Alemania: la CDU, ante el fin del viejo orden político

Las derrotas electorales sufridas por la Unión Cristianodemócrata (CDU) alemana en las dos recientes elecciones regionales han colocado al partido ante una nueva encrucijada. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental quedó fuera del Parlamento por primera vez desde la fundación de la República Federal -no superó el umbral del 5%-. En Berlín, relegada a la segunda posición, perdió la posibilidad de reclamar la formación del Gobierno.

 Alemania sufre la descomposición que ya avanzaba en otras naciones del Viejo Continente. La solidez de sus partidos no conecta con los cambios de la sociedad  

Las derrotas electorales sufridas por la Unión Cristianodemócrata (CDU) alemana en las dos recientes elecciones regionales han colocado al partido ante una nueva encrucijada. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental quedó fuera del Parlamento por primera vez desde la fundación de la República Federal -no superó el umbral del 5%-. En Berlín, relegada a la segunda posición, perdió la posibilidad de reclamar la formación del Gobierno.

Estos resultados, calificados por el propio partido de catastróficos, se producen bajo la dirección de Friedrich Merz, cuya aprobación como canciller tampoco es muy favorable. Ha caído del 39% registrado en el momento de su investidura, hace un año y medio, al 13%. Es el peor dato obtenido por un jefe del Gobierno desde que existen registros.

Pero la dimensión de la derrota supera a su actual dirigente. Al analizar los resultados electorales, el propio Merz la situó en un proceso mucho más amplio: «Vivimos en Alemania una profunda transformación del sistema de partidos políticos, al igual que en muchos otros países del mundo».

La CDU ha gobernado Alemania durante unos 53 de los últimos 77 años. Ningún otro partido ha influido tanto en la construcción política, económica y europea. Ese dominio comenzó con Konrad Adenauer. Su visión política fue la de una organización capaz de integrar a católicos y protestantes, empresarios, trabajadores, liberales nacionales y conservadores. No se trataba sólo de ganar elecciones, sino de impedir que la derecha volviera a fragmentarse o radicalizarse. Adenauer vinculó el nuevo Estado a Estados Unidos y a Europa; Ludwig Erhard dio forma a la economía social de mercado; Helmut Kohl dirigió la reunificación y Angela Merkel gobernó esa herencia durante 16 años.

En todo ese tiempo, la CDU atravesó crisis profundas, pero siempre se recompuso. El escándalo de financiación irregular en la etapa de Kohl fracturó al partido y destruyó la reputación del artífice de la reunificación. Bajo Merkel volvió a dividirse: primero por la crisis del euro, de la que nació una Alternativa para Alemania (AfD) inicialmente euroescéptica, y, después, por la apertura de fronteras durante la crisis migratoria de 2015, que convirtió a la CDU en una olla a presión.

Ahora el desafío es otro y viene de fuera. La sociedad sobre la que la CDU construyó su poder ha cambiado, las organizaciones que la conectaban con sus electores se han debilitado y la derecha se ha fragmentado de una forma que ya no puede controlar. La cuestión es si el partido podrá seguir ocupando el centro del sistema político alemán y ejerciendo la función estabilizadora que desempeñó durante décadas.

Von der Leyen junto a Macron y Merz, en Bruselas.
Von der Leyen junto a Macron y Merz, en Bruselas.EFE

El politólogo estadounidense Daniel Ziblatt ha descrito a los partidos conservadores como una pieza decisiva para la estabilidad democrática: «En los momentos cruciales, los conservadores han sido la bisagra de la historia. Su reacción ante las fuerzas del cambio determina si una democracia sobrevive». Durante décadas, la CDU fue esa bisagra en la República Federal. Las últimas elecciones ponen en duda no sólo su capacidad para volver a ganar, sino también para seguir cumpliendo esa función.

La CDU nació como un partido popular -Volkspartei- capaz de atravesar clases, confesiones, generaciones y territorios. Su fuerza se apoyaba también en una red de iglesias, sindicatos y asociaciones que conectaba la política con la vida cotidiana. Qué fácil era entonces poner la cruz en una papeleta.

Esa sociedad ha cambiado. En 1990, católicos y protestantes representaban más del 72% de la población alemana; hoy no llegan al 44%. Las organizaciones integradas en la Confederación Alemana de Sindicatos, que después de la reunificación llegaron a reunir a casi 12 millones de afiliados, cuentan ahora con unos 5,4 millones.

También la propia CDU se ha encogido. En 1990 tenía alrededor de 790.000 militantes; en 2025 conservaba unos 357.000. Lo mismo ha sucedido con el Partido Socialdemócrata (SPD), el gran partido de Willy Brandt y actual socio de gobierno, que pasó de aproximadamente 943.000 afiliados a unos 348.000. Hay menos candidatos locales, menos presencia en los barrios y menos capacidad para detectar los cambios.

A ello se añade la transformación de la comunicación política. Los grandes partidos ya no se dirigen a una sociedad reunida alrededor de unos pocos periódicos y cadenas de televisión, sino a públicos fragmentados por las redes sociales. Esta dinámica perjudica a quienes deben conciliar intereses muy distintos y beneficia a formaciones construidas alrededor de una identidad, un agravio o unas pocas consignas.

Wolfgang Schäuble lo resumió antes de morir: «No tenemos una crisis del Estado, sino una crisis de los partidos populares». CDU/CSU y SPD reunieron en 1976 más del 91% de los votos; en 2025 sumaron el 44,9%. Aquel bipartidismo no sólo concentraba el voto: proporcionaba Gobiernos estables y permitía distinguir con claridad entre el poder y la oposición.

