<p>Los fans más analíticos -asumiendo que se pueda ser fan y analítico a la vez- vieron en la desgana de los efectos digitales de algunas películas de Marvel uno de los principales culpables de la decadencia de la marca. Se hablaba entonces de los problemas de sus departamentos. Profesionales proporcionaban rumores y testimonios sobre la imposibilidad de entregar un trabajo decente con los ritmos de trabajo que dictaba la compañía. ¿El resultado? Efectos especiales directamente cutres. Algunos espectadores, ni fans ni analíticos, leímos aquello de otra manera: <strong>Hollywood ya había demostrado que crear otras realidades era posible,pero no veía la necesidad de seguir haciéndolo todo tan perfecto.</strong> Así que pasamos de películas medianas con efectos digitales maravillosos (y pocos) a superproducciones descomunales en las que la postproducción, que consumía gran parte del presupuesto, por momentos daba vergüenza ajena. Ni calidad, ni originalidad, ni nada.</p>
Hollywood desmostró que crear otras realidades eran posibles, pero no vio la necesidad de seguir haciéndolo todo tan perfecto
Los fans más analíticos -asumiendo que se pueda ser fan y analítico a la vez- vieron en la desgana de los efectos digitales de algunas películas de Marvel uno de los principales culpables de la decadencia de la marca. Se hablaba entonces de los problemas de sus departamentos. Profesionales proporcionaban rumores y testimonios sobre la imposibilidad de entregar un trabajo decente con los ritmos de trabajo que dictaba la compañía. ¿El resultado? Efectos especiales directamente cutres. Algunos espectadores, ni fans ni analíticos, leímos aquello de otra manera: Hollywood ya había demostrado que crear otras realidades era posible,pero no veía la necesidad de seguir haciéndolo todo tan perfecto. Así que pasamos de películas medianas con efectos digitales maravillosos (y pocos) a superproducciones descomunales en las que la postproducción, que consumía gran parte del presupuesto, por momentos daba vergüenza ajena. Ni calidad, ni originalidad, ni nada.
Hay excepciones, desde luego, y benditas sean: los contrastes de masa e ingravidez de los vehículos de las Dune de Denis Villeneuve, el oso Paddington, algunos dragones de HBO… Pero hace tiempo que, como sabemos que todo es posible con un buen equipo de FX (es decir, con uno con tiempo y presupuesto suficientes), es difícil que ningún trucaje digital nos deje boquiabiertos. Así que ni lo intentan.
Yo sigo flipando, aunque también por eso tan cansino de la nostalgia, con el búho infográfico de los títulos de crédito de Dentro del laberinto o el caballero medieval salido de una vidriera en El secreto de la pirámide. Comparados con lo de ahora, eran rudimentarios. A cambio eran pura magia cinematográfica. Hay más sentido de la maravilla en la Roma de Gladiator que en la en teoría mucho mejor trabajada de su secuela. Y, desde luego, más en la épica batalla de nieve inicial de El imperio contraataca que en esos finales de Marvel en los que todo explota porque cuando has creado una explosión digital molona por qué no poner 15 más en el mismo plano.
¿Qué sentido tiene plantear una nave espacial inconvertible en merchandising infantil, como la Enterprise de 2001, cuando puedes explorar la galaxia con avioncitos multicolores que se rentabilizarán en jugueterías? Regálame a mí una reproducción de un Heighleiner de Dune (la nave con la que Rick Owens recorrería el cosmos) y me volveré loco de contento, pero cómprale tú eso a un niño y te dirá que qué demonios es.
El gran acierto de la nueva versión de Los 4 Fantásticos fue que la tecnología que veíamos ya parecía de juguete. Y los efectos visuales también. Una película de 2025 que quiere parecer una película sobre 2025 hecha en 1962. Pero sin el encanto de las películas sobre 2025 hechas en 1962. Ni sus ideas. Ni sus trucajes geniales. Ni su alma. Como en Interior de una nave espacial abandonada de Fangoria,«brillas por fuera, por dentro nada».
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