La guerra por el programa nuclear de Irán podría haber acelerado, paradójicamente, los programas nucleares militares en el mundo. También podría haber extendido la estrategia de Teherán de la «latencia nuclear», consistente en no tener la bomba atómica, pero sí la capacidad técnica para desarrollarla en un periodo de entre unos pocos días y seis meses. Japón podría llevar en esa situación décadas. Corea del Sur se ha fijado, al menos como objetivo político, esa meta. EEUU podría haber rubricado la entrada de Arabia Saudí en ese grupo el 22 de julio, lo que a su vez, sumado a la tensión con Irán, podría llevar a los Emiratos Árabes Unidos a perseguir ese objetivo. Así, el mundo parece estar moviéndose de la proliferación nuclear a la casi proliferación nuclear.
El acuerdo entre la Casa Blanca y Arabia Saudí abre a Riad la puerta a enriquecer uranio. La guerra aceleraría así, paradójicamente, los programas nucleares militares
La guerra por el programa nuclear de Irán podría haber acelerado, paradójicamente, los programas nucleares militares en el mundo. También podría haber extendido la estrategia de Teherán de la «latencia nuclear», consistente en no tener la bomba atómica, pero sí la capacidad técnica para desarrollarla en un periodo de entre unos pocos días y seis meses. Japón podría llevar en esa situación décadas. Corea del Sur se ha fijado, al menos como objetivo político, esa meta. EEUU podría haber rubricado la entrada de Arabia Saudí en ese grupo el 22 de julio, lo que a su vez, sumado a la tensión con Irán, podría llevar a los Emiratos Árabes Unidos a perseguir ese objetivo. Así, el mundo parece estar moviéndose de la proliferación nuclear a la casi proliferación nuclear.
El acuerdo firmado entre Arabia Saudí y EEUU -aunque Trump lo supedita al reconocimiento de Riad de Israel-, si es sancionado por el Congreso norteamericano -lo que dista de estar claro-, abriría las puertas para que Riad logre exactamente la causa del conflicto en Irán: el enriquecimiento de uranio. Washington y Riad han declarado que el pacto no incluye el llamado «protocolo adicional» del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), que permite a esa organización hacer inspecciones de los países con dos horas de antelación de cualquier instalación, vinculada o no a los programas nucleares monitorizados, y tomar muestras del suelo, el aire y el agua. En otras palabras: los técnicos de la OIEA sólo podrían ir adonde Riad les dejara.
La potencial nuclearización saudí no ha pasado desapercibida en los Emiratos Árabes Unidos, su principal rival regional después de Irán, y con el que Riad cortó las transferencias bancarias hace tres semanas sin dar más explicaciones.
El enfrentamiento no solo es geopolítico, en países en guerra civil como Yemen y Sudán, sino que llega al terreno personal. El príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman (más conocido por sus iniciales MBS), que gobierna el país, y el presidente de Emiratos, Mohamed bin Zayed (MBZ), se profesan una profunda animadversión. Ambos dirigen sus países sin ningún tipo de control institucional, lo que añadiría un elemento extra de imprevisibilidad a sus programas nucleares.
Además, Emiratos es, junto con Israel, el país que tiene una actitud más hostil hacia Irán, y el que ha presionado más a EEUU para que la actual guerra termine en el derrocamiento de la República Islámica. Eso le sitúa en una posición poco envidiable, emparedado entre dos estados (Arabia Saudí e Irán) con los que tiene serias divergencias y que están decididos a enriquecer uranio, aunque sin llegar a producir bombas atómicas.
Emiratos tiene la única central nuclear en el mundo árabe, la de Barakah, en Abu Dabi. También cuenta desde 2009 con un acuerdo similar al saudí con EEUU, aunque sin enriquecimiento de uranio. Sin embargo, según fuentes conocedoras de la situación, ese país «está explorando la adquisición de tecnología para, al menos, tener la posibilidad de enriquecer uranio». Producir armas atómicas en secreto es casi imposible. Por ello, los planes emiratíes, de ser ciertos, miran al largo plazo.
