Un tatuaje bonito

<p>El éxito de<i> Los Pecadores</i> nos ha hecho acordarnos de otros vampiros: los de <i>Abierto hasta el amanecer</i>, la película de <strong>Robert Rodríguez</strong> y <strong>Quentin Tarantino</strong> que se estrenó en España hace 30 años. <i>Abierto</i> estableció a <strong>Salma Hayek</strong> (y a su pitón albina) como icono erótico y a <strong>George Clooney</strong> como estrella de cine. Él, hasta entonces un galán televisivo «blandito», aparece con un tatuaje tribal que recorre su brazo y avanza hacia arriba, colonizando el cuello. </p>

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 La desactivación ideológica del tatuaje ha sido un proceso relativamente corto: en 1996 el tatuaje de George Clooney en ‘Abierto hasta el amanecer’ ayudó a mostrarle como un golfo carismático y peligroso. Hoy nadie hablaría de ese tribal  

El éxito de Los Pecadores nos ha hecho acordarnos de otros vampiros: los de Abierto hasta el amanecer, la película de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino que se estrenó en España hace 30 años. Abierto estableció a Salma Hayek (y a su pitón albina) como icono erótico y a George Clooney como estrella de cine. Él, hasta entonces un galán televisivo «blandito», aparece con un tatuaje tribal que recorre su brazo y avanza hacia arriba, colonizando el cuello.

Aquella caracterización ayudó a vender a Clooney como golfo carismático y peligroso. En 1996, alguien con semejante pinta era necesariamente un ser en los márgenes. El dependiente que hoy mismo me ha vendido unas gafas caras estaba muchísimo más tatuado. Y no era ni mucho menos un ser fronterizo.

Pablo Cerezo comienza su ensayo El cuerpo enunciado (Siglo veintiuno editores) con una imagen impensable hace 30 años: David Beckham, tatuadísimo, anunciando precisamente gafas en un póster de una óptica pija. Beckham es lo más lejano posible a un marginado. Tampoco es un rebelde, como los tatuados del rock y el punk de los setenta y ochenta. Ni un transgresor, como Jean Paul Gaultier.

Pocos años antes de Abierto hasta el amanecer, el diseñador francés dedicó un desfile entero a la subcultura del tatuaje y el piercing. Gaultier, integrado en el sistema pero rebelde por naturaleza, propuso cuerpos tatuados y perforados, algunos realmente y otros a través de trampantojos. Hasta cierto punto, eso era esperable de un creador tan provocador como él. Lo inesperado fue que la modelo Eve Salvail, su musa, luciese su cráneo rapado y tatuado también en la burguesa pasarela de Chanel, la marca de las señoras bien, señoras fetén.

Hoy, modelos con mucha más tinta en el cuerpo son más que habituales. La desactivación ideológica del tatuaje ha sido un proceso relativamente corto: apenas recuerdo a algún compañero de universidad tatuado y diría que entre los universitarios actuales el tatuaje es más común que el carnet de conducir. Ya ni la cara, hasta hace poco intatuable por definición (es decir: por tabú absoluto), es sagrada. Dibujos faciales llevan desde los entrenadores de mi gimnasio a Quannah Chasinghorse, maniquí nacida en Alaska que ha trabajado para firmas tan señoriales como Ralph Lauren, Chloé o, efectivamente, Chanel. Los tatuajes faciales de Chasinghorse son, como explica El cuerpo enunciado con otros ejemplos, tradicionales símbolos de pertenencia a su pueblo nativo. Pero, si ella lo eligiese, podrían tener solo un significado personal, o ninguno en absoluto. Nadie fliparía hoy con los cuerpos dibujadísimos de Michael Scofield (Wentworth Miller) en Prison Break o Francis Dolarhyde (Ralph Fiennes) en El dragón rojo.

Ver Abierto hasta el amanecer en 2026 es una experiencia interesante. Es una película antigua en muchos aspectos. Hoy casi nada de lo que hicieron Rodríguez y Tarantino llamaría la atención. Y del tatuaje de Clooney ni hablaríamos. O, peor aún, diríamos que es «bonito».

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