La buena hija: La cara oculta de la violencia machista (***)

<p>Comenta la antropología que uno de los grandes logros adaptativos del hombre no es nada más que la mirada. La mirada en general y, más en concreto, el blanco de los ojos. El hecho de tener una pupila perfectamente destacada, frontal y justo en mitad de la cara consigue el efecto no solo de mirar, sino de saberse mirado. Cuando miramos a alguien o alguien nos mira, nuestros ojos enmarcados en un diminuto espacio en blanco nos delatan. Y de ahí, el pudor, la ofensa, la intención y hasta la solidaridad (o amor incluso) de saberse reflejado en la mirada de otro. <strong>El cine, decía el director de </strong><i><strong>L’Atalante </strong></i><strong>Jean Vigo, no es más que un punto de vista, un cruce de miradas entre la pantalla (también ella blanca cuando nadie la mira) y el espectador. </strong>Y en esa fina telaraña de complicidades y miedos surge el milagro, eso es, del reconocimiento.</p>

Seguir leyendo

 Julia de Paz entrega un preciso retrato, tan iluminado como tremendo, de una tragedia social desde la mirada de una adolescente  

Comenta la antropología que uno de los grandes logros adaptativos del hombre no es nada más que la mirada. La mirada en general y, más en concreto, el blanco de los ojos. El hecho de tener una pupila perfectamente destacada, frontal y justo en mitad de la cara consigue el efecto no solo de mirar, sino de saberse mirado. Cuando miramos a alguien o alguien nos mira, nuestros ojos enmarcados en un diminuto espacio en blanco nos delatan. Y de ahí, el pudor, la ofensa, la intención y hasta la solidaridad (o amor incluso) de saberse reflejado en la mirada de otro. El cine, decía el director de L’Atalante Jean Vigo, no es más que un punto de vista, un cruce de miradas entre la pantalla (también ella blanca cuando nadie la mira) y el espectador. Y en esa fina telaraña de complicidades y miedos surge el milagro, eso es, del reconocimiento.

La buena hija, de Julia de Paz, es un buen ejemplo no tanto de antropología, que un poco también, como de cine entendido únicamente como punto de vista, el punto de vista de una adolescente a la que da vida con una autoridad fuera de norma la debutante Kiara Arancibia. Se cuenta la historia de una joven que, ante la separación de sus padres, duda. Duda del mundo, duda de la gente que más quiere y, apurando, duda de sí misma. En el fondo de todo como escenario de la tragedia, la realidad dura durísima de los maltratos, del machismo y de los regímenes de visitas obligatorio e injustos. Y en primer plano, el retrato de tres generaciones de mujeres enfrentadas cada una a su modo a una herida que no cesa. Kiara, decíamos, es la hija, Janet Novás es la madre y Peta Martínez, la abuela. En frente, un reconcentrado, duro y violento Julián Villagrán es el padre.

La película de la directora que ya sorprendiera con vigor y una colección de ideas exageradamente claras en Ama adapta un cortometraje anterior titulado Harta. Lo hace con la misma delicadeza que rotundidad y siempre pendiente de cada gesto, cada detalle, cada dolor diminuto de una vida que no sabe donde mirar, que no entiende que el padre que tanto ama sea también el monstruo que no puede odiar. En equilibrio moralmente inestable, la cineasta que también fue una de las guionistas de la serie Querer de Alauda Ruiz de Azúa, consigue dibujar con precisión el perfil del más terrible de los dramas sin caer ni en exageraciones ni didactismos ni lugares comunes. Y todo ello, desde la claridad de una mirada que, sencillamente, mira; de una mirada que busca reconocimiento; de una mirada que no es nada más que una herida. Una herida y, ya se ha dicho, un punto de vista.

Directora: Julia de Paz. Intérpretes: Kiara Arancibia, Janet Novás, Julián Villagrán, Petra Martínez. Duración: 101 minutos. Nacionalidad: España.

 Cultura 

De interes