Mantenía Edward N. Lorenz, matemático y meteorólogo, que en dos mundos idénticos algo tan en principio fútil como el aleteo de una mariposa puede marcar la diferencia. Y de qué manera. Y no tanto por los tornados anunciados en la línea más célebre y repetida de la célebre y redundante teoría del caos, que también, como por su más elemental belleza. Algo bello, en efecto, lo cambia todo. En 1931, la Metro produjo una de esas películas recurrentes, sin pretensiones y plagadas de clichés condenadas al olvido. Pero con encanto, eso sí.Prohibido (Never the Twain Shall Meet), de W.S. Van Dyke, juntaba sobre la pantalla a una de las estrellas del momento, el actor británico de gesto elegante Leslie Howard (es decir, el inolvidable Ashley de Lo que el viento se llevó) y una recién llegada a Hollywood, o casi, desde España y que atendía al nombre de Conchita Montenegro.
La primera actriz española en triunfar en Hollywood fue también amante del actor y espía Leslie Howard, enviado por Churchill a convencer a Franco de que rechazara la exigencia de Hitler a sumarse a las potencias del Eje
Mantenía Edward N. Lorenz, matemático y meteorólogo, que en dos mundos idénticos algo tan en principio fútil como el aleteo de una mariposa puede marcar la diferencia. Y de qué manera. Y no tanto por los tornados anunciados en la línea más célebre y repetida de la célebre y redundante teoría del caos, que también, como por su más elemental belleza. Algo bello, en efecto, lo cambia todo. En 1931, la Metro produjo una de esas películas recurrentes, sin pretensiones y plagadas de clichés condenadas al olvido. Pero con encanto, eso sí.Prohibido (Never the Twain Shall Meet), de W.S. Van Dyke, juntaba sobre la pantalla a una de las estrellas del momento, el actor británico de gesto elegante Leslie Howard (es decir, el inolvidable Ashley de Lo que el viento se llevó) y una recién llegada a Hollywood, o casi, desde España y que atendía al nombre de Conchita Montenegro.
La película hablaba, como anuncia el título, de amores prohibidos, de pasiones interraciales, de alcohol, de sexo y de todo aquello que el código Hays no había cancelado aún. Contemplada desde hoy, Prohibido produce esencialmente ternura. Él es un rico y culto heredero blanco de San Francisco y ella, una joven salvaje de tez oscura de no queda claro qué isla paradisiaca y perdida en Polinesia. Dos mundos por fuerza distintos. Pero se aman. Se aman sin medida contra las convenciones, los tornados, las borracheras y el más mínimo sentido de eso llamado decoro. Y lo más relevante: se aman dentro y fuera de la pantalla. Por entonces, Howard contaba con 38 años y Montenegro con 20. Por entonces, su romance, dicen, fue piedra de escándalo. Por entonces y para siempre, la pasión entre ellos, como en la propia película, acabó por ser simplemente imposible. ¿Quien podría imaginar entonces que esa relación frustrada –o, en términos de Lorenz, aleteo de mariposa– podía ser responsable de que España no entrara en la Segunda Guerra Mundial? Veamos la loca cadena de causas y efectos.
Por empezar por el final, si uno pasea por la costa gallega a la altura del el mirador de Teixidelo no es difícil (aunque hay que buscar un poco) encontrar una placa que recuerda la muerte de Howard. El diminuto monumento carcomido por el óxido rememora al actor, pero sobre todo, al espía. Sí, el siempre lánguido intérprete encarnación noble y perfecta del perfecto y noble inglés fue en los tumultuosos albores de la Segunda Guerra Mundial un agente secreto, el más refinado de todos ellos. O eso dice la historia en su versión, quizá no más cierta, pero sí más bella. Que es lo que importa. En 1943, cuentan, llegó a España con una misión muy particular. El mismísimo Winston Churchill le encomendaría reunirse con el dictador Franco —el mismo que pocos meses antes se había encontrado en Hendaya con Hitler— para que desistiera, o se pensara al menos, la idea tan querida por el cuñado del tirano, arquitecto del régimen y promotor de la División Azul Ramón Serrano Suñer de unirse a las potencias del Eje. ¿Y por qué él? ¿Acaso la afición al cine del guionista de Raza podría abrirle alguna puerta? Y aquí, de nuevo, el aleteo de la mariposa.
