La aplastante victoria demócrata en las elecciones de mitad de mandato ha provocado una sacudida emocional en Estados Unidos. Entre los progresistas se ha desatado una euforia que va mucho más allá del número de escaños. Alivio, esperanza, desahogo colectivo y la sensación de que, por una vez, por primera vez quizás, el trumpismo ha encontrado sus límites. La ola azul, sin embargo, excede con mucho las fronteras estadounidenses. Para el resto del planeta, aliados y adversarios, las urnas eran también un termómetro sobre la fuerza del proyecto de Trump y un examen para determinar hasta dónde llega todavía su capacidad para arrastrar a un país entero, especialmente en materia exterior. En Teherán, por ejemplo, se ha celebrado con ironía que la guerra sea considerada el factor que ha decantado el resultado, especialmente por figuras como JD Vance. En Israel, con pánico.
En sus dos últimos años en el poder, los presidentes tienden a buscar éxitos en política exterior para cimentar su legado. El Congreso en manos demócratas, puede poner obstáculos, pero no frenarlo todo
La aplastante victoria demócrata en las elecciones de mitad de mandato ha provocado una sacudida emocional en Estados Unidos. Entre los progresistas se ha desatado una euforia que va mucho más allá del número de escaños. Alivio, esperanza, desahogo colectivo y la sensación de que, por una vez, por primera vez quizás, el trumpismo ha encontrado sus límites. La ola azul, sin embargo, excede con mucho las fronteras estadounidenses. Para el resto del planeta, aliados y adversarios, las urnas eran también un termómetro sobre la fuerza del proyecto de Trump y un examen para determinar hasta dónde llega todavía su capacidad para arrastrar a un país entero, especialmente en materia exterior. En Teherán, por ejemplo, se ha celebrado con ironía que la guerra sea considerada el factor que ha decantado el resultado, especialmente por figuras como JD Vance. En Israel, con pánico.
Entre los atlantistas, entre quienes nunca perdieron del todo la fe en la solidez de las democracias liberales y las instituciones, hay una satisfacción difícil de disimular. Algunos empiezan a vislumbrar una corriente de fondo, una fatiga con los hombres fuertes. El castigo a Viktor Orban, la derrota sorpresa de Jair Bolsonaro y las dificultades políticas de Benjamin Netanyahu alimentan ese relato. Los inversores también han optado por ver la taza medio llena. «Los mercados globales han reaccionado de forma mayoritariamente positiva a los importantes avances demócratas en las elecciones. Los mercados apuestan a que a Trump le resultará más difícil gobernar impulsivamente, e incluso su propio Partido Republicano probablemente ejercerá un mayor control sobre sus decisiones. Tras dos años de aranceles, presión sobre la independencia de la Reserva Federal y una crisis energética, esta es una buena noticia para la economía mundial», estima Alicia García-Herrero, del Bruegel Institute.
Pero el entusiasmo convive con una cautela profunda. Porque un Trump políticamente debilitado en casa, acorralado por sus adversarios y obligado a convivir con los límites de su poder, es más que probable que sienta la tentación de buscar lejos lo que empieza a faltarle cerca. «En general, cuando los presidentes republicanos pierden el Congreso, se centran en la política exterior porque es ahí donde tienen mayor libertad de acción. Un Trump debilitado, herido, es un Trump más peligroso. El presidente no tolera bien el fracaso ni las críticas. En consecuencia, espero que arremeta en algunos frentes y trate de rehabilitar su imagen. Una seria posibilidad es que reinicie la guerra con Irán para demostrar que tenía razón y derrocar al régimen. Pero también es posible que intente hacer lo contrario, aceptar que la guerra ha arruinado su presidencia, poner punto y final y buscar un legado en otro lugar. Supongo que Cuba sería su primera opción», explica a EL MUNDO Charles Kupchan, senior fellow del Council of Foreign Relations y que fue miembro del Consejo de Seguridad Nacional de EEUU con Clinton y Obama.
«En asuntos internacionales, Trump era impredecible y peligroso antes de las elecciones, y seguirá siéndolo después. El Congreso lo acosará y los republicanos podrían empezar a abandonarlo. Pero Trump también podría obsesionarse aún más con consolidar su legado como un gran estadista mundial. Esto podría llevarlo a intensificar sus esfuerzos por lograr la paz o a usar la fuerza militar con mayor audacia, y probablemente ambas cosas. Lo que me preocupa es su reacción ante las elecciones, porque indica que o bien no entiende o no le importa su popularidad entre el pueblo estadounidense», explica el historiador Stephen Wertheim, investigador sénior del Programa de Diplomacia Estadounidense en la Fundación Carnegie para la Paz Internacional y profesor en Yale. Y hay pocas cosas más peligrosas que un líder con poco que perder, indiferente al control y desesperado por dejar una marca sin equivalente en la historia.