La fragmentación obliga ahora a los antiguos adversarios a gobernar juntos o a formar coaliciones cada vez más amplias. Cuanto más se debilitan CDU y SPD, más se necesitan y más difícil les resulta diferenciarse. Cada socio limita el perfil del otro y el elector termina percibiendo que la alternancia apenas modifica el rumbo.

Merz tomó el control de la CDU en 2022 con la promesa de romper esa dinámica, recuperar su perfil conservador y diferenciarse de Merkel. En 2025 ofreció un «cambio político para Alemania»: mantener el freno de la deuda, reducir impuestos, endurecer las condiciones del asilo y de las prestaciones sociales. Ganó las elecciones, pero la aritmética parlamentaria le dejó como única salida una coalición con el SPD. Otra vez.

Entre el programa electoral y el contrato de coalición quedó atrapada buena parte de la credibilidad de Merz. Nueve días después de las elecciones aceptó levantar el freno de la deuda en el país que había hecho de la austeridad una seña de identidad. Otras promesas quedaron aplazadas o diluidas por un socio socialdemócrata imprescindible para gobernar.

Era el precio del compromiso y la trampa en la que quedó atrapado. Si gobierna desde el centro para proteger la coalición, una parte de sus votantes concluye que la alternancia no produce cambios. Si endurece el discurso migratorio, compite en el terreno de AfD; si se aproxima a ella, rompe el cordón sanitario y pierde al electorado moderado; si lo mantiene, el crecimiento de la ultraderecha obliga a construir coaliciones estrafalarias. Inestabilidad.

Karin Prien, vicepresidenta de la CDU y ministra de Educación, admitió después de los comicios: «Es evidente que no hemos escuchado correctamente a la gente. Falta empatía». La autocrítica apunta al estilo de Merz, pero también a un partido que durante décadas interpretó casi instintivamente a su electorado y que ya no sabe cómo dirigirse a una sociedad mucho más fragmentada y polarizada.

Merkel, que apenas se prodiga públicamente, ha reclamado ante el retroceso de la CDU una vuelta a la capacidad integradora de Adenauer. Recordó que el fundador del partido entendió que una formación popular debía tender puentes entre empresarios y trabajadores, hombres y mujeres, confesiones religiosas, medioambiente y economía, generaciones, ciudad y campo. «Yo añadiría hoy entre personas con y sin origen migratorio», afirmó. «Creo que ésa debe ser la aspiración de un partido popular».

Merz ha respondido prometiendo acelerar las reformas y explicarlas mejor. El diagnóstico le resulta cómodo: sitúa el problema en el ritmo o en la comunicación, no en el contenido de sus políticas. Tal vez los electores no esperen mejores explicaciones, sino una política diferente. Tampoco reclaman una sola dirección: unos piden mayor protección social y otros menos Estado; unos más inversión y otros disciplina presupuestaria; unos mayor dureza migratoria y otros el regreso al centro.

Alemania se ha incorporado tarde a una transformación que ya alteró otros sistemas europeos. En Francia, socialistas y gaullistas dejaron de organizar la vida política. Emmanuel Macron ocupó el centro; a un lado quedó Jean-Luc Mélenchon y al otro Marine Le Pen. Los partidos de François Mitterrand y Jacques Chirac habían sido también pilares de la construcción europea.

En Italia, la Democracia Cristiana gobernó durante casi medio siglo y pareció tan inseparable del Estado como la CDU. Se desintegró en los años noventa y su electorado se dispersó. La tradición democristiana sobrevivió, pero el partido que la había encarnado dejó de existir.

La CDU no está en esa situación. Dirige el Gobierno federal, conserva una extensa organización territorial y cuenta con ministros presidentes capaces de obtener mayorías amplias en sus Länder. En la Unión Europea, su familia política, el Partido Popular Europeo, continúa siendo el grupo más numeroso de la Eurocámara y Ursula von der Leyen preside la Comisión. Pero tampoco los populares europeos monopolizan ya la derecha: nuevas fuerzas conservadoras, nacionalistas y euroescépticas les disputan ese espacio y complican la formación de mayorías, que deben negociarse votación a votación.

Estas dos derrotas regionales no alteran la mayoría del Bundestag ni implican un cambio en la política del Ejecutivo, menos aún en su política exterior o europea. Que la CDU pierda elecciones tampoco es una novedad: las perdieron Adenauer, Kohl y Merkel. La alarma procede esta vez de la naturaleza de su adversario, en quién ocupa el espacio que deja. Ya no pierde frente a un partido de larga trayectoria democrática como el SPD, dentro de la alternancia que sostuvo el bipartidismo alemán, sino frente a una fuerza de ultraderecha que cuestiona algunos de los fundamentos de la República Federal y, con ellos, su anclaje atlántico y europeo.

Alemania parecía inmune a la descomposición política que avanzaba en otros países europeos. Confiaba en la solidez de sus grandes partidos y en un cordón sanitario capaz de mantener a la ultraderecha fuera del poder. Esa estrategia ha impedido hasta ahora que AfD gobierne, pero no puede frenar los cambios de una sociedad cada vez más fragmentada y digitalizada. Von der Leyen ha afirmado que Europa debe decidir en qué democracia quiere vivir. Los alemanes deberán decidirlo también.

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