Tamás Dombos, activista gay húngaro: «Hungría no es un país uniformemente homófobo; es un país donde el poder ha decidido usar esos prejuicios»

<p><strong>Tamás Dombos</strong>, dirigente de <strong>Hatter Society</strong>, la organización LGTB más antigua de Hungría, sabe que su colectivo está en la mirilla de la campaña electoral. Pero, por primera vez en sus 16 años en el poder, el primer ministro, <a href=»https://www.elmundo.es/e/vi/viktor-orban.html» target=»_blank»><strong>Viktor Orban</strong></a>, también lo está, con encuestas adversas. <strong>»Ha confundido indiferencia con apoyo a la represión»</strong>, explica este activista en Budapest, una ciudad donde los gays no son populares, pero Orban ya tampoco lo es.</p>

Seguir leyendo

 El dirigente de Hatter Society, la organización más antigua de su país, analiza cómo el primer ministro ha usado la familia, la guerra cultural y el control institucional para afianzarse en el poder  

Tamás Dombos, dirigente de Hatter Society, la organización LGTB más antigua de Hungría, sabe que su colectivo está en la mirilla de la campaña electoral. Pero, por primera vez en sus 16 años en el poder, el primer ministro, Viktor Orban, también lo está, con encuestas adversas. «Ha confundido indiferencia con apoyo a la represión», explica este activista en Budapest, una ciudad donde los gays no son populares, pero Orban ya tampoco lo es.

Cree que, para entender de verdad a Orban, no basta con mirar el frente cultural. Hay que mirar la maquinaria entera. «No creo que Orban sea, ante todo, un político ideológico. Me parece más bien un estratega del poder. Si uno recorre su trayectoria, ve a alguien que empezó en el campo liberal, que luego se desplazó al conservadurismo, que estuvo en una familia política europea y después salió de ella. No da la impresión de ser una persona movida por convicciones firmes e inmutables, sino alguien extraordinariamente hábil para detectar qué posición le conviene en cada momento para seguir gobernando«.

Por eso sitúa el deterioro de los derechos LGTB en Hungría dentro de un marco político que recuerda a lo ocurrido en Rusia: un sistema que, bajo Orban, fue cerrándose sobre sí mismo hasta convertir casi cualquier asunto sensible en una herramienta de poder.

Según Dombos, esa es la clave de su longevidad en el cargo: «Orban está convencido de que él debe gobernar Hungría, de que es el mejor para hacerlo y, desde esa convicción, se permite casi cualquier maniobra». Por eso «cambia de discurso con enorme facilidad, no sólo a lo largo de décadas, sino a veces de una semana a otra, según lo que resulte políticamente útil». Orban «es un populista en el sentido más instrumental del término: sigue la opinión pública, la mide obsesivamente, invierte muchísimo dinero en encuestas, grupos focales, estudios, y ajusta su mensaje a partir de ahí. Su política no parte de principios estables, sino de la pregunta más pragmática de todas: qué me mantiene en el poder».

Ese cálculo, añade, se volvió un sistema estatal cuando Fidesz obtuvo la supermayoría en 2010. «Con dos tercios del Parlamento pudo cambiar la Constitución, rediseñar el sistema electoral, alterar el equilibrio institucional y colocar a personas políticamente leales en posiciones decisivas: tribunales, fiscalización, policía, órganos de garantía y administración. Durante años fue construyendo una estructura muy eficaz en la que todo converge hacia él».

En su discreta oficina, cerca del centro de Budapest, rodeado de libros y con la vista puesta en las elecciones de este domingo, Dombos usa una imagen muy gráfica para describir el orbanismo: «Es como una araña en el centro de la tela. Todo pasa por él, todo depende de él, y eso acaba produciendo un efecto perverso: deja de recibir retroalimentación real». No es porque no haya errores, «sino porque el sistema entero está organizado para complacerle«.

Ahí es donde ve el comienzo de la erosión del régimen. «Hungría atraviesa una situación económica mala: inflación alta, falta de crecimiento, deterioro de servicios públicos, agotamiento del modelo económico». A eso se sumaron escándalos políticos graves, «como el indulto relacionado con un colaborador de un delincuente pedófilo, que produjo una conmoción social muy fuerte». Y, además, apareció «una nueva oposición que, a diferencia de las anteriores, parece haber entendido mejor cómo desafiar a Orban».

Sobre el partido Tisza, que lidera el opositor Péter Magyar, Dombos habla con cautela, pero reconoce su eficacia. «Es una formación sin una historia larga detrás, y eso le ha permitido presentarse como algo nuevo». Además, «su líder conoce bien el funcionamiento interno del sistema y ha sabido construir una voz creíble para mucha gente desencantada». Eso ha hecho que «una parte creciente de la sociedad vuelva a pensar que un cambio es posible incluso por la vía electoral».

Sin embargo, Magyar ofrece también algunas sombras. «Desde el punto de vista de los derechos y libertades, y especialmente en lo relativo a la comunidad LGTB, seguimos sin saber mucho. Ha defendido la libertad de reunión y ha usado un lenguaje bastante inclusivo, diciendo que quiere un país donde no importe a quién amas o qué piensas. Pero no ha dicho con claridad si derogará la legislación restrictiva aprobada por Orban». Esa ambigüedad genera inquietud.

Dombos rechaza, además, una imagen demasiado simple de Hungría como bloque homogéneo y reaccionario. «Es cierto que la sociedad húngara es más conservadora que la española o que muchas sociedades de Europa occidental», y también es cierto que «hay prejuicios, hay hostilidad en una parte del electorado, y Fidesz ha sabido movilizar precisamente a ese segmento: población mayor, menos formada, muy dependiente de medios progubernamentales, especialmente en entornos rurales». Pero eso no significa «que toda Hungría sea anti LGTB, ni mucho menos; lo que pasa es que el país está polarizado: hay una parte muy favorable a la igualdad y otra claramente hostil. Orban no inventó desde cero ese malestar, pero sí aprendió a explotarlo políticamente».

Dombos cree que lo ocurrido en Hungría con los gays es el caso de una minoría convertida en chivo expiatorio dentro de una estrategia de control más amplia. «Creo que uno de sus errores recientes ha sido sobreestimar hasta qué punto la sociedad húngara quería acompañarle en esa deriva. Mucha gente puede no identificarse con el Orgullo, puede no sentirlo como algo propio, pero de ahí no se puede concluir que quiera prohibirlo». Cree que Orban «ha confundido indiferencia con apoyo a la represión, y no es lo mismo». Porque, al fin y al cabo, «Hungría no es un país uniformemente homófobo o transfóbico; es un país donde el poder ha decidido usar esos miedos y esos prejuicios como instrumento».

 Internacional

De interes