La conquista híbrida de Groenlandia ya está en marcha

Una ciudad libre en algún lugar de Groenlandia, que se rija por sus propias leyes y no dependa de ningún estado. Habitada por hasta un millón de personas y alimentada por energía nuclear. Es la utopía, o distopía, según se mire, que vislumbran tecnobillonarios cercanos al entorno de Donald Trump. Una visión ciertamente fantasiosa, pero que podría ser la estación término de un proceso, el intento de toma híbrida de la isla ártica por parte de Estados Unidos, que ya se encuentra en marcha.

 Estados Unidos refuerza su influencia en la isla mediante inversiones, diplomacia, presencia militar e iniciativas tecnobillonarias para convertirla en «un proyecto transatlántico» que le garantice su control  

Una ciudad libre en algún lugar de Groenlandia, que se rija por sus propias leyes y no dependa de ningún estado. Habitada por hasta un millón de personas y alimentada por energía nuclear. Es la utopía, o distopía, según se mire, que vislumbran tecnobillonarios cercanos al entorno de Donald Trump. Una visión ciertamente fantasiosa, pero que podría ser la estación término de un proceso, el intento de toma híbrida de la isla ártica por parte de Estados Unidos, que ya se encuentra en marcha.

Más allá de las altisonantes proclamas anexionistas de Trump, de sus mensajes en redes como ese reciente «Hello Greenland« en que, como si fuese Godzilla, un cabezón gigante del presidente republicano se cierne amenazante sobre una supuesta población groenlandesa, Estados Unidos lleva tiempo ampliando su control e influencia en el tejido económico, energético y militar. De una forma que, como observan expertos daneses y estadounidenses, bien podría acabar dándole un dominio efectivo y neocolonial de Groenlandia, sin necesidad real de convertirla en su estado número 51 o de alterar su status actual de territorio autónomo bajo administración de Dinamarca.

El poderoso think tank conservador Heritage Foundation, considerado en estos momentos como el más influyente de Washington debido a su cercanía con Trump, habla ya de convertir la isla en «un proyecto transatlántico occidental», una «Greenland Corporation» que frene la expansión china y reporte beneficios tanto a Estados Unidos como a Dinamarca y el resto de la UE. Todo ello con el llamativo detalle de que la Heritage Foundation estima que la anexión no hace ninguna falta.

Billy Adamsen, investigador de medios de la Universidad de Copenhague y ex asesor personal de Poul Nyrup Rasmussen, primer ministro socialdemócrata danés entre 1993 y 2001, indicaba en una tribuna publicada en mayo en el diario Jyllands-Posten que Washington está reforzando metódicamente su dominio, de manera discreta pero constante, a través de inversiones, diplomacia y presencia militar: «Estados Unidos está en Groenlandia. La conquista ya está en marcha».

Adamsen apuntaba que los estadounidenses no necesitan una confrontación directa o una anexión formal de la isla. La toma se produce de forma gradual mediante el establecimiento progresivo de lazos cada vez más fuertes entre Estados Unidos y Groenlandia. Una evolución que, con el tiempo, resultará casi imposible de revertir.

Para Adamsen, un aspecto clave es el deseo de abrir más bases militares aparte de la de Pituffik, situada en el noroeste. Según han informado fuentes del Pentágono, Washington y Copenhague negocian construir tres más. «Tres bases no son una ocupación de Groenlandia, pero pueden ser el anclaje estructural que facilite el establecimiento de vínculos posteriores y haga más difícil una marcha atrás», advertía en la tribuna.

Fundada en 1973, la Heritage Foundation ha ejercido una enorme influencia en los dos mandatos de Trump, elaborando el polémico Proyecto 2025, un plan integral sobre cómo se puede reorganizar el Estado y fortalecer el poder presidencial. Trump dice no haberlo leído, pero gran parte de sus políticas parecen calcadas del documento. Entre otros asuntos, este think tank asesora al Departamento de Estado sobre ideas de desarrollo para la isla ártica.

Este mismo mes, apenas un par de días antes de que Trump manifestase que Estados Unidos debe tener «control operativo» sobre Groenlandia a más tardar en enero de 2029 (cuando acaba su mandato), Paul McCarthy, investigador principal de la Heritage Foundation en política europea y exterior, con responsabilidad especial en Groenlandia, presentó para la cadena pública danesa DR las recomendaciones de la fundación para el futuro de la isla.

«Mi consejo para los líderes europeos es que olviden las reacciones emocionales hacia Trump, que se sienten a negociar y que vean cuánto pueden obtener de esta colaboración. La exigencia estadounidense sobre Groenlandia no va a desaparecer y Estados Unidos tiene mucho que ofrecer«, señaló.

«En este momento, Groenlandia está en la práctica expuesta a la influencia de regímenes muy desagradables como son los de China y Rusia», añadió. «Tenemos que cambiar esa dinámica a largo plazo. No se trata sólo de bases militares. También se trata de crear una economía más fuerte con más inversiones en Groenlandia».

