El Congreso de los ausentes: enfermedades misteriosas, edades avanzadas y preguntas sin respuesta en Washington

Mitch McConnell, senador republicano por Kentucky desde 1985, ha sido una de las figuras más influyentes de la política estadounidense de las últimas décadas. Fue el líder de los republicanos en la Cámara Alta entre 2007 y 2025, al frente de la minoría (2007-2015 y 2021-2025) y de la mayoría (2015-2021). No es alguien especialmente carismático, ni un orador brillante, pero logró un apoyo perpetuo de sus votantes y profesionalizó la disciplina táctica en los pasillos del Capitolio. Entre sus grandes logros quedarán la oposición permanente a Obama, el bloqueo de la nominación del progresista Merrick Garland al Tribunal Supremo en 2016 y su papel decisivo en la confirmación de tres jueces conservadores durante la presidencia de Donald Trump, y sobre todo, cómo evitó que el Congreso sacara adelante el impeachment contra Trump tras el asalto al Capitolio.

 En los últimos años, senadores y congresistas de alto perfil han desaparecido durante semanas o meses sin ofrecer explicaciones sólidas  

Mitch McConnell, senador republicano por Kentucky desde 1985, ha sido una de las figuras más influyentes de la política estadounidense de las últimas décadas. Fue el líder de los republicanos en la Cámara Alta entre 2007 y 2025, al frente de la minoría (2007-2015 y 2021-2025) y de la mayoría (2015-2021). No es alguien especialmente carismático, ni un orador brillante, pero logró un apoyo perpetuo de sus votantes y profesionalizó la disciplina táctica en los pasillos del Capitolio. Entre sus grandes logros quedarán la oposición permanente a Obama, el bloqueo de la nominación del progresista Merrick Garland al Tribunal Supremo en 2016 y su papel decisivo en la confirmación de tres jueces conservadores durante la presidencia de Donald Trump, y sobre todo, cómo evitó que el Congreso sacara adelante el impeachment contra Trump tras el asalto al Capitolio.

McConnell, de 84 años, anunció hace meses que se retiraba y no buscaría la reelección en noviembre. Estaba mayor, cansado y quedó muy tocado por los ataques devastadores del propio Trump, al que toda entrega le parece insuficiente. McConnell soportó años de insultos, vejaciones y humillaciones, y aun así apenas se revolvió. Se separó de la disciplina de voto en contadas ocasiones, publicó unas memorias ligeramente reivindicativas y poco más.

Estas semanas, el senador, que seguirá siéndolo hasta final de año, está siendo noticia, pero no por cuestiones políticas, sino por su desaparición. Nadie ha tenido muy claro dónde ha estado, qué le ha pasado e incluso se dispararon los rumores sobre su posible muerte cerebral, obligando a su familia y equipo a publicar fotos con el periódico del día como prueba de vida. Movimientos que sólo alimentaron aún más las conspiraciones.

Su oficina se limitó a confirmar que el político fue hospitalizado el 14 de junio después de que los servicios de emergencia lo encontraran inconsciente en su residencia de Washington. Su portavoz informó de que estaba recibiendo «excelentes cuidados médicos», sin explicar la causa del ingreso. Tras semanas de silencio, fue el propio McConnell quien anunció la semana pasada que había recibido el alta hospitalaria y que continúa siguiendo asuntos del Senado desde su casa, pero poco más.

En la mayoría de países, que uno de los 100 senadores, y más alguien con ese pedigrí, desapareciera durante mes y medio, dejara de asistir al Congreso, sin votar, sería una noticia llamativa. En Estados Unidos, sin embargo, es algo que ocurre con llamativa frecuencia y sobre todo, con extraña normalidad. Sobre todo cuando, como ahora mismo sucede, las mayorías son mínimas y cada voto puede ser decisivo.

Hay 538 cargos electos entre las dos cámaras y es casi imposible estar al día de lo que pasa con ellos. Hace unos meses, el medio californiano TMZ, especializado en cotilleos y escándalos, desembarcó en Washington para empezar a hacer información política, y las imágenes de sus nuevos reporteros estudiándose dosieres con la foto y biografía de todos los congresistas se convirtieron en la comidilla de internet. Pero reflejan muy bien lo complicado del seguimiento. Muchos medios tienen a periodistas permanentemente apostados en el Capitolio, pero si algún diputado menos conocido deja de aparecer, es complicado darse cuenta.

Eso es exactamente lo que pasó durante casi cuatro meses, desde principios de marzo hasta finales de junio, con otro republicano, Tom Kean Jr. Durante ese tiempo, su oficina solo informó de que padecía un «problema médico personal» y aseguró que esperaba una recuperación completa, sin ofrecer más detalles. Su prolongada ausencia generó una gran atención mediática porque representa un distrito muy competitivo de Nueva Jersey y los republicanos, que cuentan con una mayoría muy ajustada en la Cámara, han perdido algunas votaciones críticas para la Casa Blanca.

