Sandra Hüller regresa (eso ya es mucho) con una exageradamente fría reflexión sobre la condición de mujer en Rose

<p>Hace frío en Berlín (no es noticia) y eso acaba por afectar a todo. Incluso a la programación. De repente, el termómetro marcaba tres grados bajo cero y se diría que las tres películas a competición entendieron, cada una a su manera, el mensaje: tres por menos tres. La pauta la dio la estrella del día. <i><strong>Rose</strong></i><strong>, del austriaco Markus Schleinzer, hizo honor a la filmografía de la que procede. </strong>El trabajo de este cineasta antes colaborador de directores como MIchael Haneke y Ulrich Seidl y mucho antes actor, es antes que nada otra manera radical, que no solo diferente, de ver y estar en el mundo. Desde la muy turbia y muy incomprensible <i>Michael </i>(una historia contada desde el punto de vista de un pederasta) a <i>Angelo </i>(el relato de un negro sirviente de la corte ilustrada en el siglo XVIII), <strong>Schleinzer ha convertido cada proyecto en un estudio detallado de eso que, a falta de otra definición, podemos llamar otredad. Otra otredad incluso. </strong>Sus personajes miran siempre desde otro sitio para señalar, a veces, la injusticia cruel de nuestra propia mirada y, otras, para simplemente incomodar, molestar o hacer daño. Y mucho.</p>

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 La actriz de Anatomía de una caída y La zona de interés se exhibe en un papel que le concede la virtud de la excelencia y el dudoso privilegio de ser hombre. A su lado, el turco Emin Alper completa una tan radical como premiosa metáfora sobre el fanatismo en Salvation (***) y la belga Anke Blondé se exhibe en un virtuoso ejercio de cine riguroso y desangelado en Dust (***)  

Hace frío en Berlín (no es noticia) y eso acaba por afectar a todo. Incluso a la programación. De repente, el termómetro marcaba tres grados bajo cero y se diría que las tres películas a competición entendieron, cada una a su manera, el mensaje: tres por menos tres. La pauta la dio la estrella del día. Rose, del austriaco Markus Schleinzer, hizo honor a la filmografía de la que procede. El trabajo de este cineasta antes colaborador de directores como MIchael Haneke y Ulrich Seidl y mucho antes actor, es antes que nada otra manera radical, que no solo diferente, de ver y estar en el mundo. Desde la muy turbia y muy incomprensible Michael (una historia contada desde el punto de vista de un pederasta) a Angelo (el relato de un negro sirviente de la corte ilustrada en el siglo XVIII), Schleinzer ha convertido cada proyecto en un estudio detallado de eso que, a falta de otra definición, podemos llamar otredad. Otra otredad incluso. Sus personajes miran siempre desde otro sitio para señalar, a veces, la injusticia cruel de nuestra propia mirada y, otras, para simplemente incomodar, molestar o hacer daño. Y mucho.

Rose es una piedra más en el muro que separa lo uno de lo otro. Rodada en un gélido blanco y negro, se cuenta la historia de la llegada de un misterioso soldado a un pueblo perdido entre nieves, árboles, osos y una forma de vivir agobiante de rutinas, duro trabajo y rezos. Estamos en algún momento del siglo XVII. El hombre (eso es hasta que no se diga lo contrario) reclama la herencia de una casa y un terreno y, como sea que nadie puede refutar su relato, se instala como uno más. Desde el primer segundo sabemos que no es quien dice ser, que es otro. U otra, mejor. Lo sabemos nosotros como espectadores que reconocemos a nada menos que Sandra Hüller, la que fuera protagonista de Anatomía de una caída y La zona de interés, y lo saben los habitantes de ese lugar que son, como toca, de natural desconfiados. Trabajará, se adaptará, se casará… y así hasta que suceda lo inevitable.

Schleinzer, de la mano de un soberbio trabajo de Hüller (premio a mejor actriz desde ya), rastrea los difíciles trabajos de la identidad desde la cancelada condición de mujer. Suena tremendo y es solo el frío, que agarrota las frases. Para sobrevivir y progresar en la vida, la protagonista se tuvo que hacer pasar por lo que no era, un hombre, y, en efecto, pagará por su atrevimiento. Suele pasar, a los privilegiados les cuesta tanto que les quiten la silla como aceptar a nuevos socios en el club.

