El zarpazo terrorista que reventó las ‘vacaciones de la Historia’: «El liberalismo se quedó dormido viendo la tele con una bolsa de patatas en la mano»

A las 20.00 exactas del 11-S, mientras el polvo de las Torres Gemelas aún revoloteaba sobre Manhattan, The Washington Post publicó un artículo con hechuras de obituario de toda una época. Llevaba la firma de todo un premio Pulitzer, el escritor libertario George F. Will, y su titular condensaba el impacto del zarpazo de Al Qaeda en sólo nueve palabras: Es el final de nuestras vacaciones de la Historia.

 Entre la Caída del Muro y el 11-S, la humanidad disfrutó de una década de insólita innovación tecnológica, prosperidad económica y avance de las democracias. Los historiadores debaten ahora si caímos en un falso optimismo del que sólo nos despertó Bin Laden. «Todos los políticos compartían la misma idea de progreso»  

A las 20.00 exactas del 11-S, mientras el polvo de las Torres Gemelas aún revoloteaba sobre Manhattan, The Washington Post publicó un artículo con hechuras de obituario de toda una época. Llevaba la firma de todo un premio Pulitzer, el escritor libertario George F. Will, y su titular condensaba el impacto del zarpazo de Al Qaeda en sólo nueve palabras: Es el final de nuestras vacaciones de la Historia.

Entre 1989 y 2001, sostenía aquel texto improvisado en cuestión de horas, Occidente había caído en un letargo autocomplaciente tras su victoria por aplastamiento en la Guerra Fría. El gran debate económico de la época era cómo repartir el «dividendo de la paz» que nos había legado el desplome de los presupuestos de Defensa. Los políticos de medio mundo, de Tony Blair a Bill Clinton, pugnaban entre sí por acampar en el centro exacto del espectro ideológico. Y el ensayo más influyente del momento era, sin duda, El fin de la Historia, de Francis Fukuyama (Planeta, 1992), un alegato sobre el triunfo definitivo de las democracias liberales.

Oasis y Blur; Jordan y Tarantino; Matrix y Foster Wallace; los DVD y los iMac; Cobi y Los Planetas… La cultura noventera también es un reflejo del optimismo escapista -otros lo llamarían pura ingenuidad- de aquel tiempo en que la vida avanzaba sin tropiezos. Pensemos en las dos series más icónicas de la década: Friends fue descrita por sus propios creadores como «un relato sobre ese momento en la vida en que todo parece posible»; Seinfeld, directamente, iba sobre la nada más absoluta.

«Los personajes de ‘Friends’ nunca dudan de que, aunque el camino tuviera obstáculos, todos compartían un objetivo: casarse, tener hijos y mudarse a una casa más grande a las afueras», cuenta Ramón González Férriz, autor de La trampa del optimismo. Cómo los años 90 explican el mundo actual (Debate, 2020) «Pues lo mismo pasaba en la política. La inmensa mayoría de los líderes de la época no discrepaban sobre cuál era el destino final: el triunfo de la globalización, el comercio internacional, las democracias liberales… En definitiva, todos compartían la misma idea de progreso».

Los cuatro aviones secuestrados por Al-Qaeda el 11-S rompieron el hechizo en cuestión de minutos y desembocaron en la amarga reflexión de George F. Will. ¿Acaso pecamos de credulidad durante aquel ‘recreo’ de la Historia? ¿O, simplemente, teníamos razones de peso para creer en que las ‘vacaciones’ durarían para siempre?

Como tantas otras veces, el primer uso documentado de la expresión «vacaciones de la Historia» pertenece a Winston Churchill. Ocurrió en 1946, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, aunque el coloso británico la usó en sentido contrario: para alertar contra la complacencia de los aliados tras derrotar a los nazis. «La historia no nos dará vacaciones», sentenció en un célebre discurso en el Westminster College de Fulton (Missouri).