El 30 de junio, Kean reapareció en el pleno y explicó por primera vez que había sido hospitalizado y tratado por depresión. En su discurso, el político que en el pasado había votado sistemáticamente contra ampliar los permisos de bajas médicas de trabajadores, reconoció que la enfermedad había resultado mucho más grave de lo que esperaba. «La depresión es física, es emocional y, hasta que la experimentas, es difícil comprender lo poderosa que puede ser.»

Su caso reavivó el debate sobre la transparencia. Porque si bien muchos legisladores de ambos partidos le expresaron apoyo por hablar abiertamente de salud mental, otros cuestionaron que un miembro del Congreso pudiera permanecer ausente durante más de 100 días sin que los electores conocieran la verdadera razón, o sin que exista ningún mecanismo para sustituir temporalmente su voto.

En 2023, la senadora Dianne Feinstein, una demócrata de 90 años que formaba parte de la Cámara Alta desde 1992, estuvo ausente varios meses por lo que parecía un herpes zóster con algunas complicaciones posteriores. Su ausencia tuvo consecuencias políticas muy importantes. Los demócratas contaban con una mayoría muy estrecha en el Senado y Feinstein era miembro del Comité Judicial, encargado de tramitar las nominaciones de jueces federales propuestas por el presidente Joe Biden. Al no poder asistir a las votaciones, el comité quedó prácticamente bloqueado para aprobar nuevos nombramientos, lo que llevó incluso a algunos miembros de su propio partido a pedir que renunciara temporalmente a ese puesto o abandonara el Senado.

En mayo volvió a Washington en silla de ruedas y su oficina reconoció que las complicaciones médicas habían sido mucho más graves de lo que se había informado inicialmente. El herpes zóster había provocado una inflamación del cerebro y el síndrome de Ramsay Hunt, una afección neurológica. En sus comparecencias se mostró errática, llegó a decir que nunca se había ausentado y mostró problemas cognitivos serios. A finales de año murió.

En los últimos tres años, dos senadores (uno de ellos, Lindsey Graham, el pasado mes) y una decena de congresistas han muerto en el cargo. La edad media de la Cámara Baja es 58 años, mientras que para los senadores es 64 años. Y hay 24 que superan los 80, con algunos rozando los 90. La Constitución fija que para ser parte de la Cámara de Representantes hay que tener al menos 25 años; 30 para ser senador y 35 para la presidencia. Pero no hay topes por arriba. Tampoco para el Tribunal Supremo.

Más brutal, si cabe, fue el siguiente caso. A finales de 2024, alguien en la prensa acabó dándose cuenta de que la congresista republicana de TexasKay Granger, de 81 años y que no iba a presentarse a la reelección, llevaba meses alejada de la actividad en el Congreso. Nadie la había visto o sabía su paradero en la capital. Su equipo y familia enmudecieron y sólo hablaban de un problema de salud. Hasta que varios periodistas locales descubrieron que Granger residía desde hacía meses en una comunidad para personas mayores en Fort Worth (Texas), que contaba con servicios de vida asistida y atención para personas con problemas de memoria. Poco después, su hijo confirmó que sufría «problemas de demencia». Debería haber sido un escándalo, pero se quedó en una anécdota más.

Luego está John Fetterman, ex alcalde de Braddock (Pensilvania) y posteriormente vicegobernador del estado. En las elecciones de 2022 derrotó al republicano Mehmet Oz y consiguió un escaño que los demócratas, a pesar de que él es independiente, consideraban clave para mantener el control del Senado.

En mayo de 2022, durante la campaña electoral, sufrió un ictus casi mortal. Sobrevivió, pero quedó con graves secuelas, especialmente un «trastorno del procesamiento auditivo» que dificultaba que entendiera conversaciones en tiempo real. Tras ganar las elecciones y comenzar su etapa en el Senado, su salud mental empeoró. En febrero de 2023, después de una evaluación médica, Fetterman ingresó voluntariamente en el hospital para recibir tratamiento por depresión clínica severa. Su equipo explicó que había tenido episodios de depresión anteriormente, pero que en las semanas previas la situación se había agravado considerablemente.

Durante su ausencia hubo un debate político intenso. Algunos republicanos cuestionaron si estaba en condiciones de ejercer el cargo, mientras que muchos demócratas defendieron que había dado un ejemplo positivo al tratar una enfermedad mental como cualquier otra condición médica. A diferencia de los otros ejemplos mencionados, todo fue transparente, al menos en esa época.

Hace un año, New York Magazine publicó un largo artículo titulado La lucha de John Fetterman: El senador insiste en que goza de buena salud. Sus colaboradores dicen que ya no lo reconocen, centrado no en la depresión sino en cambios de comportamiento posteriores que antiguos colaboradores vinculaban a su recuperación tras el ictus y a su salud mental. Su ex jefe de gabinete y otros empleados hablaban de cambios bruscos de humor, comportamientos impulsivos, dificultades para aceptar críticas, largos discursos repetitivos, rotación muy alta en su oficina y aislamiento. El gran debate ahora mismo es si en las próximas fechas puede cambiar de partido y alinearse con los republicanos hasta 2028.

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