Laura Iturbide, la empresaria mexicana que sobrevivió al 11-S: «Cuando salí a la calle, era como haber llegado al infierno y verlo con mis propios ojos»

Una voz retumba por los altavoces sobre la alarma del hotel. «Regresen a sus habitaciones. Todo está bajo control». Un chico corre pasillo arriba y abajo aporreando las puertas de las habitaciones en pánico. El edificio se tambalea como si un terremoto estuviera sacudiendo sus cimientos. Por las ventanas del Marriott World Trade Center entra un humo negrísimo y una lluvia de documentos se ve cayendo entre la humareda. Son las 8.46 de la mañana en Nueva York. Es 11 de septiembre de 2001 y un avión acaba de incrustarse en la Torre Norte. En 17 minutos, otro hará lo mismo en la Torre Sur y ese lugar se convertirá en una montaña de escombros, hierros y cadáveres sepultados.

 Estaba alojada en el hotel que conectaba ambas torres y consiguió salir ignorando los avisos de megafonía. «Nunca he sentido algo igual en la vida y he vivido un terremoto de altísimo nivel», detalla  

Una voz retumba por los altavoces sobre la alarma del hotel. «Regresen a sus habitaciones. Todo está bajo control». Un chico corre pasillo arriba y abajo aporreando las puertas de las habitaciones en pánico. El edificio se tambalea como si un terremoto estuviera sacudiendo sus cimientos. Por las ventanas del Marriott World Trade Center entra un humo negrísimo y una lluvia de documentos se ve cayendo entre la humareda. Son las 8.46 de la mañana en Nueva York. Es 11 de septiembre de 2001 y un avión acaba de incrustarse en la Torre Norte. En 17 minutos, otro hará lo mismo en la Torre Sur y ese lugar se convertirá en una montaña de escombros, hierros y cadáveres sepultados.

Laura Iturbide, directora del Instituto de Desarrollo Empresarial Anáhuac, vinculado a una de las universidades privadas más prestigiosas de México, acaba de salir de la cama. Ella y su compañera, Eunice Meyer, han decidido no acudir al desayuno que ha organizado la Asociación Nacional de Economía de Negocios como parte del congreso al que han ido a Nueva York. Esa tarde vuelan de vuelta a Ciudad de México y prefieren descansar un poco más tras varias jornadas de conferencias y encuentros. Y, de repente, el Marriott World Trade Center en el que se alojan empieza a vibrar, una voz les recomienda que se queden ahí dentro y ellas deciden lanzarse a la calle haciendo caso omiso a las órdenes de la megafonía.

«Yo nunca he sentido algo igual al primer impacto, no lo puedo ni describir. Yo había vivido un terremoto de altísimo nivel en 1985 en Ciudad de México [8.1 en la escala Richter], pero este fue un golpe seco y terrible. Mi cuarto estaba en la zona interior de la torre, pero veía que caían una lluvia de papeles como de oficina», recuerda ahora, desde su casa en México, pasados 25 años de aquella mañana. Ese golpe era el primer avión que se estrelló contra las Torres Gemelas y que dejó caer sobre el hotel, que conectaba ambas torres, su tren de aterrizaje.

En los 17 minutos que tardaría el segundo en empotrarse contra la Torre Sur, le dio tiempo a vestirse, coger a su compañera, bajar 17 pisos por las escaleras, salir a la calle, correr entre el destrozo, cruzar un par de manzanas y ponerse a salvo en la orilla del Río Hudson para ver colapsar las torres, incluido el hotel en el que ambas estaban y del que aún guarda, enmarcada en su casa, la tarjeta de la habitación en la que se hospedaba. «Yo vi el boquete del primer edificio cuando estaba atravesando la calle, cuando conseguí escapar de la Torre Sur. A medida que íbamos bajando por las escaleras, el calor subía más. En el interior del complejo había un humo negro que ensombrecía todo y hacía muy difícil la visibilidad. Cuando salimos a la calle, era como si hubiéramos llegado al infierno y lo estuviéramos viendo con nuestros propios ojos«.