La expresión tiene su origen lejano en las Lecciones sobre la filosofía de la Historia universal, una recopilación de los últimos discursos de Friedrich Hegel (1770-1831). El filósofo alemán usaba la metáfora de «páginas en blanco» para describir las pausas de relativa felicidad que, cada cierto tiempo, nos regalaba el devenir histórico. Posteriores relecturas de su obra acuñaron una metáfora más vistosa, «los domingos de la Historia», para describir estos períodos de ‘ralentización’ de los hechos.

Estábamos avisados, pues. Sin embargo, si leemos la avalancha de noticias positivas de aquella época con los ojos cínicos y cansados de 2026 resulta más fácil entender que nuestros ‘yoes’ noventeros ignorasen el consejo de Churchill y se apuntaran a las tesis de Fukuyama. Basta recordar siete hechos históricos para comprender el entusiasmo que presidió aquellos 12 años.

  • El crecimiento económico global rondó el 3,5% anual en los años 90, impulsado por la globalización rampante, la expansión del comercio internacional y el bum de la primera ola de las nuevas tecnologías de la información. En 2000, la economía española creció un 5,2%, el paro descendió al 13,6% y la deuda pública era de ‘sólo’ el 57,8% del PIB.
  • El arsenal nuclear cayó más de la mitad en cuestión de años. Potencias atómicas como Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán renunciaron a sus arsenales gracias al Memorando de Budapest. El número global de cabezas nucleares pasó de 70.000 en 1986 a 30.000 en 2000.
  • El genoma humano se presentó el 26 de junio de 2000. Más allá de su valor científico, hoy fascinan las reglas que acompañaron su publicación. Según los Principios de las Bermudas de 1996, cada secuencia nueva debía publicarse, de forma gratuita, en 24 horas. Es decir, el conjunto de datos más valioso recopilado hasta entonces se ‘regaló’ por acuerdo de la comunidad científica.
  • El agujero de la capa de ozono se descubrió en la Antártida en 1985 y la comunidad internacional reaccionó de inmediato. Los 197 países del mundo firmaron un tratado para prohibir todos los productos que lo causaban a partir de 1996. Hoy la capa de ozono sigue recuperándose: es el único problema ambiental de la historia que se ha resuelto con un tratado internacional.
  • La Unión Europea vivió su década más exitosa. En 1995 entró en vigor el Acuerdo de Schengen, mientras que el euro llegó a los mercados financieros en 1999. También se firmaron los Tratados de Maastrich (1992) y Amsterdam (1999). Lejos de su actual catatonia, la UE parecía la referencia de futuro de las democracias liberales.
  • El CERN lanzó la tecnología World Wide Web de forma gratuita y sin patentes en 1993. La web creció de manera libre y global durante años, sin dueño ni modelo de negocio. La Wikipedia, fundada en 2001, es el único gran artefacto inspirado en aquel espíritu que ha sobrevivido hasta nuestros días.
  • Cientos de jefes de Estado y de Gobierno suscribieron la Declaración del Milenio el 8 de septiembre de 2000. Entre sus ocho objetivos destacaban erradicar la pobreza extrema, lograr la enseñanza primaria universal y garantizar la sostenibilidad del medio ambiente. Ningún país votó en contra.

Bajo este alud de buenas nuevas, sin embargo, también se registró un goteo de noticias que, para los más perspicaces, ya auguraban que la Historia no sólo preparaba su regreso, sino que lo haría con la fuerza devastadora que hemos sufrido en los últimos 25 años. «Aquella década fue también un tiempo en el que, bajo la superficie, las placas tectónicas se movieron y provocaron los cambios graduales que culminarían en los terremotos y los choques sísmicos que vivimos hoy», dice el periodista Jonathan Freedland, autor del documental Los 90: unas vacaciones de la historia, emitido por la BBC.

