Cultura cautiva

Hubo una época no tan lejana en la que todo era campo y la polémica que hacía arder las redes era si tenía puertas o no. Sí, antes de que Internet estuviese llena de tibios, basados, fachas y zurdos el asunto que hacía arder las redes era ¡los derechos de autor! La batalla entre los defensores del copyright y los guerreros de la cultura libre fue épica, vertiginosa. Pero el tiempo no le ha hecho ningún favor. Los gobiernos y las industrias que entonces defendían la propiedad intelectual como si fuese un templo sagrado han permitido que ningún autor vivo sea consultado antes de que una empresa privada convierta su obra en pienso para la IA. El activismo internauta, que prometía una nueva era sin intermediarios entre los artistas y su público, se desinfló con el aterrizaje de, precisamente, el intermediario definitivo: las plataformas de streaming, operadas por las multinacionales de siempre, que generan un contenido más homegéneo y convencional que nunca mientras la producción independiente y las voces disonantes languidecen atrapadas en el laberinto logarítmico.

 El activismo internauta prometía una nueva era sin intermediarios entre artistas y público y se desinfló con el aterrizaje del intermediario definitivo: el ‘streaming’  

Hubo una época no tan lejana en la que todo era campo y la polémica que hacía arder las redes era si tenía puertas o no. Sí, antes de que Internet estuviese llena de tibios, basados, fachas y zurdos el asunto que hacía arder las redes era ¡los derechos de autor! La batalla entre los defensores del copyright y los guerreros de la cultura libre fue épica, vertiginosa. Pero el tiempo no le ha hecho ningún favor. Los gobiernos y las industrias que entonces defendían la propiedad intelectual como si fuese un templo sagrado han permitido que ningún autor vivo sea consultado antes de que una empresa privada convierta su obra en pienso para la IA. El activismo internauta, que prometía una nueva era sin intermediarios entre los artistas y su público, se desinfló con el aterrizaje de, precisamente, el intermediario definitivo: las plataformas de streaming, operadas por las multinacionales de siempre, que generan un contenido más homegéneo y convencional que nunca mientras la producción independiente y las voces disonantes languidecen atrapadas en el laberinto logarítmico.

En realidad los gurús del P2P nunca cuestionaron la omnipresencia de lo mainstream en sus redes, que tantas webs hicieran negocio compartiendo enlaces a películas y series comerciales de reciente estreno. O sea, que se siguiese consumiendo en masa los productos convencionales de la misma industria que se quería derrotar. La tecnología podrá hacer que la cultura sea más barata o más cómoda, pero jamás podrá ser libre si nosotros no lo somos. Ahí entra Feo (es un apodo), que en el 2018 se dio cuenta de que Internet estaba desperdiciando la oportunidad de transmitir el amor y el interés por el cine más allá de la cinefilia convencional heredada, de las noticias de actualidad, de las polémicas efímeras, de las taquillas, de los festivales. Que es posible hacer una labor de divulgación sin leer los titulares del día, que es posible hacer crecer a tus seguidores y ayudarles a ser curiosos y osados y construir una comunidad de espectadores capaces de abrazar el cine en toda su riqueza y diversidad a lo largo del globo y a través de los años. Abrió el canal La Filmoteca Maldita, un contenedor de ensayos y charlas cuyo futuro podría interrumpirse por la demencial situación que atraviesa Feo. Ha sido llevado a juicio por EGEDA, la entidad de gestión de derechos audiovisuales presidida por Enrique Cerezo, por compartir enlaces a películas descatalogadas, de culto y mal distribuidas a través de la web Zoowoman, sin ánimo de lucro. Han solicitado dos años y medio de prisión y más de 800.000 euros de indemnización. Un castigo tan abrumador que podríamos interpretarlo como un aviso a navegantes si no fuera porque ¡nadie más lo hace!

La cultura libre es un debate que lleva diez años muerto y enterrado. Si esto no lo resucita, nada lo hará.

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