De alivios e imposturas en la relación atlántica

<p>Tras unos largos meses sin embajador americano en Madrid, el miércoles presentó credenciales ante S. M. el Rey el nuevo jefe de la legación, Benjamín León Jr., empresario cubano-estadounidense de antepasados canarios, ligado primariamente al entorno del actual secretario de Estado. Este aspecto tiene su aquel, porque Marco Rubio se ha erigido en foco de las expectativas de un diálogo menos volátil, al tiempo que produce irritantes sarpullidos intelectuales cuando sus mensajes no se ajustan a ese modelo. Su impronta en el nombramiento permite leer la llegada del representante, más allá del simple relevo administrativo, como parte de un afán por estabilizar la relación bilateral, con el gobierno español situándose con frecuencia a la vanguardia de la contestación política a Washington, desde una Unión que atraviesa su momento atlántico más vacilante en décadas.</p>

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 Toca asumir de una vez que la normalidad anterior ha dejado de existir; alivio e inquietud dominan la maltrecha Comunidad Atlántica hoy  

Tras unos largos meses sin embajador americano en Madrid, el miércoles presentó credenciales ante S. M. el Rey el nuevo jefe de la legación, Benjamín León Jr., empresario cubano-estadounidense de antepasados canarios, ligado primariamente al entorno del actual secretario de Estado. Este aspecto tiene su aquel, porque Marco Rubio se ha erigido en foco de las expectativas de un diálogo menos volátil, al tiempo que produce irritantes sarpullidos intelectuales cuando sus mensajes no se ajustan a ese modelo. Su impronta en el nombramiento permite leer la llegada del representante, más allá del simple relevo administrativo, como parte de un afán por estabilizar la relación bilateral, con el gobierno español situándose con frecuencia a la vanguardia de la contestación política a Washington, desde una Unión que atraviesa su momento atlántico más vacilante en décadas.

Hace una semana, la Conferencia de Seguridad de Múnich fue escaparate privilegiado de esta tensión continental entre optimismos y decepciones, la montaña rusa emocional que suscita el Disruptor-in-Chief. Rubio no solo fue recibido con especial atención; una ovación cerrada y en pie coronó su discurso. El gesto, más allá de lo protocolario, resulta revelador. En caliente, el ilustre público del Bayerischer Hof no aplaudió tanto el contenido de la alocución como la posibilidad de que existiera, dentro de la vigente Administración americana, una figura alternativa: alguien distinto de Trump y su prolongación más escorada encarnada por su vicepresidente. Y, sin embargo, ahí empieza la impostura; querer percibir en Rubio una excepción estructural cuando su misión es, precisamente, dar forma diplomática a líneas de actuación que emanan férrea y narcisistamente de la Casa Blanca, con un grado de culto a la personalidad nunca visto en política estadounidense.

Rubio no es Vance. No procede del núcleo militante del movimiento MAGA ni construyó su carrera como tribuno del mismo. Fue, de hecho, candidato rival del hoy presidente cuando la campaña de 2016, antes de integrarse en su órbita. Su perfil -institucional, de reflejos internacionalistas, más convencional en sus actitudes- lo ha elevado a depositario natural de la confianza europea: que el trumpismo evolucione hacia lo reconocible. Pero esa esperanza confunde estilo con sustancia. Rubio pertenece a una administración ahormada a las particularidades del gran jefe, donde la coherencia estratégica es inseparable de la lealtad. No cabe una política exterior autónoma dentro del Ejecutivo.

La intervención de Marco Rubio en Múnich lo dejó claro para quien quisiera escucharlo sin veladura de autoconsuelo. Su apelación a la Alianza Atlántica no fue incondicional, sino culturalmente delimitada. No habló únicamente de utilidades coincidentes. Marcó énfasis en una cierta -estrecha- identidad compartida. Occidente trasatlántico aparecía no como proyecto político abierto, sino como civilización de raíces cristianas; una trayectoria histórica cuya hilazón exige reafirmación frente a la erosión interna y la presión externa. Esa formulación, con ecos de reivindicación más que de cooperación entre iguales, introduce una restricción implícita: la OTAN no se sostiene solo sobre la convergencia estratégica, también juega la afinidad ideológica.

