La tormenta perfecta de vulnerabilidad europea que Vladimir Putin puede explotar

El camino hacia la invasión de Ucrania fue pavimentado por un texto firmado por el propio Vladimir Putin. Se publicó en la agencia Ria Novosti en junio de 2021 y se titulaba Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos. En él se decía que la identidad ucraniana separada de la rusa no existe de forma orgánica sino que ha sido fabricada por enemigos externos de Rusia, especialmente Occidente. El Kremlin fue a la guerra meses después con un objetivo cristalino: la destrucción del Estado y la identidad ucraniana.

 La Inteligencia europea adelanta los plazos de una posible acción rusa. El desprecio de Trump a la OTAN, la falta de munición y las crisis políticas abren una ventana de oportunidad para Rusia  

El camino hacia la invasión de Ucrania fue pavimentado por un texto firmado por el propio Vladimir Putin. Se publicó en la agencia Ria Novosti en junio de 2021 y se titulaba Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos. En él se decía que la identidad ucraniana separada de la rusa no existe de forma orgánica sino que ha sido fabricada por enemigos externos de Rusia, especialmente Occidente. El Kremlin fue a la guerra meses después con un objetivo cristalino: la destrucción del Estado y la identidad ucraniana.

El pasado viernes, la misma agencia publicó otro texto titulado Rusia se enfrenta a otra operación militar especial. Será muy corta. Lo firmaba el analista Alexander Nosovich. El artículo nombraba a Lituania como el nuevo objetivo de la agresión rusa y describía un ataque futuro con misiles y drones. Curiosamente, y a diferencia del de Putin, fue retirado minutos después, pero el mensaje fue captado de inmediato en aquellos lugares a los que iba destinado.

El desafío ruso contra Europa, por escrito y en sus medios de propaganda, avanza paralelo a su agresividad sobre el terreno. A diario el régimen de Putin deja ejemplos de esa doctrina de desestabilización, pero en algunos casos la estrategia incluye un alto riesgo de desembocar en un conflicto armado de consecuencias impredecibles.

Las agencias de Inteligencia europeas han sido casi unánimes en alertar sobre el peligro de un ataque sobre algún país de la OTAN, aunque el formato ha cambiado en los últimos meses. Si antes los servicios secretos polacos, alemanes o franceses situaban la agresión más allá de 2027, todos ellos han adelantado ahora sus peores previsiones. Ya no es cuestión de años, sino de meses. Desde el punto de vista político y militar, varias cosas han cambiado desde sus primeras valoraciones. La ventana de oportunidad para Putin está abierta de par en par.

La disuasión de la OTAN se basa en hacer creer al adversario que el artículo 5 se activará automáticamente ante una agresión cuando el país agredido lo solicite. Literalmente significa: «Si atacan a uno, nos atacan a todos». Pero Trump, mucho más cercano a Putin que a muchos de sus antiguos aliados, ha cuestionado ese automatismo de forma explícita -llegó a decir que no defendería a países que no pagaran el 2% del PIB en defensa- y aunque la Alianza sigue funcionando institucionalmente, el Kremlin sabe que una incursión limitada en territorio báltico crearía un dilema real en Washington.

¿Está Trump dispuesto a arriesgarse a una guerra abierta con Rusia por la ciudad de Narva, una isla deshabitada en el mar Báltico o unos cuantos drones sobrevolando París o Berlín? Washington ya ha repetido en muchas ocasiones que «la defensa de Europa ya corresponde a Europa». Esto puede leerse como una invitación a probar su verdadera determinación.

La Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU de 2025 declaró que era hora de que el continente europeo se pusiera en pie por sí solo y asumiera la responsabilidad primaria de su propia defensa convencional. No fue retórica vacía. En una reunión de ministros de Defensa de la OTAN en junio de 2026, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, anunció que el Pentágono se estaba moviendo «de forma rápida e irreversible» hacia una Europa que asumiera «la responsabilidad primaria de su propia defensa».

EEUU ha consumido el 80% de sus THAAD y el 60% de sus Patriot en el Golfo Pérsico. Las baterías antiaéreas que deberían proteger el flanco este de la OTAN han sido reubicadas hacia Oriente Próximo. Si Rusia lanza una incursión limitada en los bálticos ahora, la OTAN respondería con arsenales en mínimos históricos y líneas de producción que tardarán años en reponerse.

