<p>¿Vamos camino de una nueva <i>guerra de los petroleros</i>, como la que enfrentó a <strong>Irán, Irak y Estados Unidos</strong> entre 1981 y 1988? En los casi siete años que duró la guerra entre Teherán y Bagdad, ambos países atacaron a unos 450 buques-tanque. De ellos, alrededor del 15% se hundieron.</p>
En los casi siete años que duró la guerra entre Teherán y Bagdad, ambos países atacaron a unos 450 buques-tanque
¿Vamos camino de una nueva guerra de los petroleros, como la que enfrentó a Irán, Irak y Estados Unidos entre 1981 y 1988? En los casi siete años que duró la guerra entre Teherán y Bagdad, ambos países atacaron a unos 450 buques-tanque. De ellos, alrededor del 15% se hundieron.
Uno era español, el Barcelona. Se hundió cuando le alcanzaron dos misiles de fabricación francesa Exocet mientras cargaba petróleo en la terminal iraní de Larak, en el Estrecho de Ormuz, en mayo de 1988. Murieron cuatro españoles.
Irak fue el mayor culpable de esas acciones. Pero, en un signo de la enrevesada política de Oriente Próximo, todos los países del Golfo le apoyaron. Cuando en 1987 Irán logró cerrar la salida al mar de ese país, y las guerrillas kurdas – apoyadas por Irán, por aquello de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo– de ese país cerraron el único oleoducto por el que el régimen de Sadam Husein podía exportar su crudo, Irak se quedó al borde del colapso económico.
La solución fue exportar petróleo a través de Kuwait. Irán, entonces, empezó a atacar las refinerías y los petroleros de Kuwait y de otros países del Golfo, en especial Arabia Saudí. Eso a su vez hizo que nueve barcos kuwaitíes pasaran a llevar bandera estadounidense y otros tres, soviética. Las Marinas de ambos países les escoltaron, lo que desencadenó una serie de batallas navales entre Washington y Teherán que culminaron con el derribo, por el crucero Vicennes, de un avión de pasajeros iraní en julio de 1988 y la muerte de las 290 personas que iban a bordo. Después de eso, Irán e Irak alcanzaron un alto al fuego permanente.
La sucesión de ataques, contraataques y alianzas forzadas de hace cuatro décadas recuerda algo a la situación actual. En los 80, el Irak de Sadam Husein era un país alineado con la URSS, que no tenía al islam como religión oficial. Aun así, ante el temor a un Irán chií, le apoyaron todas las petromonarquías fundamentalistas del Golfo, más Reino Unido y EEUU. También se sumó Francia, pero más que nada para vender armas.
Ahora, los ataques de Irán a los petroleros y la infraestructura, así como su cierre del Estrecho de Ormuz (algo que también hacía en los 80, pero sólo por uno o dos días) han puesto a las petromonarquías -ahora, menos religiosas, cercanas a Israel e interesadas en ser centros económicos y políticos globales- en la situación que nunca quisieron: apoyar activamente un ataque de EEUU y del Estado judío a Irán. Lo mismo le ha sucedido a los tres principales países europeos, Alemania, Reino Unido, y Francia. Trump, que hace seis semanas dijo que «la OTAN nunca ha hecho nada por Estados Unidos», está pidiendo ayuda a los países de la Alianza mientras utiliza sus bases para seguir aumentando la fuerza con la que bombardear Irán.
Lo más curioso de la guerra de los petroleros y de la destrucción de la infraestructura de Irán e Irak es que tuvo un impacto muy limitado en el precio. En realidad, sólo aumentó la volatilidad del crudo. De hecho, en mitad del conflicto, en 1986, Arabia Saudí abrió las espitas de la producción y exportación de crudo. Inmediatamente, el precio del barril se desplomó hasta los 12 dólares. Era menos de una tercera parte de lo que había alcanzado en 1981, cuando el mercado estaba bajo el triple shock de una OPEP cohesionada, la invasión soviética de Afganistán, y la de Irán por Irak, que, encima, se produjo en la principal zona de producción petrolera de ese país y con una sucesión de bombardeos devastadores sobre la que entonces era la segunda mayor refinería del mundo, la de Abadan.
Ahora, el mercado petrolero parece vivir una secuela de aquello, pero a una escala mucho mayor y con mucha más tecnología. En sus momentos de mayor intensidad, la guerra entre Irán e Irak apenas elevaba el precio del barril entre un 12% y un 14%. Es una cifra considerable. Pero no catastrófica. Desde enero, el precio del petróleo Brent, que se usa como referencia en Europa, ha subido un 30%, con casi la mitad de esa alza en los últimos seis días, a medida que Irán ha sido machacado por Israel y Estados Unidos, y ha ido respondiendo con el ataque a las petromonarquías.
Pero, por ahora, el mercado del petróleo está relativamente tranquilo. El banco británico HSBC estima que precio podría mantenerse en este nivel si el cierre de Ormuz se prolonga durante un mes, que es, exactamente, las «cuatro o cinco semanas» que Donald Trump ha anunciado que duraría la guerra. Es, como todo en una situación de crisis, una apuesta. No solo basta con que el estrecho se abra. También hace falta que Arabia Saudí siga desviando parte de su producción al Mar Rojo, fuera del alcance de Irán, y que los hutíes de esa zona, aliados de Teherán, no intervengan para cerrar esa vía alternativa. Y que las instalaciones de refino y exportación no sufran daños graves. Como decía ayer un analista de riesgo político de la City de Londres: «Por ahora, el juego es tratar de aguantar».
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