La película vive toda ella en una perfecta descripción de todo lo raro, de todo lo extraño, de todo lo otro. La estrategia consiste simplemente en colocarse del lado contrario, allí donde la cotidianidad pierde el pie, para acertar a describir y denunciar lo injusto de precisamente eso que damos por normal, por tradicional, por seguro, por masculinamente natural. Se diría que, en su perfecta frialdad bajo cero, Rose, (la propia película exactamente igual que el personaje) vive y sobrevive en la pantalla extrañada de sí misma. Y ahí, en efecto, el director consigue su mayor logro hasta la fecha. La película que hace la número tres a tres grados bajo cero. Todo encaja.

El director turco Emin Alper en la presentación de Salvation.
El director turco Emin Alper en la presentación de Salvation.FABIAN SOMMEREFE

Lo que quedó de la sección oficial se atuvo, ya se ha dicho, al guion helado de la jornada debidamente helada. Tanto Salvation, del turco Emin Alper, como Dust (polvo), de la belga Anke Blondé, se antojan cada uno a su modo dos brillantes ejemplos de cine que en su rigor casi perfeccionista se olvida de algo que, sin duda, importa: el calor que desprende la humanidad. En el primer caso, el director de películas tan vibrantes y políticas como Frenzy (2015) y Un cuento de tres hermanas (2019) propone casi una fábula en un pueblo remoto partido en dos donde el regreso de un clan exiliado desencadena una disputa visceral por la propiedad de las tierras. El que quiera ver una metáfora de Israel, Gaza y alrededores puede que incluso que acierte.

La película avanza muy pendiente de un programa con la intención de dejar claro que el fanatismo religioso no es el mejor modo de entenderse y que la violencia, la imposición o el desprecio como herramientas de diálogo ajustan fatal. Alper desarrolla su credo con un convencimiento y contundencia a la altura de un rigor y destreza fuera de dudas. El relato preciso y duro de lo que sucede se alterna con la inclusión de unas escenas oníricas que anuncian el desastre que se avecina. Y es ahí, en la premonición de la catástrofe que se abre camino, donde Salvation se antoja tan vibrante como un thriller vibrante. El problema, que lo hay, es la falta de confianza en el espectador que el director demuestra por momentos con ese empeño en la repetición, los subrayados y los gestos demasiado solemnes. En cualquier caso, y pese a la frialdad del plan, una película notable, sin duda.

El problema de Dust es el contrario si se quiere. Anke Blondé confía en la mirada del espectador de manera tan entregada que le propone las piezas de un puzle para que sea él el que lo monte. Pero sin abandonarle, llevándole siempre de la mano de forma algo más que solo brillante. Es decir, muy inteligentemente. Dos amigos y empresarios que se dedican básicamente a estafar con la creación de una red de empresas fantasmas (signifique esto lo que signifique) son descubiertos. El periodista que les investiga les anuncia que en apenas 12 horas todo saldrá a la luz. Y ese es el tiempo que tienen para huir, destruir pruebas, traicionarse uno al otro, esconder el efectivo de que aún disponen o todo a la vez.

Como el mecanismo de un reloj (o una bomba de relojería, mejor) o como Muerto al llegar, Dust avanza hacia su destino, que básicamente es fatal. O fatalista incluso. Blondé somete a la audiencia a una dulce tortura que igual remite al absurdo de esto que llamamos vida que a la impostura del capitalismo financiero que a una forma de entender el cine como vibración en la misma piel. ¿Cuál es el problema entonces? Otra vez, la frialdad. Si la directora hubiera conseguido humanizar a sus personajes, hacer que nos importara su suerte, la película sería irrefutable. Lo intenta e intercala un par de escenas familiares para que veamos que incluso los monstruos cuando se sienten solos comen pan, pero se antoja insuficiente. Sin empatía por el que sufre, no hay sufrimiento. Y sin un poco de sufrimiento, uno acaba por mirar el reloj a ver cuándo se anuncia el resultado y si hay o no prórroga. Lo dicho, hace frío.

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