Donald Trump había puesto en marcha apenas unas horas antes.

Enfurecida, la Casa Blanca ha amenazado con retener el envío de misiles interceptores que Arabia Saudí necesita para derribar misiles y drones iraníes si el reino no daba marcha atrás, según funcionarios estadounidenses y árabes al tanto de las conversaciones. Arabia Saudí terminó cediendo, pero responsables estadounidenses advirtieron entonces de que el daño causado no sería fácil de reparar.

Ahora EEUU estudia reducir su presencia militar en el reino, según funcionarios estadounidenses familiarizados con la planificación.

Las amenazas estadounidenses, hasta ahora desconocidas, han marcado la mayor fractura en años en una relación que durante décadas ha sustentado la arquitectura de seguridad del Golfo.

El secretario de Estado, Marco Rubio, ha viajado la semana pasada al Golfo para reunirse con altos cargos de la región. Visitó Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Baréin, tres de los países más golpeados por Irán durante la guerra, pero no hizo escala en Arabia Saudí.

Los responsables saudíes recibieron con desagrado esa decisión e interpretaron la ausencia de Rubio en Riad como un desaire deliberado, según personas conocedoras de la posición del reino.

Funcionarios de la Administración Trump han negado que esa fuera la intención y aseguran que Rubio mantuvo conversaciones positivas con el ministro saudí de Exteriores, Faisal bin Farhan, al margen de una reunión del Consejo de Cooperación del Golfo celebrada en Baréin. Tras el encuentro, EEUU y todos los miembros del CCG difundieron una declaración conjunta reafirmando su «firme compromiso» con la alianza.

La semana anterior, el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salmán, rechazó una invitación para asistir a la cumbre del G-7 en Francia en protesta por la gestión estadounidense de la guerra, según las mismas fuentes. Los dirigentes de EAU, Catar y Egipto sí acudieron. La prensa saudí informó entonces de que el príncipe alegó compromisos previos en una carta dirigida a los anfitriones franceses.

Riad no respondió a las reiteradas peticiones de comentarios.

La portavoz de la Casa Blanca, Anna Kelly, afirma que Washington y Riad mantienen una excelente relación. «El presidente Trump escucha distintos puntos de vista sobre cualquier asunto y toma muy en serio las aportaciones de nuestros socios regionales», declara. «En última instancia, adopta todas sus decisiones en función de lo que considera mejor para el pueblo estadounidense».

El Pentágono declinó hacer comentarios.

No está claro hasta qué punto estos desacuerdos y desaires pueden afectar a una relación que desde hace décadas constituye uno de los pilares de la política de seguridad estadounidense en Oriente Próximo. Los estrechos vínculos entre Washington y Riad ayudan a garantizar el libre flujo del petróleo cotizado en dólares y equilibran el fuerte compromiso estadounidense con Israel. El reino es además un importante comprador de armamento estadounidense y una fuente de inversión en sectores como las cadenas de suministro de minerales críticos, la inteligencia artificial y la cooperación nuclear civil.

EEUU ha obtenido, por primera vez, derechos para establecer bases militares en Arabia Saudí en 1945 y ha ampliado su presencia durante las guerras de Irak. En el primer mandato de Trump reforzó especialmente la base aérea Príncipe Sultán como elemento disuasorio frente a Irán.

La relación ya había atravesado momentos de tensión tras los atentados del 11-S. A lo largo de los años, Washington tuvo que reducir e incluso retirar temporalmente su presencia militar por razones políticas y por el rechazo interno a la presencia de tropas extranjeras en el país que alberga los lugares más sagrados del islam. En 2020, la primera Administración Trump retiró sistemas antimisiles Patriot tras un enfrentamiento por la producción petrolera saudí, alegando que ya no eran necesarios para la Defensa.

El príncipe heredero apostó con fuerza por su relación con Trump durante el segundo mandato del presidente. Esa estrategia dio frutos con una visita a la Casa Blanca el pasado otoño, en la que Trump elogió al líder de facto saudí y restó importancia al asesinato del columnista Jamal Khashoggi en el consulado saudí en 2018, un crimen que había aislado al príncipe heredero en Washington, incluido entre numerosos miembros del Congreso.

Sin embargo, Arabia Saudí y EEUU nunca estuvieron realmente alineados respecto a la guerra contra Irán, bautizada por la Administración Trump como Furia Épica (Epic Fury). El reino y otras monarquías del Golfo presionaron durante semanas para encontrar una salida diplomática después de que EEUU reforzara su despliegue militar en la región y avisara a sus aliados de que se prepararan para una gran ofensiva.

Los dirigentes saudíes advirtieron a la Casa Blanca de que cualquier intento de derrocar al régimen iraní provocaría el cierre del Estrecho de Ormuz, desestabilizaría los mercados energéticos, perjudicaría a la economía estadounidense y pondría en riesgo la estabilidad regional. El reino y otros Estados del Golfo anunciaron públicamente que no permitirían el uso de sus bases ni de su espacio aéreo para atacar Irán.

Aun así, Estados Unidos entró en la guerra junto a Israel, reforzando la percepción saudí de que la inversión realizada en la relación bilateral no se traducía en una influencia real sobre Washington. Irán respondió lanzando misiles y drones contra centros de población, infraestructuras energéticas y aeropuertos del Golfo con el objetivo de elevar el coste económico y político del conflicto.

Pese a sus reservas iniciales, Arabia Saudí y otros países del Golfo terminaron autorizando rápidamente el uso de sus bases y de su espacio aéreo para los ataques estadounidenses. Algunos —entre ellos Arabia Saudí— acabaron participando de forma más activa lanzando ataques contra emplazamientos iraníes de misiles y drones, aunque Riad nunca lo reconoció públicamente.