Así, la reacción europea adoptó un patrón conocido. Primero, alivio de constatar que pervive la interlocución, que Washington no se repliega por completo. Después, casi de inmediato, el retorno de la inquietud: análisis críticos, matices, recordatorios de que las mismas ideas causaron rechazo generalizado -escándalo- un año antes en boca del vicepresidente Vance. Esa oscilación entre alivio e inquietud es rasgo dominante de la maltrecha Comunidad Atlántica hoy. Europa necesita a Estados Unidos para su seguridad, pero ya no apuesta por su previsibilidad. Desconfía.

En la misma tenida de Múnich, el secretario de la OTAN, Mark Rutte, abundó en esa realidad sin eufemismos. Estados Unidos resulta imprescindible, pero el funcionamiento trasatlántico ya no descansa en inercia alguna. Europa deberá asumir la responsabilidad de su propia defensa, no como seña simbólica, sino como sustento de equilibrio dentro de la Alianza. La inevitabilidad del vínculo no elimina su asimetría; sí obliga a gestionarla con mayor lucidez y efectividad.

No obstante, ese encaje tropieza con una dificultad destacada: la distancia entre la invocación y la capacidad. La insistencia recurrente retórica en la solidaridad (la presidenta Von der Leyen hizo alarde de la cláusula del artículo 42.7 del Tratado de la Unión) traduce una aspiración legítima, pero no crea por sí misma los instrumentos materiales que la hagan operativa. Los Estados miembro mantienen la competencia en Defensa y Exteriores. La Comisión puede coordinar, financiar, incentivar, no sustituir la voluntad política ni improvisar la potencia industrial que la credibilidad estratégica demanda.

El desembarco del embajador estadounidense en Madrid se inscribe en este mismo marco de transición. Su comunicación inaugural no indica ruptura ni restauración, sino pura adaptación: «Trabajaré para invertir en nuestra defensa común y en el objetivo compartido de los aliados de alcanzar el 5% del gasto en defensa, acelerar nuestras ya importantes relaciones comerciales, fortalecer nuestras fronteras, mantener nuestros esfuerzos contra la delincuencia transnacional y promover los intereses mutuos en América Latina».

Washington reorganiza su presencia en nuestro continente mientras redefine sus prioridades globales. La UE, por su parte, busca elementos de continuidad en un entorno crecientemente fluido. Y España debe atender con pragmatismo -abandonando todo postureo- la etapa de oportunidad que se abre. En ese cruce de expectativas, la tentación de tomar ademanes por garantías es constante. El asunto es, así, más profundo que cualquier discurso o nombramiento. Intereses y valores que semejaban irreversibles entretejieron los lazos entre las dos orillas del Atlántico tras la Segunda Guerra Mundial. Hoy esa confluencia persiste. Aunque sin automatismos ni presuposiciones. Estados Unidos sigue siendo el aliado indispensable, pero ya no es el aliado incuestionado, tampoco incuestionable. Europa sigue siendo socio relevante, pero no ocupa el centro del horizonte estratégico estadounidense.

Por eso, el aplauso a Rubio en Múnich tuvo de alivio y de impostura. Alivio, porque confirmaba la continuidad de un vínculo necesario. Impostura, porque permitía sostener la ilusión de un envenenamiento de fondo como cuestión de formas. Se trata, pues, de refundar la relación atlántica para que no brote exclusivamente de la voluntad, siempre contingente, de un individuo. La Alianza no desaparece. Pero ha dejado de ser una certeza pasiva para convertirse en una realidad que exige mantenimiento constante.

Europa puede seguir buscando consuelo en las formas -carencia de las mismas-, o puede asumir las implicaciones fundamentales de esta circunstancia. La diferencia entre ambas actitudes es la que media entre padecer desde el lamento y la queja una dependencia ineludible, y empezar, por fin, a gestionarla con el objetivo claro -reflejado en actuaciones concretas- de reducirla en el corto plazo. Con horizonte de superarla.

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