Además, Barakah es vulnerable, como quedó patente en mayo, cuando un dron lanzado por milicias proiraníes en Irak alcanzó la central, destruyendo un generador eléctrico. Aunque un reactor está construido para resistir impactos mucho mayores que los de drones o misiles, un ataque directo tendría un efecto psicológico, político y económico considerable.
Emiratos es el país árabe con relaciones más estrechas con Israel, hasta el punto de que en esta guerra ha tenido en su territorio a soldados del Estado hebreo manejando sistemas de defensa aérea para abatir drones y misiles iraníes. Israel tiene una larga historia de cooperación nuclear con países, incluyendo un acuerdo secreto firmado en 1975 con la Sudáfrica del Apartheid, con quien realizó incluso una explosión nuclear secreta sobre el Océano Índico en 1979. En la actualidad no hay ningún indicio de cooperación nuclear entre Israel y los Emiratos.
En Asia, Japón tiene un programa de enriquecimiento de uranio desde la década de los 70, avalado por un acuerdo firmado en 1987 con EEUU en el que Washington accede a que Tokio pueda enriquecer uranio hasta el 20% de pureza solo con fines comerciales. Aunque el uranio japonés solo tiene una concentración del 5%, hay todo tipo de teorías sobre cuánto tardaría en producir una bomba atómica. La versión oficial señala que llevaría entre tres y cinco años.
Pero los líderes japoneses llevan décadas insistiendo en lo contrario. Desde que en 1994 el entonces jefe del Gobierno nipón, Tsutomu Hata, dijo en la Dieta (Parlamento) del país que «ciertamente, Japón tiene la capacidad de construir armas atómicas, aunque ha decidido no hacerlo», hasta que el primer ministro Taro Aso declaró en 2006 que eso les llevaría «probablemente unos seis meses», esa última fecha se ha convertido en la más aceptada. Aunque Japón está bajo el régimen de inspecciones de la OIEA, desde los 80 circula la frase de que es «N menos 6», o sea, tardaría seis meses en alcanzar el arma nuclear.
Un vecino de Japón que lleva tiempo valorando seguir esa estrategia es Corea del Sur. Ya hace 11 años, EEUU accedió a dar a Seúl autorización para llevar a cabo experimentos controlados de enriquecimiento de combustible nuclear. En 2023, la Estrategia de Seguridad Nacional surcoreana dio prioridad al desarrollo de capacidades de enriquecimiento de uranio y, desde entonces, la expresión «latencia nuclear» ha ganado carta de naturaleza en el debate político del país. Sin embargo, ese mismo año, EEUU y Corea del Sur firmaron la Declaración de Washington, que estructura con Seúl un sistema para compartir información sobre armas nucleares.
Arabia Saudí, Emiratos, Japón y Corea del Sur tienen en común algo: son grandes aliados de EEUU. Eso es lo que les ha permitido avanzar en sus programas nucleares hasta niveles que EEUU o Israel difícilmente hubieran considerado aceptables de haber mantenido otra alineación estratégica. Washington, de hecho, llegó a extremos rocambolescos a la hora de reconocer los programas nucleares de su aliado India con la firma en 2008 de un tratado que divide el programa nuclear de ese país: una militar y otra civil. En relación a esa última, EEUU ha levantado todas sus restricciones, mientras que, en la militar, ha hecho, con éxito, lobby a la OIEA para que no la supervise.
Desarrollar programas atómicos militares independientes tiene otra ventaja: puede hacer que EEUU se avenga a compartir información o a extender su paraguas nuclear a cambio de que no continúen sus trabajos en esa área. La Declaración de Washington de 2023 obedeció, en parte, al interés del Gobierno de Biden en hacer innecesario el programa nuclear surcoreano. El aislacionismo del Gobierno de Trump podría estar cuestionando ahora esa estrategia y haciendo más lógico que los aliados de EEUU busquen una «latencia» en sus programas nucleares si hay una crisis y Washington no acude en su defensa. Sorprendentemente, el ejemplo iraní -y, también, el japonés- está ganando adeptos entre los aliados de Estados Unidos.
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