La mala suerte de una corrida muy movida de La Palmosilla en Pamplona

La mala suerte se cernió sobre la corrida de La Palmosilla: las espadas jibarizaron el resultado a una sola oreja, la que cortó Fernando Adrián al mejor toro de la tarde, un Cantarillo de nota mayor. Pudieron ser algunas más, como la que se dejó Samuel Navalón con un buen tercero. Y quizá otra el propio Adrián. Pero, dicho esto, conviene aclarar cuanto antes que el envío de Javier Núñez fue también muy caminador, con cosas de toros muy corridos en el campo, por físico y por comportamiento; con más movimiento que poder, empuje y entrega. Y esa combinación le daba, para estar delante, unas ciertas complejidades, no apreciables desde el tendido por estar envueltas en su fondo bonancible. Ese venirse andarín, sobre las manos, sin terminar nunca de irse o haciendo hilo, no es fácil para torear. Que se lo digan a Fortes con su lote.

 Las espadas reducen el balance a la oreja que cortó Fernando Adrián a un toro de nota mayor; Samuel Navalón dibuja los naturales de la tarde y dice lo que promete  

La mala suerte se cernió sobre la corrida de La Palmosilla: las espadas jibarizaron el resultado a una sola oreja, la que cortó Fernando Adrián al mejor toro de la tarde, un Cantarillo de nota mayor. Pudieron ser algunas más, como la que se dejó Samuel Navalón con un buen tercero. Y quizá otra el propio Adrián. Pero, dicho esto, conviene aclarar cuanto antes que el envío de Javier Núñez fue también muy caminador, con cosas de toros muy corridos en el campo, por físico y por comportamiento; con más movimiento que poder, empuje y entrega. Y esa combinación le daba, para estar delante, unas ciertas complejidades, no apreciables desde el tendido por estar envueltas en su fondo bonancible. Ese venirse andarín, sobre las manos, sin terminar nunca de irse o haciendo hilo, no es fácil para torear. Que se lo digan a Fortes con su lote.

Cuando a las 20.16 arrastraban al buen Cantarillo y, acto seguido, le entregaban a Fernando Adrián una oreja, la percepción de la mala fortuna no se acababa de despejar. Un espadazo que hizo guardia, antes del definitivo, le privó del otro trofeo. No por el virtuosismo, evidentemente, pero sí por lo listo que había estado con el toro de La Palmosilla para jugar con la distancia larga, más por necesidad que por generosidad. Precisamente por todo lo que se estaba dando en la corrida. Le funcionó a Adrián la cabeza para, aprovechando las inercias, potenciar las virtudes del toro, uno de los dos cinqueños -quinto y sexto- de La Palmosilla. Viajó por una y otra mano Cantarillo con fijeza y repetición, muy seguido, regalándole el paso final a la embestida.

La estrategia del madrileño dio sus frutos con una faena encaminada hacia el triunfo, que parecía seguro al rematar la última serie con la mano izquierda, la más redonda también para el toro, ya sin tanta distancia. Hubo un error de cálculo al querer cerrar por bernadinas en los medios, consumadas finalmente con emotividad en el tercio. Las orejas seguían pendientes como botín. Y, sin embargo, la travesía de la estocada provocó que asomara por el costillar. Adiós a la puerta grande. Aplaudió el público fuertemente a Cantarillo y Fernando Adrián paseó su trofeo.

Otra oreja podía haber cortado al segundo. El toro se pegó un volatín durante la lidia, agalgado en su anatomía de corredor. Fue toro de venirse más que de irse. Obediente en su movimiento sobre las manos. Faltaba el empuje. Fernando Adrián le puso la entrega (sin brillos) desde el saludo de rodillas con el capote y el arranque también de hinojos. La faena constituyó un dechado de voluntad hasta la despedida por manolas. Un pinchazo redujo lo hecho a una ovación.

Más o menos lo mismo, pero peor, pues fue ilusionante la faena, le pasó a Samuel Navalón con el colorado y buen tercero, así de bajo, simploncete, que lo hacía todo bien desde el recibimiento con el capote. Ese bien embestir volvió a verse en el muletazo que le pegó Navalón de rodillas, un derechazo notable que contó con su continuidad en pie. La faena siguió en ese tono de entendimiento, superior por la mano izquierda tanto por el toro como por el torero. Los naturales de la tarde se concentraron ahí, en un par de tandas que dijeron lo que prometía Navalón. Las cosas que latían en la corrida también afloraron más llamativamente al final de la obra. Unas bernardinas le pusieron en disposición de puntuar, pero pinchó sin la fe que exhibió a continuación para enterrar la espada. Lo que volvió a hacer con el sexto, el otro cinqueño, más montado, más asentada la seriedad, con el porte de la edad. No empezó mal, pero se puso caminador, más antes que después, y llegó a pegarle al torero debutante de Ayora una voltereta.

Otra hbía cobrado Jiménez Fortes con el cuarto en un valeroso y denso esfuerzo por aguantar, muy de verdad, la embestida que se dormía, gazapona, por debajo. Recetó la estocada más rotunda de la función, y por ella -y por todo- recogió una ovación. Había abierto plaza un toro de sueltas carnes, un generoso cuello y una expresión lavada que agudizaba su aspecto de toro muy movido. Y esto es precisamente lo que marcó con un gazapeo constante, incomodísimo por su carencia de poder y empuje, sin salirse de los avíos, haciendo hilo.

Lo peor que le puede tocar a Fortes, mucho peor que un toro exigente o con otras complicaciones, es ese caminar que viene pidiendo piernas. Puede que en este caso ni Saúl ni un Mohammed Ali resucitado hubieran bastado. Siempre tuvo al toro encima. La sensación de deslucimiento vino a incrementarla el inoportuno viento. Todos los deseos del malagueño se amontonaron. Ni el esfuerzo de irse a porta gayola quedó en pie tras fallar con la espada que tanto penalizó la corrida. Aunque no en este caso, claro.

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