<p>Europa no es débil y su civilización no está en decadencia. Ese fue el mensaje que la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, <strong>Kaja Kallas</strong>, dejó este domingo como conclusión política de tres días de debates en la Conferencia de Seguridad de Múnich, que se cierra bajo el signo de una Europa decidida a reafirmar su papel en un orden internacional cada vez más incierto.</p>
El foro de la capital bávara culmina con una intervención de la jefa de la diplomacia comunitaria, Kaja Kallas, en defensa del continente y estructurando en tres prioridades estratégicas el proyecto europeo
Europa no es débil y su civilización no está en decadencia. Ese fue el mensaje que la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, dejó este domingo como conclusión política de tres días de debates en la Conferencia de Seguridad de Múnich, que se cierra bajo el signo de una Europa decidida a reafirmar su papel en un orden internacional cada vez más incierto.
Kallas asumió el cierre con una intervención que contradijo directamente el diagnóstico formulado el día anterior por el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, quien había advertido del «declive» europeo e incluso del riesgo de un «Untergang als Zivilisation«, un colapso o decadencia como civilización. Frente a esa visión, la jefa de la diplomacia europea defendió que la Unión sigue siendo un polo de estabilidad y atracción política. «Cuando estuve el año pasado en Canadá —dijo—, me dijeron que más del 40 % de los canadienses estarían interesados en que su país se uniera a la Unión Europea». La frase funcionó como una respuesta directa a Washington y como una afirmación del lugar que Europa cree seguir ocupando en el mundo.
Pero su intervención no fue solo una réplica retórica. Kallas estructuró su defensa del proyecto europeo en torno a tres prioridades estratégicas: reforzar la capacidad de defensa, estabilizar la vecindad mediante la ampliación y consolidar alianzas internacionales.
En el terreno militar, sostuvo que la seguridad europea comienza hoy en Ucrania, pero no termina allí. Advirtió de que Rusia ya actúa contra la Unión a través de ciberataques, sabotajes de infraestructuras críticas, interferencias en sistemas satelitales y campañas de desinformación destinadas a erosionar la cohesión interna. Al mismo tiempo, subrayó que Moscú no puede considerarse una superpotencia económica: pese a su arsenal nuclear, su economía atraviesa dificultades estructurales y su ofensiva en Ucrania avanza con lentitud a pesar de las elevadas pérdidas humanas y materiales.
La segunda prioridad fue la ampliación de la Unión, presentada explícitamente como una decisión geopolítica. No se trata únicamente de un proceso técnico o administrativo, sino de una herramienta estratégica frente a la influencia rusa. Para ilustrarlo, Kallas recurrió a una comparación significativa: en 1990, los ciudadanos rusos eran aproximadamente el doble de ricos que los polacos; hoy, afirmó, los polacos son cerca de un 70 % más ricos que los rusos. La integración europea aparece así no solo como un marco institucional, sino como un instrumento de reconfiguración del equilibrio económico del continente.
Como tercer eje, destacó la red global de asociaciones de la Unión. La UE mantiene acuerdos comerciales con casi 80 países y ha desarrollado también marcos de cooperación en materia de seguridad y defensa. Esta arquitectura de acuerdos amplía su radio de acción más allá del continente y refuerza su capacidad de influencia en un sistema internacional cada vez más competitivo.
Su intervención puso el broche a una conferencia en la que los dirigentes europeos han intentado proyectar unidad y determinación, en contraste con las dudas que empiezan a emerger sobre el compromiso futuro de Estados Unidos con la seguridad del continente. Sin anunciar todavía medidas concretas ni definir una arquitectura propia de defensa plenamente operativa, Europa ha insistido en presentarse como un actor dispuesto a asumir un mayor grado de responsabilidad sobre su propia seguridad.
Ese desplazamiento es visible también en el debate, aún incipiente, sobre la disuasión nuclear. Francia y Alemania han confirmado contactos, junto con otros países, para explorar la posibilidad de que el arsenal nuclear francés pueda servir como base de un paraguas de disuasión europeo. Durante décadas, la protección nuclear del continente ha dependido casi exclusivamente de Estados Unidos. Que esta hipótesis haya entrado en la conversación política refleja hasta qué punto las certezas estratégicas de la posguerra están siendo revisadas.
Las diferencias entre los Estados miembros siguen siendo profundas, tanto en la percepción de la amenaza como en la disposición a asumir las implicaciones de una autonomía estratégica real. Esa cautela quedó reflejada en intervenciones como la del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, que centró su discurso en el riesgo de proliferación nuclear y en la necesidad de preservar los acuerdos de control de armas entre Estados Unidos y Rusia, sin entrar directamente en el debate sobre una eventual disuasión nuclear europea.
Donde sí ha sido visible la cohesión ha sido en el apoyo a Ucrania. El conflicto ha atravesado prácticamente todos los debates, hasta convertirse en el eje central de la conferencia. Ucrania ha sido presentada como el frente donde se define la seguridad futura del continente, en un contexto en el que Rusia combina operaciones militares convencionales con presión tecnológica, informativa y económica.
La omnipresencia de Ucrania contrastó con la atención prestada a otros escenarios que también forman parte del entorno estratégico europeo. Entre ellos, Irán emergió en los márgenes de la conferencia, coincidiendo con una manifestación organizada por la oposición iraní en Múnich que reunió a más de 200.000 personas. El senador estadounidense Lindsey Graham, una de las figuras más influyentes del Partido Republicano en política exterior, participó en el acto y posteriormente mantuvo contactos con varios dirigentes europeos, entre ellos el canciller alemán, Friedrich Merz, y el primer ministro británico, Keir Starmer. Graham se declaró impresionado por la forma en que ambos líderes interpretan el posicionamiento del presidente estadounidense, Donald Trump, con quien el propio senador afirmó haber intercambiado impresiones durante la conferencia.
En el último día de este denso e intenso foro de debates, considerado el más importante del mundo en materia de política de seguridad y defensa y a menudo descrito como el «Davos de la seguridad internacional», también hubo espacio para la dimensión económica y monetaria. La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, defendió que el continente sigue siendo un espacio de atracción para el capital y la innovación. «Los mercados no siempre se equivocan, porque el dinero está llegando», afirmó, al señalar el aumento de las inversiones de capital riesgo en sectores estratégicos. Lagarde subrayó además que el 37 % de las empresas europeas están adoptando inteligencia artificial en sus procesos productivos, una proporción que ya supera ligeramente a la de Estados Unidos, y apuntó a un mercado interno que, en sus palabras, «está despertándose», impulsado por el consumo y la inversión.
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