Jersón, la vida cotidiana bañada a diario en sangre

La sangre todavía continúa goteando. Ha creado un largo reguero tras desbordar la escalerilla de entrada del autobús. Las marcas del líquido viscoso han dejado su trazo por el pasillo del vehículo, repleto de diminutos pedazos de cristal de los ventanales, casi todos reventados por la detonación.

 La ofensiva rusa contra el transporte público en las últimas semanas escala la guerra en la ciudad ucraniana. Sus habitantes hablan de un «tsunami» de drones  

La sangre todavía continúa goteando. Ha creado un largo reguero tras desbordar la escalerilla de entrada del autobús. Las marcas del líquido viscoso han dejado su trazo por el pasillo del vehículo, repleto de diminutos pedazos de cristal de los ventanales, casi todos reventados por la detonación.

Las bolsas que acarreaban las víctimas, también manchadas de rojo, permanecen apiladas junto a uno de los asientos.

«Una de las muertas era una abuela de 90 años. La había recogido en una parada a la que llegó gritando: ‘¡Para, para, espérame, soy vieja y no puedo correr!’. Habría salvado la vida si no la hubiera esperado«.

Oleg Kuznienko posa junto al autobús que conducía cuando fue alcanzado por un UAV ruso.
Oleg Kuznienko posa junto al autobús que conducía cuando fue alcanzado por un UAV ruso.MICHAEL SHKETEL

Oleg Kuznienko apenas se ha recuperado de la conmoción. Han pasado menos de dos horas desde que la buseta que conducía fue atacada por un dron ruso. El aparato aéreo no tripulado (UAV) lanzó un explosivo sobre el transporte público que cubría la línea 47 de Jersón. La que une los barrios de Tavriiskyi y Korabel.

La acción provocó una carnicería. Los cadáveres de cuatro pasajeros quedaron tendidos sobre el suelo. Muertos al instante. Los otros cuatro fueron acribillados por la metralla.

«Miré hacia atrás y vi varios cuerpos tirados. Una de las mujeres tenía medio torso saliendo por la ventanilla», recuerda el conductor.

El ucraniano de 58 años no ha conseguido borrar esa escena de su memoria. Recrea el suceso con todo detalle. «Escuché el vuelo del dron y vi cómo los soldados disparaban [para derribarlo]. Intenté acelerar para entrar en el túnel de redes [las mallas que protegen muchas de las calles de esta localidad], pero no me dio tiempo«, asevera.

Cristales y sangre colman un minibús ucraniano alcanzado por un dron ruso.EL MUNDO

El artefacto dejó un enorme agujero en el techo y llenó todo de humo. Oleg fue el único que escapó sin mayores daños, aunque una pieza de metal se empotró junto a su pierna. «Los heridos empezaron a gritar pidiendo que abriera las puertas. Les dije que no. Me fui conduciendo directo al hospital. Iba con los muertos y los vivos, y el autobús chorreando sangre por los lados«, dice.

A Vira Prihodko, de 74 años, los trozos de metal le rasgaron el rostro, el pulmón y los intestinos. «Cuando escuché la explosión, pensé: ‘¡Vira, no te mueras, tu marido [su esposo está impedido] te necesita!'», rememora la fémina, desde la cama del hospital.

Pero la decisión improvisada de Oleg Kuznienko le salvó la vida. «Habría muerto desangrada. Todos están gravemente heridos y dos de ellas en cuidados intensivos«, explicaba poco después la doctora Inna Zaharchenko, jefa del servicio de urgencias del Hospital Regional de Jersón.

No es ni mediodía, y el recinto sanitario ya ha recibido cinco muertos y ocho heridos. «Otro dron ha atacado un taxi, matando al pasajero. El conductor está herido grave, con la mandíbula destrozada por la metralla», apunta la especialista.

Las víctimas mortales del último miércoles forman parte de la «brutal escalada» -expresión de un residente local- que sufre esta localidad del sur de Ucrania desde el inicio del verano, según confirman las autoridades y todos los consultados durante las tres jornadas en las que este periódico visitó la villa.

La escalera del autobús alcanzado por un dron ruso, bañada en sangre.
La escalera del autobús alcanzado por un dron ruso, bañada en sangre.M. SHKETEL

Desde el año 2024, Jersón lleva siendo objetivo de los apodados «safaris humanos» que fueron denunciados como crímenes de guerra por una comisión de investigación de Naciones Unidas a finales de 2025. Sin embargo, las acciones de los UAV de Moscú han pasado a ser un «tsunami», en palabras de uno de los militares destinados a la defensa de este enclave. Sólo el día 19, la región fue atacada por alrededor de 1.000 drones, cuando antes solían ser poco más de 400.

«Es cierto, solíamos recibir unos 2.500 drones a la semana. La media actual es de 5.500. Si el año pasado contabilizamos unos 95.000, en estos seis meses ya hemos pasado los 100.000», precisa el gobernador regional de Jersón, Oleksandr Prokudin.