La alternancia en el Congreso va a tener un peso relevante, pero limitado. «En enero de 2027, los demócratas presidirán todos los comités y subcomités del Congreso, incluidos los de asignaciones y aquellos importantes para la seguridad y la política exterior europeas (el Comité de Servicios Armados y el Comité de Relaciones Exteriores del Senado y el Comité de Servicios Armados y el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes). Los demócratas decidirán qué proyectos de ley se someten a audiencia, controlarán las investigaciones y supervisarán aproximadamente dos tercios del personal y los presupuestos de los comités y comenzarán a allanar el camino para un nuevo enfoque de colaboración con los aliados de Estados Unidos», señala Torrey Taussig, investigadora sénior del Centro Scowcroft para la Estrategia y la Seguridad del Atlantic Council y analista también con experiencia en la Administración.
Pero la política exterior seguirá estando en manos del Ejecutivo. Trump dejó claro durante su primer mandato, pero sobre todo durante el segundo, que no le importa en absoluto lo que el Congreso haga o diga. Y ha demostrado ser extremadamente hábil para sortear las restricciones legislativas y judiciales, incluso cuando los republicanos controlaban las dos cámaras. El mejor ejemplo de ello fue hace unas semanas, cuando se aprobó con el respaldo de ambos partidos el proyecto de ley de sanciones pensado para Rusia e Irán y bautizado en honor de Lindsey Graham. Poco después, el presidente lo desechó levantando el castigo a Moscú tras una llamada con Vladimir Putin y la promesa de poner en el mercado unos miles de barriles de gasóleo. Así que la idea de que de alguna manera las urnas lo vayan a frenar y ese cambio vaya a llevar a una política exterior radicalmente diferente es una ilusión.
«Si Donald Trump quiere intensificar algún conflicto, no se dejará disuadir por el hecho de que a los votantes no les haya gustado su política exterior. Estos días ha reiterado que sigue pensando que la decisión sobre Irán fue la correcta. El Congreso no puede impedir, por ejemplo, que intente un cambio de régimen en Cuba, pero sin duda puede dificultarlo públicamente. La otra limitación es simplemente que Estados Unidos, en lo que respecta a sus fuerzas armadas, está muy sobrecargado en este momento. Estamos bloqueando Cuba. Estamos bloqueando el Estrecho de Ormuz en Oriente Próximo. Estamos bastante dispersos, así que, si hay agresión o escalada, esperaría que fuera en una zona donde Estados Unidos ya ha estado actuando, no en un lugar nuevo», señala Emma Ashford, investigadora principal del Stimson Center en Washington.
Dicho eso, intentar anticipar los próximos movimientos de Donald Trump en política exterior es, casi siempre, un ejercicio de contorsionismo y aruspicina. Aunque tiene una serie de ideas fuerza que se mantienen firmes en el tiempo, en el día a día Trump cambia de opinión constantemente. Altera sus prioridades y modifica el rumbo en función de la última conversación, del interlocutor que tenga enfrente, de la impresión que le haya causado una reunión. De si hay oportunidades de negocio. Es un presidente extraordinariamente permeable a las personas que le rodean, a sus argumentos, a sus halagos y a sus demostraciones de fuerza. Lo que hoy parece una línea roja mañana puede convertirse en una concesión, y lo que ayer era una prioridad absoluta puede desaparecer de la agenda sin demasiadas explicaciones.
A esa volatilidad personal hay que añadirle, además, el peso de los acontecimientos: las decisiones de sus adversarios, las reacciones de los mercados, que no le den un premio Nobel, la opinión de sus tertulianos de referencia en sus programas favoritos de televisión. Uno de esos elementos capaces de alterar por completo las previsiones es el factor humano. En Washington se da cada vez más por descontado que Pete Hegseth acabará abandonando el Pentágono, ya sea mediante un cese, una dimisión forzada o una salida pactada. Al mismo tiempo, crecen los rumores sobre una eventual marcha de Marco Rubio, que podría querer liberarse de sus responsabilidades en el Departamento de Estado para concentrarse en sus propias aspiraciones presidenciales.
