<p>Parodia satírica. Así se presenta <i><strong>Torrente Presidente</strong></i> en los títulos de crédito y cuesta llevarle la contraria. <strong>Es parodia por la desfachatez con la que transforma lo presuntamente sublime en solo ridículo</strong>, y es sátira por entretenida, exagerada y ligeramente moralizante (aunque no tanto). Pero más allá de definiciones autoimpuestas, la sexta entrega del ex policía de palillo en boca protagonizado por <strong>Santiago Segura</strong>, que nació al mundo en el ya lejano 1998, se antoja por encima de todo un acierto. Hasta la fecha, entrega a entrega, y por resumirlo mucho, <strong>Torrente </strong>ha vivido entre la obligación de explotar un estereotipo básico y se diría que inmortal (el del espíritu nacional con churretes de grasa) y la urgencia de hacer coincidir el cliché carpetovetónico con un episodio coyuntural de ésos que configuran lo que, a falta de una definición mejor, llamamos realidad. Sea en Marbella como epítome de todo lo hortera o en Eurovegas como ejemplo estrafalario de lo desmedidamente corrupto, nuestro héroe más que leer la actualidad española se ha ido rebozando en ella cual puerco en el barro. <strong>En sus manos la comedia ha adquirido desde la primera entrega un nuevo espesor, casi costra, donde el humor se renovaba de la mano de la exaltación consciente de lo políticamente incorrecto sin renunciar a lo más tremendo y oscuro</strong> de los clásicos de la mano de W.C. Fields antes que de la ternura de Chaplin. Por lo demás, nunca fue Lubitsch, ni falta que le hizo.</p>
El regreso de Torrente 12 años después se salda con una sátira tan ocurrente y divertida como oportuna que desnuda hasta los huesos la impostura de la extrema derecha
Parodia satírica. Así se presenta Torrente Presidente en los títulos de crédito y cuesta llevarle la contraria. Es parodia por la desfachatez con la que transforma lo presuntamente sublime en solo ridículo, y es sátira por entretenida, exagerada y ligeramente moralizante (aunque no tanto). Pero más allá de definiciones autoimpuestas, la sexta entrega del ex policía de palillo en boca protagonizado por Santiago Segura, que nació al mundo en el ya lejano 1998, se antoja por encima de todo un acierto. Hasta la fecha, entrega a entrega, y por resumirlo mucho, Torrente ha vivido entre la obligación de explotar un estereotipo básico y se diría que inmortal (el del espíritu nacional con churretes de grasa) y la urgencia de hacer coincidir el cliché carpetovetónico con un episodio coyuntural de ésos que configuran lo que, a falta de una definición mejor, llamamos realidad. Sea en Marbella como epítome de todo lo hortera o en Eurovegas como ejemplo estrafalario de lo desmedidamente corrupto, nuestro héroe más que leer la actualidad española se ha ido rebozando en ella cual puerco en el barro. En sus manos la comedia ha adquirido desde la primera entrega un nuevo espesor, casi costra, donde el humor se renovaba de la mano de la exaltación consciente de lo políticamente incorrecto sin renunciar a lo más tremendo y oscuro de los clásicos de la mano de W.C. Fields antes que de la ternura de Chaplin. Por lo demás, nunca fue Lubitsch, ni falta que le hizo.
Esta vez, dos pasos más allá, Torrente sintoniza no solo con lo que sucede en ese rincón de Europa llamado España sino con el universo en toda su amplitud. Lo rancio, lo reaccionario o lo cutre ha dejado de ser un rasgo escondido en las barras de zinc de los bares ibéricos para dar el salto a los palacios más grandes y dorados, a la Casa Blanca incluso. De repente, Torrente ya no es un fenómeno local sino materia crítica y universal. Lo que antes producía carcajadas algo condescendientes por tratarse únicamente de un tipo sucio y marginal, ahora provoca un ligero espasmo cerca del nerviosismo porque el mejor alumno de Torrente, quién lo iba a decir, cuenta con su propio partido político histórico y, atentos, gobierna el mundo. Y lo hace con un léxico limitadísimo, con unos colaboradores incompetentes, con ocurrencias muy básicas y con una idea de las relaciones internacionales reducidas a un bombardeo (éste completamente real) tras otro. Digamos que es sobre esta intuición, con rango ya de ley irrefutable, sobre la que se levanta la nueva aventura del ex policía que sigue siendo español, fascista, machista, racista, alcohólico, del Atleti y, ahora, como consecuencia necesaria de todo lo anterior, de un partido llamado NOX demasiado parecido a otro que atiende a la segunda persona del plural.