La misma entrevista con el alto cargo es un reflejo de la precaria realidad que sufre la villa, donde todavía residen unas 60.000 personas. Al concluir, tanto el funcionario como los periodistas tienen que esperar escondidos hasta que un grupo de uniformados elimina a tiros a uno de los UAV rusos. La señal para regresar al coche a la carrera es la explosión que se escucha en las inmediaciones. El dron ha sido abatido.

En realidad, los periplos por la metrópoli son un continuo sobresalto. Se prodigan los sprint en cuanto se escucha el temido zumbido en las alturas, se puede ver a los moradores ocultos bajo los árboles, mirando hacia arriba -intentando adivinar el curso del aparato-, o verse sorprendido por las ráfagas de las patrullas que intentan derribarlos, que son una visión común en la localidad. Tampoco es raro cruzarse con vehículos calcinados.

Los restos quemados de un enorme camión de abastecimiento de comida, destruido hace días, permanecen arrinconados junto al supermercado donde estaba descargando. Hay varias carcasas más de automóviles en el mismo centro de la población. «Ya no recogemos los coches quemados de algunos barrios. Es demasiado peligroso», admite una funcionaria local.

El miércoles, sendos drones pasaron a escasos metros de las ventanas de la vivienda que ocupaba el equipo de este diario antes de estallar en las proximidades. «Han comenzado a atacar casas particulares con los drones. Provocan incendios enormes donde arden decenas de viviendas«, indica Oleksander Gonchar, un activista local.

Vira, de 74 años, guarda reposa en el hospital de Jersón.
Vira, de 74 años, guarda reposa en el hospital de Jersón.ALBERT LORES

Horas antes, los clientes del Café 11/11 se vieron sorprendidos por otra enorme detonación en el cielo. El propietario del negocio, Oleksii Haiduk, entró a la carrera en el recinto mostrando el vídeo que acababa de grabar. La imagen permitía ver el vuelo cercano de un dron ruso, que se desintegraba creando una gran bola de fuego al ser alcanzado por uno de los interceptores ucranianos.

El Café 11/11 ha tenido que enfrentar hasta una docena de sucesos similares en los últimos meses. «Nos han obligado a cambiar de distribuidores de leche y de helados porque los que teníamos decidieron que ya no vienen a Jersón», apunta.

Oleksii guarda otra grabación en la que se ve cómo arden las sombrillas de la terraza o aquella en la que se divisa claramente al UAV que se empotra contra un coche aparcado al lado del suyo. «Lo he vendido porque ahora es demasiado arriesgado conducir por Jersón. Es mejor ir caminando«, opina.

Su percepción es compartida por los contados viandantes que se divisan en el centro de la localidad. Aquí, casi todos los negocios están clausurados y los ucranianos se desplazan siempre buscando el abrigo de los árboles. Todos andan presurosos y en silencio. La crisis parece haber multiplicado la presencia de conductores solitarios, que prefieren los patines eléctricos, menos ubicuos que los coches o busetas.

Por primera vez desde la liberación del enclave en noviembre de 2022, los repetidos hostigamientos -que también incluyen el recurso a las temidas bombas KAB, de cientos de kilos de explosivos- han provocado cortes de luz, agua e internet. El ruido de los generadores es otro de los sonidos a los que han tenido que habituarse muchos de los suburbios.

Las acciones de la aviación rusa contra autobuses, taxis, ambulancias, vehículos de ONG o de la administración pública se han convertido en un suceso cotidiano. «Desde principios de año los rusos han atacado más de 100 autobuses y tranvías. Han herido a seis conductores», asegura Vadim Melnyk, de 43 años, director del transporte público de Jersón. «También atacan a los patinetes, pero es cierto que desde hace semanas tienen una obsesión con los autobuses. Los están cazando», manifiesta la doctora Inna Zaharchenko.

Según Oleksandr Prokudin, desde principios de año los rusos han asesinado a 13 pasajeros de autobuses y han dejado heridos a otros 146. «Han recibido la orden de atacar todos los medios de transporte», agrega.

Vitaly Boreykos, de 51 años, conductor también de la línea 47, fue herido el 3 de abril pasado. La explosión le desgarró la pierna y la cadera. Le han operado en siete ocasiones «y me quedan muchas más».

«Me acuerdo de que miré en el espejo retrovisor y vi un grupo de pájaros, pero uno no se movía. Pensé: ‘Que raro’. Grité: ‘Cuidado, hay un pájaro que puede ser un dron’. Intenté aparcar el autobús, pero explotó junto a mi puerta», relata.

Como reflejo de la disparatada situación que vive Jersón, los choferes del transporte público viajan embutidos en chalecos antibala, con casco y portan un detector de drones. Tampoco es raro cruzarse con el último de estos vehículos sin ventanas, rotas por los estallidos. Algunos las han sustituido por placas de madera.