Aquí es donde surge el concepto «Greenland Corporation», es decir, la isla como un proyecto empresarial a explotar por Estados Unidos y sus aliados occidentales. «Lo que necesitamos es desarrollo», afirmó McCarthy. «Existen modelos que pueden llevarnos hasta allí. Por ejemplo, estructuras corporativas, quizá fondos soberanos de inversión, donde los gobiernos y el capital privado formen asociaciones para invertir a largo plazo en Groenlandia. Porque, si esperamos, China se convertirá en el inversor dominante«.

«Por eso, mi mensaje para Copenhague es: pongámonos a trabajar», prosiguió. «El objetivo debe ser que Groenlandia se convierta en un proyecto transatlántico occidental, no en un proyecto chino«. McCarthy insistió en que el futuro de la isla se desarrollará bajo los términos que decida Washington: «En el futuro, Groenlandia será en todo caso un proyecto conjunto, independientemente de quién tenga la soberanía o el control formal. Si sigue en manos de Dinamarca, que es lo más probable, estará bien, pero la dinámica ha cambiado».

Un niño groenlandés sostiene un cartel 'anti-Trump', en Nuuk, en enero.
Un niño groenlandés sostiene un cartel ‘anti-Trump’, en Nuuk, en enero.ALBERTO DI LOLLI

Aquí llama la atención que la Heritage Foundation, pese a su proximidad a Trump, descarta la anexión. Según McCarthy, no hace ninguna falta: «Es absurdo. No necesitamos más estados en Estados Unidos. De todos modos, el Congreso difícilmente lo aprobaría. Desde nuestra perspectiva, no tenemos ningún problema con que Groenlandia siga siendo parte del Reino de Dinamarca. Lo crucial es que Dinamarca y, en un sentido más amplio, Europa, inviertan junto con Washington mucho más en el desarrollo de Groenlandia».

Estados Unidos, de hecho, lleva años reforzando su presencia en la isla. En 2020, reabrió su consulado en la capital, Nuuk, tras 70 años de ausencia. El pasado mayo lo trasladó de una casa de modestas dimensiones en el puerto a un edificio de tres pisos y 3.000 metros cuadrados en el centro de la ciudad. Su principal función ahora es servir de ayuda para la creciente actividad inversora estadounidense, tanto estatal como privada.

Precisamente ahí se detecta una considerable presencia -en la minería, el sector energético o en iniciativas de sostenibilidad- de tecnobillonarios de la más absoluta élite como Jeff Bezos, Bill Gates o Michael Bloomberg, o de magnates al uso tradicional como Ronald Lauder, heredero del imperio cosmético Estée Lauder y, según persistentes rumores, el hombre que inspiró a Trump la idea de anexionarse Groenlandia.

«Es importante recalcar que no son inversiones que persigan grandes resultados económicos, sino que están motivadas por un claro interés político«, indica Rasmus Sinding Søndergaard, investigador del DIIS (Instituto Danés de Estudios Internacionales) especializado en política exterior estadounidense y relaciones internacionales. «Primero, para mejorar su relación con Trump, que ha dejado muy claro que quiere hacerse con Groenlandia. Segundo, para influir en los responsables políticos groenlandeses en favor de Estados Unidos».

Marc Jacobsen, investigador de la Academia de Defensa de Dinamarca especializado en política internacional en el Ártico, observa una evolución reciente hacia un enfoque estadounidense más basado en la zanahoria que en el palo, con mucho mayor énfasis en las inversiones: «Desde el punto de vista de Groenlandia, se puede esperar que beneficien a la economía local, pero hay que tener en cuenta también que se trata sobre todo de inversiones estratégicas destinadas a promover los intereses de la Casa Blanca».

Otra organización política que trabaja sobre Groenlandia a la sombra de Trump es American Daybreak, fundada por otro billonario, el empresario Tom Dans. Su misión es reforzar la relación entre Estados Unidos y la isla. Eso sí, bajo la doctrina America First. Dans no oculta que el objetivo es «convertir a los groenlandeses en estadounidenses por su propia seguridad».

«Groenlandia tiene un enorme potencial sin explotar», declaró en su último viaje a Nuuk, en marzo de 2025. «Debería ser uno de los países más ricos del mundo. Tiene el potencial para serlo y, con el socio adecuado, podría lograrlo rápidamente. Estoy deseando ver lo que nos depara el futuro. Creo que será muy prometedor para Estados Unidos, los groenlandeses y los daneses».

De modo que, vista la implicación de Washington y de la superélite empresarial trumpista, la idea de las ciudades libertarias (propiedad privada, criptomonedas y regulación mínima) en una Groenlandia neocolonial con que sueña la misteriosa compañía Praxis -fundada por Dryden Brown con financiación de Peter Thiel, confundador de PayPal y dueño de Palantir (la firma de software predilecta de la Casa Blanca)- quizá no sea tan estrafalaria como pudiera parecer. Al fin y al cabo, cuenta con la bendición de Trump y de toda su cohorte de tecnobillonarios.

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