<p>Rusia está bloqueando el internet móvil en el centro de Moscú y en otras grandes ciudades. También restringe todavía más Telegram y WhatsApp, a las que hasta ahora los rusos accedían con decenas de VPN que ahora van cayendo una tras otra. Antes se bloqueaban ciertos sitios, ahora es al revés: <strong>todo bloqueado mientras se elaboran «listas blancas» con webs que se salvan</strong>. Pronto quedarán operativos solo ciertos servicios aprobados por el Estado. La idea es que la gente pueda seguir pidiendo comida a domicilio y pagando impuestos <i>online</i>, pero que se informe peor y se comunique menos. <strong>El argumento oficial es la seguridad frente a los drones ucranianos</strong>. Pero la censura y la desconexión se extiende a ciudades donde el cielo sigue tranquilo. Sea lo que sea lo que espera o prepara el Kremlin para 2026, <strong>quiere tener a los rusos desconectados los unos de los otros</strong>.</p>
Los cortes en Moscú afectan pagos, bancos, mapas, colegios y mensajería en un nuevo salto en el control social del putinismo
Rusia está bloqueando el internet móvil en el centro de Moscú y en otras grandes ciudades. También restringe todavía más Telegram y WhatsApp, a las que hasta ahora los rusos accedían con decenas de VPN que ahora van cayendo una tras otra. Antes se bloqueaban ciertos sitios, ahora es al revés: todo bloqueado mientras se elaboran «listas blancas» con webs que se salvan. Pronto quedarán operativos solo ciertos servicios aprobados por el Estado. La idea es que la gente pueda seguir pidiendo comida a domicilio y pagando impuestos online, pero que se informe peor y se comunique menos. El argumento oficial es la seguridad frente a los drones ucranianos. Pero la censura y la desconexión se extiende a ciudades donde el cielo sigue tranquilo. Sea lo que sea lo que espera o prepara el Kremlin para 2026, quiere tener a los rusos desconectados los unos de los otros.
Igual que la URSS intentó controlar las fotocopiadoras porque permitían multiplicar publicaciones caseras (los samizdat) fuera del monopolio estatal, Vladimir Putin trata de controlar sobre todo el móvil porque hoy cumple esa misma función, pero a escala mucho mayor. Si Putin quiere tomar nuevos territorios en Ucrania necesitará una impopular movilización, y si la economía se degrada más puede haber problemas bancarios o instaurarse una economía de guerra. Son escenarios que el Kremlin gestionaría mejor si puede moderar no solo lo que dicen los medios sino lo que los rusos leen y comentan entre ellos.
«Está intentando modificar el comportamiento de la gente; no se trata de que no accedan, sino de reeducarles en la manera en la que usan internet«, explica Andrei Soldatov, escritor ruso en el exilio, que publicó en 2015 junto a Irina Borogan The Red Web, un libro que cuenta cómo el internet ruso fue visto a la vez como amenaza y como oportunidad, y aunque al principio hubo margen para plantar cara al Kremlin, ese margen desapareció con Putin.
Ese libro señalaba que la represión digital no siempre es total ni constante, pues la clave del sistema es la combinación de omnisciencia y oscuridad. El ciudadano siente que el Estado puede saberlo todo, pero no sabe dónde está exactamente la línea roja. Once años después Soldatov está en busca y captura y admite que en este tiempo Putin «ha tenido algunos éxitos en la lucha contra el internet libre. El sistema es más sofisticado de lo que describimos en The Red Web en aquel momento».
Durante años el putinismo ha restringido las libertades políticas evitando que los rusos notasen un menoscabo en las libertades individuales. Pero ahora ya no se trata de que muera de manera misteriosa una periodista o de que a un disidente incómodo le aparezca de repente un caso de corrupción. Los cortes afectan a la vida diaria: pagos, bancos, taxis, reparto, correo, educación y comunicaciones básicas. Todo forma parte de una estrategia para aislar Runet del resto de la red.
La guerra aceleró ese proceso, y los apagones ya no se limitan a zonas fronterizas o sensibles, han llegado al corazón político y económico del país. El Kremlin está ensayando cómo funcionaría Rusia bajo un régimen de control digital mucho más duro. De pronto sectores de la población indiferentes a la destrucción de Ucrania han mostrado su incomodidad con las medidas. Desde los ámbitos leales al putinismo se ha denunciado que el régimen aprieta tanto que parece que ahoga. El centro de Moscú sufre cortes de conexión desde el 5 de marzo.