  • Los atentados de Al Qaeda contra las embajadas de Estados Unidos en Nairobi y Dar El Salaam en 1998 no sólo provocaron 224 muertos: también colocaron a Osama Bin Laden entre los 10 fugitivos más buscados por el FBI.
  • Un desconocido funcionario llamado Vladímir Putin fue nombrado primer ministro de Rusia en el verano del 99. Meses antes, Hugo Chávez había llegado al poder en Venezuela tras unas elecciones plenamente democráticas. Son dos ejemplos canónicos de los «nuevos tiranos» que Sergei Guriev describe en su libro Spin dictators, el manual más certero sobre los autócratas que dominan nuestro tiempo.
  • Las protestas antiglobalización de Seattle (1999) y Génova (2001), desdeñadas entonces como folclore de la ultraizquierda urbana, fueron un ensayo general del populismo posmoderno. El núcleo ideológico de aquellas revueltas -el conflicto entre ganadores y perdedores de la globalización- no sólo explica el declive global de la socialdemocracia y la derecha lideral: también explica shocks como la doble victoria de Trump o el auge de la ultraderecha europea.
  • El lanzamiento de Napster (1999) supuso la rápida quiebra de la industria musical y demostró el potencial disolvente que incorporaban las nuevas tecnologías. Además, al año siguiente, el estallido de la burbuja ‘puntocom’ supuso un aviso de los peligros de la exuberancia irracional de los mercados y, de paso, provocó una bajada de los tipos de interés que infló -todavía más- el precio de la vivienda.
  • Las elecciones estadounidenses de EEUU, con el caótico recuento de Florida, fueron un aperitivo de la polarización de la ‘era Trump’: la mitad de un país quedó convencida de que la otra le había robado las elecciones. Sólo la actitud caballerosa de Al Gore, imposible de imaginar hoy, rescató a la superpotencia del abismo. Otra cita con las urnas de ese año, el ‘no’ de los daneses a ingresar en el euro contra la opinión de todo el ‘establishment’, ya contenía todos los ingredientes de ‘sorpresas’ geopolíticas como el Brexit.
  • El accidente de un Concorde el 25 de julio de 2000 fue, antes incluso del 11-S, el cierre simbólico de toda una era. El avión supersónico, fruto de la colaboración supranacional, no volvió a volar jamás. Por una vez en la historia moderna, la humanidad dejaba de hacer algo que ya había aprendido. Por decirlo más claro: viajamos más despacio que nuestros padres.

El historiador Johan Norberg, autor de Momentos cumbre de la humanidad (Deusto, 2026), ve argumentos en ambos listados para sostener una idea algo contraintuitiva sobre los años 90. «Fuimos, a la vez, demasiado optimistas y demasiado pesimistas», afirma por email.

Fuimos pesimistas, dice, porque ni el más iluso habría imaginado el día de la caída del Muro todos los avances que se lograrían en la siguiente década. «Los ideales de 1989 funcionaron en la práctica», sostiene Norberg. «Cuando la gente disfrutó de más libertad de expresión, movimiento y comercio, los resultados fueron mejores de lo que cualquiera habría sospechado».

Al mismo tiempo, afirma, pecamos de optimistas porque tanta bonanza nos cegó y permitió el colapso de las ideas aperturistas sin que ni siquiera nos diéramos cuenta. «No es que el liberalismo clásico muriera en una batalla abierta contra los reaccionarios», sostiene. «Más bien, se quedó dormido en el sofá de la tele con una bolsa de patatas fritas en la mano».

El derrumbe de las Torres Gemelas, pues, inició una cadena de acontecimientos cuyas consecuencias sólo empezamos a digerir hoy. Bajo los escombros también quedó una noción equivocada que dominó los años en que fuimos felices sin saberlo: que el progreso del futuro estaba garantizado.

«El ser humano no está programado para decirse: ‘Joder, qué bien estoy ahora mismo’», reflexiona González Ferriz, quien se niega a demonizar aquel optimismo noventero. «Si ni Blair ni Clinton se dieron cuenta de que habían comprado una idea falsa, ¿cómo se le iba a pasar por la cabeza a un adolescente de Granollers como yo?».

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