«Somos conductores de autobuses. Nuestro salario es de 15.000 grivna [unos 300 euros]. ¿Por qué nos atacan? Son terroristas«, añade Vitaly.

Las agresiones rusas han generado un angustioso dilema para Ihor Chornyi y los miembros de la ONG Fuertes porque somos libres, que organizan un servicio de taxi para los residentes más desfavorecidos de la metrópoli o personas discapacitadas.

Alec, soldado ucraniano de 38 años, coloca baterías para drones en Jersón.
Alec, soldado ucraniano de 38 años, coloca baterías para drones en Jersón.A. LORES

El grupo de voluntarios realiza entre 15 y 20 viajes por jornada, llevándolos al hospital, al médico o al banco. «La ONU nos exige que vayamos con los logos de la ONG para estar identificados. Pero los rusos buscan precisamente eso, coches identificados. Ya han herido a seis miembros de nuestro grupo, han dañado seis coches y han destruido completamente otros dos», refiere el ucraniano de 37 años.

Para Mykola Stavitsky, un oficial de la Brigada 34 de Marines, el estremecedor incremento de los asaltos rusos contra objetivos civiles responde al significativo giro que -dice- se ha generado en el frente del río Dnipro: las fuerzas ucranianas y, especialmente, su agrupación, han conseguido diezmar las posiciones que ocupaban los rusos en las islas del cauce fluvial.

«Hemos destruido hasta un centenar de piezas de artillería desde marzo y el 90% de los soldados que tenían en las islas. Hemos frenado un posible asalto contra Jersón. Ahora son ellos los que están minando el margen del río para evitar nuestros desembarcos», indica.

«Su única respuesta es aumentar el asesinato de civiles», añade.

Los pilotos de drones que comanda Stavitsky han transferido al otro lado del cauce fluvial la misma precariedad que se registra en Jersón, siguiendo el patrón según el cual Moscú se ve obligada a soportar ataques al igual que Kiev.

Anton, un piloto de drones de los Marines, nativo de Olevshki -una ciudad que permanece ocupada por las fuerzas de Moscú en la margen izquierda- se ha visto en la disyuntiva de tener que atacar las posiciones que han establecido los soldados adversarios en el mismo edificio donde estaba su domicilio.

«Fue una emoción a la vez dulce y amarga. Era mi casa, quemada, pero también sabía que habían muerto varios soldados rusos», manifestó a un fotógrafo de este diario.

«Los soldados rusos se visten de civiles y viven entre los civiles. Son ellos los que ponen en riesgo a los civiles», le secunda su superior, Mykola Sbougbskyi.

Durante la visita del reportero a la posición de los operadores de UAV, el terceto dirigido por Antón destruyó una enésima pieza de artillería con uno de sus aparatos, según se pudo ver en la pantalla de su ordenador.

Las autoridades rusas de ocupación de Jersón han denunciado los asaltos ucranianos contra Olevshki y han proclamado que la población se encuentra en una situación «crítica».

Esta última percepción es quizás uno de los contados supuestos en los que coinciden ambos bandos. Para la responsable ucraniana de la administración militar de Olevshki, Tetiana Hasanenko, la localidad es «catastrófica. Es un infierno en la tierra».

Según explica por teléfono, la villa no recibe ningún tipo de suministro desde el 26 de mayo. «El 2 de junio intentó entrar otro convoy, pero murieron tres conductores. No sé quién lo atacó. La gente se alimenta de frutas de los árboles o de lo que ha cultivado en su parcela», asegura.

La funcionaria ucraniana estima que de los 40.000 habitantes que tenía la villa y las aldeas circundantes quedan «unos 6.000». «Los soldados rusos están robando la poca comida que tienen los civiles porque ellos también están atrapados. No puede entrar ni salir nadie de la ciudad. Todas las carreteras están minadas», proclama.

El pasado 25 de junio, la Misión de Observación de los Derechos Humanos de la ONU en Ucrania confirmó la crítica situación que afronta tanto Olevshki como Goliya Prystan, otra de las poblaciones dominadas por los uniformados de Rusia en las inmediaciones.

El organismo habla en su informe de al menos 29 civiles muertos y otros 54 heridos en esas dos localidades, en su mayoría por drones.

«Estos ataques tuvieron lugar en el territorio bajo control de las Fuerzas Armadas rusas, bajo ataque de los drones ucranianos. Pero, al igual que en otros casos, no hemos podido determinar la responsabilidad de los ataques individuales», se leía en el texto.

Oleksandr Prokudin asegura que las autoridades de Kiev han ofrecido «decenas de veces» evacuar a los ucranianos atrapados en Olevshki. «Los rusos siempre se han negado. Los usan como escudos. Moscú ha optado por la guerra total«.

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