Soldatov, que está considerado uno de los mejores expertos en servicios secretos rusos, advierte de que las brutales desconexiones que sufren los ciudadanos son seguramente fruto de una tormenta perfecta ocasionada por dos actores principales dentro del régimen. Por un lado, el organismo que regula las comunicaciones, Roskomnadzor, «son duros pero muy políticos»; y por otro «el servicio de seguridad FSB, que ha recibido información de que se prepara algo grande para la región de Moscú, como por ejemplo un ataque ucraniano.
El FSB no piensa en términos de costes políticos, «sino sólo en si una medida puede reducir riesgos, aunque sea en un 1%», y bajo el pretexto de seguridad «puede vender cualquier medida» porque Vladimir Putin es un agente «y la compra». Así fue como el internet móvil desapareció en Moscú, porque es mucho más difícil de monitorizar que el wifi. En un sistema donde los órganos de control compiten entre sí por abanderar la durabilidad del régimen, los reguladores de Roskomnadzor «aprovecharon para poner en marcha las listas blancas» y bloqueó parte del tráfico en casas de todo el país. El resultado es gente que no podía mandar dinero a sus padres, problemas con las alertas de los niños diabéticos, empresas con el negocio parado o moscovitas volviendo a preguntar por direcciones en plena calle porque no funcionan las apps de mapas.
«Llevamos un año con interferencias en el GPS, así que hay que trazar el itinerario con antelación de la manera tradicional y usar las señales», explica desde Rusia Alexander Isavnin, un veterano activista y por las libertades en internet. «Alguna gente tenía que salir del centro para poder actualizar el correo electrónico». Él mismo, que vive en las afueras de Moscú, lo comprobó cuando el pasado 17 de marzo fue al Ayuntamiento —que está en la céntrica calle Tverskaya, que lleva hasta el Kremlin— para solicitar permiso para una manifestación por la libertad de internet. «Incluso en la oficina municipal no había internet; en el café de la esquina, tampoco. Pero en cuanto salías fuera del anillo [la calle que circunvala el centro de Moscú] la conexión regresaba». Por supuesto el permiso para manifestarse fue rechazado. Una vez más, alegaron restricciones por el Covid.
El Kremlin es consciente de que el descontento público va en aumento, y está alienando especialmente a los jóvenes. El 83% de los adolescentes encuestados por Russian Field reaccionó negativamente y casi la mitad siente «ira». En una sociedad cada día más temerosa del Gobierno y en cierto modo indolente sobre las causas éticas, estas semanas se han producido varios conatos de protesta. «Las autoridades locales tienen tanto miedo que están arrestando a los organizadores incluso antes de que las protestas lleguen a producirse», añade Alexander Isavnin, que también es un destacado miembro del Partido Pirata. Ya en 2020Isavnin avisaba sobre Putin: «El ‘ciber-Gulag’ es su aspiración».
Mientras todo eso sucede, los rusos ven cómo un ‘chivato digital’ se va integrando en sus teléfonos. A medida que Roskomnadzor restringe WhatsApp y Telegram, la aplicación estatal de mensajería Max, lanzada en marzo de 2025, se impulsa ahora activamente a través de distintos medios: Gosuslugi, el portal multiusos con el que los rusos se relacionan con su administración para todo el papeleo, sólo permite iniciar sesión a través de Max; en los colegios los grupos de padres han de ser en esa plataforma. Algunos han comprado un segundo teléfono solo para instalar la app estatal.
Lidia, una osteópata de Krasnoyarsk, asegura: «No me voy a instalar esa aplicación por nada del mundo, es como tener al gobierno dentro de tu iPhone». Andrei Soldatov confirma que sus temores están fundados: «Lo más peligroso es que en cuanto lo instalas empieza a espiar tu teléfono, informará de que usas servicios VPN», que pueden ser razón para castigos en el futuro. «Facebook y Whatsapp ya se consideran extremistas, y en Rusia no puedes verte envuelto en eso», añade Soldatov, que recuerda que desde hace unos días «ya no se puede pagar VPN con Apple». Elena, profesora, dejó Rusia tras la guerra pero regresó el año pasado para trabajar: «Ahora estoy incomunicada y convencida de que quiero irme para siempre».
Alexander Isavnin recuerda que una de las características de los campos de concentración nazis era «la imprevisibilidad de las exigencias de los supervisores, para crear condiciones insoportables para los prisioneros». Cree que ahora «estamos, en la práctica, en un campo de concentración digital, Internet se deteriora de manera totalmente imprevisible día a día».
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