Las fábricas de misiles antiaéreos, que son capaces de poner en el mercado unos 600 ejemplares al año, ahora están bajo presión: no sólo EEUU necesita reponer sus arsenales, también Europa está bajo mínimos tras haber sostenido a la propia Ucrania. Los países del Golfo Pérsico, también en las últimas, acuden a comprar a esas mismas fábricas. Sin subir la producción, es imposible abastecer a todos. La ventana de oportunidad está ahora más clara que nunca: no hay munición para defenderse.

Alemania celebra elecciones con los populistas de AfD como primera fuerza en varios Länder del Este del país, con posiciones favorables a levantar las sanciones a Rusia y dejar de sostener a Ucrania. Francia tiene al Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen encabezando las encuestas de cara a las presidenciales de 2027, con un largo historial de simpatía hacia Moscú. Lo mismo puede decirse del otro polo: la extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon. Una segunda vuelta con ambos partidos podría ser letal para el apoyo a Kiev.

En otros países clave como Polonia, el gobierno del primer ministro Donald Tusk es sólido pero está bajo presión interna del presidente Karol Nawrocki, que ya ha envenenado varias veces la relación con Ucrania resucitando viejas polémicas. En Italia, Giorgia Meloni ha sido sorprendentemente atlantista desde que llegó al poder en 2022, desafiando las expectativas de quienes la veían como una figura populista prorrusa, pero también soporta un punto de fragilidad estructural. La principal resistencia a ayudar a Ucrania y oponerse a Rusia procede de la Liga de Matteo Salvini, que ha cuestionado la continuidad de los envíos de armas y reclama una reconstrucción de las relaciones con Moscú. A esta presión se ha sumado Roberto Vannacci, general retirado y antiguo eurodiputado de la Liga, que ha creado su propio partido populista: Futuro Nazionale.

El momento podría ser especialmente urgente para Putin si desea poner en marcha acciones de desestabilización o planes militares limitados. Europa se está rearmando más rápido de lo previsto. Alemania ha aprobado el mayor presupuesto de defensa de su historia. Polonia tiene el ejército convencional más grande de la OTAN en Europa continental. Los países bálticos están construyendo líneas defensivas sólidas y tapando las brechas en sus zonas más expuestas.

El analista de Estrategia e Inteligencia Christian Ehrlich lo formuló así: «La ventana estratégica de seis o siete años que Rusia calculaba tener se está cerrando antes de lo esperado». Si Vladimir Putin quiere actuar y crear el caos, tiene que hacerlo antes de que ese rearme produzca ejércitos más poderosos, con armamento adaptado a la nueva guerra drónica, con profesionales formados por instructores ucranianos curtidos en combate real, lo que algunos analistas sitúan entre los años 2027 y 2029. No es que Putin vaya a actuar con total certeza. Es que nunca ha tenido una ventana tan favorable como la de este otoño, y eso por sí solo cambia su cálculo de riesgo.

Cada invierno desde 2022, Rusia ha intensificado los bombardeos contra la infraestructura energética ucraniana para castigar a su población civil y hacer invivibles las ciudades de Ucrania. Este invierno llega sin interceptores Patriot suficientes y con la población ucraniana en su quinto año de guerra. Si Rusia consigue dejar a Kiev sin luz y calefacción en enero, como sucedió en febrero del pasado año, la presión sobre Zelenski para negociar en condiciones desfavorables aumenta exponencialmente. Una acción desestabilizadora en Europa en ese mismo momento dividiría la atención occidental entre dos frentes simultáneos.

Casi cinco años de guerra en Ucrania, la guerra de Irán aún sin cerrar, la crisis migratoria de Ceuta y la inflación disparada han erosionado el apoyo popular al esfuerzo bélico en varios países aliados. Las encuestas en Alemania o Italiamuestran ya mayorías que prefieren la negociación con Rusia a la escalada. Putin lleva años apostando a que Occidente tiene una capacidad de atención limitada y que eventualmente se distraerá y se acabará cansando. La convergencia de crisis de este otoño es exactamente el escenario que Moscú ha estado esperando.

El miedo es el arma más barata y más efectiva del arsenal ruso, y Putin lleva años perfeccionando su uso. La estrategia no es ganar una guerra convencional contra la OTAN, sino convencer a las poblaciones europeas de que el coste de resistir es mayor que el de ceder. Cada alarma antiaérea en Polonia, cada aeropuerto cerrado en Dinamarca, cada dron misterioso forma parte de un mensaje cuidadosamente calibrado: esto puede llegar a vuestras ciudades.

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