Por entonces, aquella amante de otros tiempos prohibidos, la rutilante Conchita Montenegro, se esforzaba en el que sería el ocaso de su carrera y ya estaba prometida con Ricardo Giménez-Arnau, el hombre que acabada la Guerra Civil ejerció como jefe del Servicio Exterior de Falange desde las más altas cúpulas del poder represor franquista. Hablamos del inicio de la Segunda Guerra Mundial y del expansionismo nazi por Europa. El gerifalte y la artista acabarían casados poco después en segundas nupcias, que se decía entonces, y se antoja imposible no imaginar cuánto pudo influir en esta decisión el trágico fin de Howard. De aquel reencuentro entre el galán de Hollywood y Montenegro hay fotos, imágenes dolorosamente alegres y desvergonzadas en los salones del Ritz en un Madrid esencialmente hambriento, arrasado y con un profundo olor a naftalina, zotal y muerte. De otro modo, con toda probabilidad la actriz fue la clave y, quién sabe si apurando la cadena de causas y consecuencias, la responsable de que finalmente la España empobrecida hasta la exasperación de entonces no se embarcara en la locura de una segunda guerra. No es la explicación más fiable, ni la más científica, ni siquiera plausible, pero sí, otra vez, la de más encanto. El avión del actor fue derribado en la costa cedeiresa por un escuadrón de junkers 88 de la Lutfwaffe pereciendo en el mar los 17 ocupantes. Ocurrió en 1 de junio de 1943. Lo dice la placa que señala el sitio del desastre y lo repite el aleteo.
Cuando Howard recuperó la amistad perdida de Montenegro, la actriz, María de la Concepción Andrés Picado de nacimiento, trabaja en Ídolos a las órdenes de Florián Rey. Fue la penúltima película de una carrera que terminaría con Lola Montes, de Antonio Román, con el que rodó previamente la pavorosa cinta de propaganda Boda en el infierno. El cine acabó para Montenegro en 1944, justo el año de su segundo casamiento. Desde que volviera de Hollywood a España, en su haber solo figura una película destacada, que, no por casualidad, el régimen corrió a censurar primero y a prohibir después. Rojo y negro, de Carlos Arévalo, destaca por su lectura de la guerra, siempre desde la visión desquiciada falangista, pero extrañamente vívida en la descripción de los horrores, crueldades y azares de una guerra terrible, cruel y arbitraria. Sin épica, sin cruzada y solo con muertos y tortura. Luego, decíamos, se retiró y hay quien compara su silencio posterior con el de la diosa Greta Garbo.
Sus logros, aunque ya muchos de ellos sepultados por el tiempo y las casualidades (que no causalidades), son de antes, de mucho antes. Montenegro inició rápidamente una carrera internacional impulsada por su talento, su carisma y, por qué no, las ventajas que otorgaba un cine que aún no sabía muy bien cómo tratar el sonoro. Su película francesa La mujer y el pelele, firmada en 1929 por Jacques de Baroncelli, le otorgó la suficiente fama para dar el salto a un Hollywood donde las dobles versiones en inglés y español llevaron hasta Cinelandia (o Hollywood) a esa otra generación del 27 en la que figuraban Edgar Neville o Jardiel Poncela al lado del mismísimo Luis Buñuel. Montenegro entró en el círculo de Charles Chaplin y con Buster Keaton rodó De frente, marchen, la cara B de la furiosamente antibelicista Reclutas. Cuentan, recuentan y vuelven a contar que, pese a tanto esfuerzo, lo que de verdad la colocó en boca de todos no fueron tanto sus papeles como una simple y sonora bofetada. En una prueba de casting, por lo visto, el mismísimo Clark Gable se pasó de la raya y lo que tenía que ser un casto ósculo acabó en un beso con lengua bien atornillado y sin previo aviso. Montenegro no lo dudó y, con la misma diligencia, respondió con un sonoro guantazo. Su genio la encumbró y hasta Lionel Barrymore no pudo por menos que rendirse. «Esta mujer tiene futuro», dicen que dijo.
Se diría que la mariposa con su aleteo hizo muy bien su trabajo: Montenegro, Gable, Howard, Lo que el viento se llevó, Hollywood, Madrid, el antibelicismo de Keaton, el mirador de Teixidelo… y la belleza.
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