Ese infierno se saldó con el complejo empresarial destruido, con gente saltando por las ventanas, con casi 3.000 muertos y con otros cuantos miles rescatados por las autoridades estadounidenses. Entre ellos, Laura Iturbide. «He pensado muchas veces en qué hubiera pasado si hubiese seguido las indicaciones. Aunque estaba alejada, vi cómo caían esas torres perfectamente y yo había estado ahí dentro«. Un hombre afroamericano con el que compartía pasillo en el piso 17 del edificio decidió seguirlas. Unos meses después del atentado, por mediación del hotel, su familia le mandó una foto a la empresaria a su casa para ver si le reconocía. Aún le estaban buscando entre los escombros. «A mí me salvó que sabía cómo actuar por la formación que nos han dado en México contra los terremotos. Bajamos 17 pisos por las escaleras y fue la mejor decisión que tomamos».

Laura y su compañera fueron trasladadas por miembros de la Marina de Estados Unidos al otro lado del río, a Nueva Jersey; fueron atendidas por voluntarios que les dieron algo de comida, y pudieron entrar en el baño de una empresa tecnológica porque una trabajadora les abrió las puertas. «Cuando me miré al espejo, me horroricé. Estaba cubierta de hollín, solo se me veía la cara y la boca. Tenía el cuerpo dolorido y toda la parte de atrás del pelo quemada«. Se para, respira y vuelve. «Seguramente fue por todo lo que cayó del segundo avión cuando huíamos, pero el pelo se me caía a cachos. Cuando me sacudieron, que yo llevaba una blusa blanca de rayas, la blusa ya era gris y tenía una mancha de sangre cerca del pecho.Después me salió una urticaria en las manos y en la cara… y menos mal que mi compañera dio con un antiestamínico porque sino me hubieran llevado al hospital con los heridos».

En aquella oficina, llena de ordenadores, vieron que había habido otro ataque en el Pentágono, que el otro lado del Hudson estaba cubierto por una nube de humo y pudieron ponerse en contacto con la aerolínea que las debía llevar de vuelta a México. Sorprendentemente quien respondió al otro lado conocía a Laura Iturbide por su faceta académica y comenzaron a gestionar un vuelo que las sacara de Nueva York. «Ese primer día fue terrible viendo las noticias. Nos quemaron nuestra ropa, nos abrieron un centro comercial, nos cortaron el pelo porque nos ardía y no dejábamos de toser. Fue uno de los días más largos de mi vida. Al siguiente, nos abrieron una capilla y pedimos por todos los caídos», recuerdo la empresaria, que dos días después consiguió cruzar la ciudad, llegar hasta el aeropuerto John F. Kennedy y coger un avión. Era viernes, 13 de septiembre, hacía dos días que las Torres Gemelas había sido derribadas y ella ya volaba a México «Ese vuelo fue complicado, no tomó la ruta habitual y además tuvimos turbulencias. Imagina el viaje. De esto no tengo certeza, pero tengo la impresión de que fuimos escoltados por un caza hasta que cruzamos la frontera».

Al llegar a su casa, Laura Iturbide se duchó y volvió a dormir en una cama, como en la noche previa al 11-S. «Cuando me acosté, no paraba de pensar en toda aquella pesadilla, pero al menos estaba en casa». A la mañana siguiente, su hermana mayor había organizado una reunión familiar para recibir a la superviviente. «El volver a ver a mi familia fue uno de los momentos más bonitos y más difíciles de mi vida. Estaban todos. Entre ellos, mi padre, que vivía con mi esposo y conmigo desde que se había quedado viudo en 1998. Y nunca podré olvidar la frase que me dijo aquel día: ‘Yo nunca dudé de que ibas a regresar’. Eso fue muy bonito y, sobre todo saber que tienes una red familiar que te quiere y te mima», rememora, con alguna lágrima a punto de caer, esta mujer mexicana.

Durante un año, la empresaria se sometió a terapia y fue su propio psicólogo quien le recomendó que volviera a Nueva York, donde ella ya había vivido como estudiante. Al mismo lugar donde había estado aquel 11-S. En 2002, la mexicana volvió a verse a las orillas del Hudson. «Fue extraño, pero allí estuve». Justo antes de la pandemia, volvió. Esta vez para visitar el museo que se levantó donde un día estuvo el World Trade Center para honrar a las víctimas. «La primera parte de la visita la pude hacer sin problema, pero cuando llegué a la parte de los testimonios y los objetos de la gente que quedó allí atrapada pasé muy rápido. No pude escuchar muchas de sus historias».

-Han pasado 25 años de aquel día, muchos recuerdos los tiene frescos, pero ¿qué queda de aquel 11-S en usted?

-Ha pasado tiempo y no tengo esa sensación de no querer volver a Nueva York y recorrer todo lo que viví. Ya no es esa intensidad de los primeros años, pero es algo que voy a llevar siempre en mi vida.

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