Pero Irán resistió la intensa campaña aérea y sacudió al Golfo atacando infraestructuras energéticas clave, como el complejo gasístico de Ras Laffan, en Catar; el centro petrolero de Fuyaira, en EAU; y el complejo petrolero saudí de Ras Tanura. Al mismo tiempo, el sector más duro del régimen, dominado por la Guardia Revolucionaria Islámica, consolidó su poder y mostró una creciente disposición a asumir riesgos.

Temiendo nuevos ataques iraníes contra sus exportaciones energéticas, incluidos posibles ataques de los hutíes respaldados por Teherán en el mar Rojo —por donde el reino había desviado la mayor parte de su petróleo—, el príncipe heredero cambió de estrategia y comenzó a trabajar para reducir la tensión.

Arabia Saudí trasladó, además, a Washington su malestar porque los ataques de EAU contra Irán, iniciados en los primeros días de la guerra y prolongados incluso después del alto el fuego de abril, aumentaban el riesgo de represalias iraníes contra instalaciones energéticas regionales.

Los saudíes querían que EEUU presionara a Emiratos para poner fin a esos ataques y respaldara los esfuerzos diplomáticos impulsados por los países de la región.

También, instaron a Washington a levantar el bloqueo de los puertos iraníes y regresar a la mesa de negociación, ante el temor de que el intento de estrangular el comercio iraní empujara al régimen a intensificar la escalada y amenazar otras rutas marítimas estratégicas.

Trump mantuvo el bloqueo y, a comienzos de mayo, sorprendió a sus aliados del Golfo al anunciar en redes sociales la Operación Libertad, una misión militar destinada a proteger a los petroleros y demás buques comerciales que atravesaban el Estrecho de Ormuz.

A las pocas horas, buques de guerra estadounidenses entraban en el Golfo Pérsico para escoltar embarcaciones comerciales. Cazas, helicópteros de ataque y drones proporcionaban cobertura aérea, mientras vehículos submarinos no tripulados vigilaban la vía marítima.

Los saudíes, conscientes de que la operación requería el uso de sus bases y de su espacio aéreo, se alarmaron. Tras consultar con sus asesores, el príncipe heredero comunicó a Trump que la misión solo serviría para provocar a Irán y debía ser reconsiderada.

Mientras, EEUU escoltaba dos embarcaciones estadounidenses a través del Estrecho, Irán respondió lanzando una lluvia de misiles y drones contra barcos mercantes, la Armada estadounidense y un centro petrolero de tránsito en EAU, que acabó envuelto en llamas. Fue la escalada más grave desde que Trump anunciara el alto el fuego en abril.

Arabia Saudí bloqueó entonces el acceso a sus bases y a su espacio aéreo para la Operación Libertad después de que Trump minimizara los ataques iraníes, según informó previamente The Wall Street Journal.

Los responsables estadounidenses quedaron atónitos ante una decisión que, en la práctica, paralizó completamente la operación.

Ese cambio de postura provocó además la mayor tensión en años entre los ejércitos de ambos países y desencadenó una serie de conversaciones telefónicas especialmente tensas entre Trump y el príncipe heredero.

La posición saudí, también, irritó a Israel y a EAU. El presidente emiratí, Mohamed bin Zayed, ya se había mostrado molesto cuando el príncipe heredero saudí rechazó participar en acciones militares coordinadas contra Irán al comienzo de la guerra.

Las tensiones profundizaron la creciente división entre ambas potencias del Golfo. Emiratos abandonó la OPEP en abril, rompiendo con el cártel liderado por Arabia Saudí y prometiendo reforzar aún más su cooperación en materia de seguridad con EEUU e Israel.

Arabia Saudí, por su parte, mantuvo su posición. Reforzó sus contactos con Irán e incorporó tropas procedentes de Pakistán, país que acaba de sellar una nueva alianza defensiva con el reino y que encabezaba los esfuerzos para negociar el final de la guerra.

«Cuando Irán y otros intentaron arrastrar al reino al horno de la destrucción, nuestros dirigentes optaron por soportar el sufrimiento causado por un vecino con tal de proteger la vida y los bienes de sus ciudadanos», ha escrito en mayo el príncipe Turki al Faisal, antiguo jefe de los servicios de inteligencia saudíes, en el diario Arab News.

Finalmente, Arabia Saudí levantó las restricciones sobre el uso de sus bases y de su espacio aéreo después de que funcionarios estadounidenses advirtieran al reino de que dejaría de figurar entre las prioridades para recibir armamento defensivo si no rectificaba.

«El entendimiento alcanzado por el príncipe heredero con Irán gracias a la mediación pakistaní ya ha dado resultados, lo que significa que la mayor parte de la infraestructura saudí permanece a salvo y fuera del punto de mira. Eso permite al reino distanciarse de la política general de EEUU», afirma Umer Karim, analista especializado en política exterior saudí y geopolítica del Centro Rey Faisal de Investigación y Estudios Islámicos. «Una ruptura mayor con Washington abriría una auténtica caja de Pandora y ambas partes harán todo lo posible por evitarla».

EEUU no reactivó la Operación Libertad, que había movilizado una enorme cantidad de medios militares para proteger la navegación. En su lugar, coordinó discretamente la salida de buques del Golfo durante la noche y con los sistemas de identificación apagados.

Ahora Washington estudia reducir su presencia militar en Arabia Saudí y concentrar sus fuerzas en países que mostraron un mayor respaldo durante la guerra, entre ellos Israel y Jordania, según personas familiarizadas con el asunto. Los responsables subrayan, no obstante, que los planes se encuentran aún en una fase muy preliminar y que no se ha adoptado ninguna decisión definitiva.

Contenido con licencia de The Wall Street Journal. Traducido del inglés por V. Santos

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