China, Rusia y Corea del Norte exhiben músculo militar frente a una OTAN en alerta

A primera hora del lunes, mientras en el puerto chino de Qingdao atracaban un crucero lanzamisiles, un submarino y varios buques de guerra rusos para iniciar una nueva ronda de maniobras navales conjuntas con la Armada china, a miles de kilómetros de allí, en Ankara, los equipos de los líderes de la OTAN ultimaban los discursos de una cumbre donde también estará sobre la mesa la creciente coordinación entre Pekín y Moscú.

 China y Rusia vuelven a desplegar su poder naval mientras Occidente observa con inquietud una alianza estratégica cada vez más estrecha  

A primera hora del lunes, mientras en el puerto chino de Qingdao atracaban un crucero lanzamisiles, un submarino y varios buques de guerra rusos para iniciar una nueva ronda de maniobras navales conjuntas con la Armada china, a miles de kilómetros de allí, en Ankara, los equipos de los líderes de la OTAN ultimaban los discursos de una cumbre donde también estará sobre la mesa la creciente coordinación entre Pekín y Moscú.

La coincidencia en el calendario difícilmente puede considerarse casual. Cada movimiento parece pensado para transmitir un mismo mensaje: frente a una Alianza Atlántica que busca reforzar su capacidad de disuasión, China y Rusia siguen estrechando un vínculo militar que hace apenas una década parecía impensable.

Los ejercicios, que se prolongarán hasta el 13 de julio frente a la costa oriental china, reunirán a destructores, fragatas, submarinos, helicópteros embarcados, unidades de infantería de marina y buques de rescate de ambos países. Las maniobras incluirán operaciones de reconocimiento, defensa aérea y antimisiles, y ataques simulados contra objetivos de superficie. Por último, se realizarán patrullas conjuntas en aguas del Pacífico.

Sobre el papel, el Ministerio de Defensa chino presenta estas nuevas maniobras como unas actividades rutinarias destinadas a «mantener la paz y la estabilidad regional». En la práctica, representan una nueva exhibición de fuerza de dos potencias cada vez más unidas en el terreno militar.

La relación entre ambos ejércitos es cada vez más estrecha. Desde 2012 celebran ejercicios navales conjuntos casi todos los años y, desde 2021, patrullan regularmente por el Pacífico. A ello se han sumado vuelos coordinados de bombarderos estratégicos cerca de Japón, Corea del Sur y Alaska, maniobras terrestres y un intercambio creciente entre academias militares.

Este acercamiento se ha intensificado desde la invasión rusa de Ucrania en 2022. Mientras Occidente imponía sanciones económicas sin precedentes a Moscú, Pekín evitó condenar la ofensiva del Kremlin, multiplicó el comercio bilateral y reforzó su cooperación política con un socio clave.

El régimen de Putin, necesitado de mercados, inversiones y apoyo diplomático, encontró en el Gobierno de Xi un salvavidas económico. China, por su parte, consolidó su relación con un aliado dispuesto a desafiar el orden internacional liderado por Estados Unidos.

Pero detrás de las muchas fotografías de Xi y Putin estrechándose la mano (la última vez fue el pasado mayo en Pekín) existe un acercamiento militar nada disimulado. La última prueba la ha aportado una investigación de Reuters que reveló que Rusia entrenó el año pasado a militares chinos en instalaciones del Ejército Popular de Liberación (EPL) y que esa cooperación fue autorizada personalmente por el ministro de Defensa ruso, Andrei Belousov.

Según la documentación consultada por la agencia, varios generales de ambos países participaron en programas de formación sobre defensa radiológica, química y biológica, protección de infraestructuras críticas y otros ámbitos especialmente sensibles. Pekín negó rotundamente la semana pasada esa información, calificándola de «calumnias», pero varios responsables europeos aseguran haber confirmado por canales propios que esos intercambios se produjeron.

Aquella noticia despertó inquietud en Bruselas. Rusia acumula ya más de cuatro años de experiencia en una guerra de alta intensidad en Ucrania, mientras que el ejército chino, pese a ser el mayor del mundo por número de efectivos y uno de los más avanzados tecnológicamente, no ha combatido en un conflicto de gran escala.

Los analistas señalan que, para Pekín, observar de cerca las lecciones tácticas, logísticas y tecnológicas extraídas del frente ucraniano constituye un activo de enorme valor de cara a futuras crisis, especialmente en escenarios como el Estrecho de Taiwan. Rusia aporta experiencia real de combate y conocimientos operativos; China ofrece músculo industrial, capacidad tecnológica y una economía capaz de amortiguar parcialmente el aislamiento ruso.

Las maniobras entre China y Rusia también coinciden con otra demostración de fuerza en el noreste asiático. Mientras los buques de ambas potencias se preparaban para desplegarse frente a Qingdao, Kim Jong-un supervisaba personalmente desde un puesto de observación costero una nueva prueba de armamento naval destinada a exhibir la rápida transformación de la Armada norcoreana.

Ante las cámaras de la propaganda estatal, una decena de misiles de crucero fueron lanzados en rápida sucesión desde el destructor Kang Kon, en una imagen cuidadosamente diseñada para proyectar la idea de que Pyongyang ya no pretende limitarse a defender su litoral, sino desarrollar una auténtica capacidad de disuasión nuclear desde el mar.

El lanzamiento se produjo apenas unos días antes del inicio de los ejercicios navales conjuntos entre China y Rusia y fue leído como un recordatorio de que Corea del Norte también quiere ocupar un lugar destacado en el nuevo equilibrio militar que está tomando forma en Asia.

Durante años, la marina norcoreana fue considerada una fuerza costera obsoleta y de escasa relevancia estratégica. Sin embargo, la incorporación de dos destructores de 5.000 toneladas, junto con el desarrollo de un submarino de propulsión nuclear que, según diversas fuentes, ya está en construcción, apunta a un salto cualitativo en las capacidades ofensivas del régimen.

Durante la prueba del viernes, el Kang Kon disparó misiles de crucero, piezas de artillería naval, cañones automáticos y puso a prueba sus sistemas de guerra electrónica. La agencia estatal KCNA aseguró que el objetivo era verificar la integración de todos los sistemas de combate del buque antes de su incorporación definitiva a la flota, una orden que Kim Jong-un exigió completar en un plazo de dos meses.

Detrás de esa modernización aparecen, una vez más, Moscú y Pekín. Diversos analistas sostienen que ambos países han facilitado componentes, materiales y transferencia tecnológica para acelerar el programa naval norcoreano.

El domingo, el Ejército surcoreano confirmó además el lanzamiento de varios misiles de crucero hacia el mar de Japón, identificados como proyectiles de la familia Hwasal, un sistema que Pyongyang considera apto para equipar a sus nuevos destructores y que, al ser calificado oficialmente como «estratégico», los expertos interpretan como preparado para portar cabezas nucleares.

«Debemos seguir ampliando de forma constante una capacidad de disuasión bélica fiable», proclamó Kim tras la prueba. Sus palabras, unidas a las maniobras navales entre China y Rusia, ofrecen una imagen cada vez más nítida del nuevo panorama estratégico en el noreste asiático: tres regímenes que, con distintos niveles de coordinación, aceleran simultáneamente el desarrollo de sus capacidades militares.

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