La película cuenta simplemente el encuentro casi necesario entre lo español en su versión más rupestre, paródica y satírica que representa Torrente con lo español —igual de rupestre, paródico y satírico—, pero de marca, desacomplejado y bien alimentado. El partido de marras encuentra en el personaje exagerado del ex agente al ciudadano de a pie que necesita para vender su mercancía averiada entre, en efecto, los ciudadanos de a pie. Nótese, y aquí otra memorable intuición de la película, que lo que para uno es su forma de ser sin más como destilado de sus circunstancias, para los otros se trata simplemente de una herramienta más para hacerse (o seguir, según se mire) con el poder. Con lo que no cuenta el partido es con que Torrente, además de todo lo que ya es, también es un agente del caos. Y así hasta que el hombre se haga con los mandos de la más disparatada de las maneras.
Todo el primer acto de la película mezcla material nuevo con llamadas a la nostalgia de otras entregas con soltura, habilidad y mucha gracia. Torrente Presidente es de entrada un ocurrente artefacto en la misma medida que un reencuentro. Y por ahí desfilan todos y cada uno de los que tuvieron algo que ver con la saga en sus casi 30 años de vida. Por momentos, se trata no tanto de una película como de una celebración; la celebración, si se quiere, de un sacrificio. Pese a nuestro paganismo confeso, sabemos que en cada eucaristía se hace presente la autoinmolación de Cristo a cuenta de los pecados de todos nosotros, que ya son. Pues bien, y sin ánimo de estirar la metáfora hasta más allá del sacrilegio, Torrente vuelve y se sacrifica de forma ritual para recordarnos quiénes somos, quién es España y hasta qué punto estamos equivocados. Y, eso, de alguna manera, nos libera.
Las nuevas incorporaciones no todas están bien, pero una en concreto es todo un acierto. No diremos cuál por aquello de no reventar más de lo necesario. Y por ahí vemos a Ramón Langa como Jacobo Carrascal a alguien que también nos callaremos como Pedro Vilches (éste presidente de facto), a Pudimos, a un partido émulo del PP gobernado con mano de hierro por una mujer… y así. Forma parte de la eucaristía, que decíamos, la sorpresa. Bien es cierto que el segundo acto decae en el esfuerzo quizá innecesario de jugar a la película de acción que Torrente nunca fue. Y del mismo modo, irrita ese desfile de personajes de Atresmedia de principio a fin sin pausa ni decoro. Pero pronto todo lo anterior se compensa con un desenlace brillante y, lo más importante, global (de repente, España es el mundo) que evita con la misma soltura tanto el discurso blando de la antipolítica como el mucho más discutible de la moral sobrevenida. El traje que Torrente Presidentehace de la extrema derecha en cualquiera de sus formas y a sus socios de la tecnoligarquía es tan tremendo que llama mucho la atención que personajes muy cercanos a esa misma derecha extrema se hayan prestado a salir en la película. La ironía es así.
Lo que queda por tanto es tan sublime que se diría completamente ridículo. Y al revés. Parodia satírica o, de otro modo, Santiago Segura ha cantado bingo.
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Dirección: Santiago Segura. Intérpretes: Gabino Diego, Ramón Langa, Carlos Areces, Francisco Nicolás. Duración: 102 minutos. Nacionalidad: España claro.
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