Él lo negó este jueves expresamente, diciendo que no piensa en 2028, pero la mera posibilidad obliga a revisar cualquier análisis sobre el rumbo de la Administración. Hegseth es el responsable de la guerra y Rubio, el ancla de la política exterior. «Me preocupa que Rubio pueda marcharse. Creo que si hay algo parecido a un adulto en la sala, es él. Es un internacionalista republicano más tradicional, y por eso creo que ha jugado un papel en moderar las políticas de Trump. Si se va, ya sabemos quiénes se quedan. JD Vance. Stephen Miller, Witkoff y Kushner, que no saben lo que están haciendo. En este segundo mandato Trump sólo contrata a gente que le dice que sí, y cualquiera que le contradiga se queda sin trabajo. Así que la noticia de que Rubio se pueda ir es preocupante», apunta Kupchan. «Es evidente que habrá aún presión interna sobre el entorno de Marco Rubio para intentar un cambio de régimen. Pero están buscando a alguien como Delcy Rodríguez, como en Venezuela. No buscan un cambio de régimen total ni una acción militar», apuntala Ashford.
El viernes por la tarde, Trump comunicó el cese de su jefa de gabinete, Susie Wiles, y su sustitución por Stephen Miller, el más radical de sus asesores. Wiles era una estratega del partido de toda la vida, más pragmática que ideológica en su proceder y con poco interés en la política exterior. Miller es lo contrario. Su cosmovisión parte de una premisa que rompe con el orden internacional construido después de 1945, ya que considera que el poder no está sometido al derecho, sino que es el poder el que determina las reglas. Su concepción de Estados Unidos es abiertamente nacionalista, unilateralista y neoimperial. Cree que una superpotencia no debe pedir permiso ni aceptar límites cuando están en juego sus intereses, ya sean territorios, recursos naturales, seguridad o influencia estratégica. Los países más débiles no son interlocutores en pie de igualdad, sino peones que Washington puede someter a presión, tutelar o poner a su servicio, de Groenlandia a Venezuela.
En su mundo, los aliados, que llevan décadas abusando de la generosidad de Washington, desde Canadá a la UE pasando por Australia o Japón, deben aceptar las reglas de juego, someterse a la jerarquía y alinearse con las prioridades estadounidenses.
«La victoria de los demócratas en las elecciones de mitad de mandato marca el inicio del período de transición de Trump. Tres actores distintos marcarán los dos próximos años: un Congreso centrado en asuntos internos, un presidente cada vez más inclinado a seguir una política exterior impredecible, y la opinión pública. Para mejorar las relaciones, Europa necesita una estrategia para cada uno de ellos: forjar coaliciones en el nuevo Congreso, gestionar la imprevisibilidad de la política exterior de Trump y sentar las bases para la relación más allá de 2028», apunta Giuseppe Spatafora, del EU Institute for Security Studies en Bruselas. «Es más probable que Europa sufra daños colaterales que sea el objetivo directo de las ambiciones de política exterior de Trump. Las recientes amenazas de suspender el intercambio de inteligencia con Ucrania y otras propuestas podrían socavar los esfuerzos de apoyo a Kiev. Estados Unidos también podría presionar a los europeos para que lleguen a acuerdos con Putin, como la reanudación de las importaciones rusas de combustibles fósiles. Los precios del gas en Europa, que ya han subido un 140% desde febrero, podrían aumentar aún más si el conflicto en el Golfo se intensifica. El deseo de Trump de desviar la atención de su derrota en las elecciones de mitad de mandato también podría afectar la Revisión de la Postura de las Fuerzas Europeas del Pentágono, prevista para finales de año y que podría utilizar para castigar a los países por sus posturas respecto a la política exterior estadounidense», destaca Spatafora.
«Las elecciones demuestran una vez más que el sistema político estadounidense no está dispuesto a asumir mayores costes por las iniciativas en el extranjero. Tanto la izquierda como la derecha estadounidenses exigen menos gastos y una mayor atención a los asuntos internacionales para que se satisfagan sus propias necesidades. En las elecciones de este año, dos temas de política exterior fueron cruciales: la guerra con Irán y el apoyo de Estados Unidos a Israel. En ambos casos, los estadounidenses se mostraron indignados por los excesivos costes de la política exterior. Por el contrario, el electorado no se vio movilizado por la preocupación ante el acoso de Trump a los aliados», advierte Wertheim.
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