La mañana después de la derrota de Viktor Orban, los carteles colocados por el régimen contra Volodimir Zelenski empezaban a convertirse en chatarra electoral, arrancados por los propios húngaros en Budapest. Pero las tuberías por las que llega el gas ruso siguen donde estaban. El orbanismo ha perdido, pero la infraestructura de su socio ruso no se toca. «Hungría sigue siendo dependiente de Rusia en términos de energía nuclear, petróleo y gas, por lo que va a ser un proceso de renegociación complicado», apuntaba ayer Zsuzsanna Vegh, experta en Europa Central en el German Marshall Fund.
El nuevo lider húngaro hereda un sistema energético donde el 80% del gas y la futura red nuclear dependen estratégicamente de Rusia
La mañana después de la derrota de Viktor Orban, los carteles colocados por el régimen contra Volodimir Zelenski empezaban a convertirse en chatarra electoral, arrancados por los propios húngaros en Budapest. Pero las tuberías por las que llega el gas ruso siguen donde estaban. El orbanismo ha perdido, pero la infraestructura de su socio ruso no se toca. «Hungría sigue siendo dependiente de Rusia en términos de energía nuclear, petróleo y gas, por lo que va a ser un proceso de renegociación complicado», apuntaba ayer Zsuzsanna Vegh, experta en Europa Central en el German Marshall Fund.
Mientras Hungría abre un nuevo capítulo de la mano del flamante vencedor Péter Magyar, surge una cuestión espinosa: qué hacer con la energía rusa, barata pero con un coste político al alza: «Haremos todo lo posible por diversificar, pero esto no significa que nos desvinculamos de la energía rusa. Siempre obtendremos petróleo al menor coste y de la manera más segura posible», dijo Magyar en una rueda de prensa al día siguiente de cantar victoria. La energía en Hungría proviene de una mezcla diversificada que combina la producción nacional nuclear (con tecnología y material ruso) y la renovable con una fuerte dependencia de las importaciones de combustibles fósiles, que también vienen de Rusia.
Orban tejió una relación política singular con Moscú. El régimen de Vladimir Putin lo convirtió en su saboteador destacado dentro de la UE, a cambio el orbanismo logró una brillante divisa de cara al público era la energía. «Nosotros, a diferencia que ustedes los españoles, no tenemos una costa donde pueda llegar el gas licuado», explica a EL MUNDO una diputada de Fidesz, el partido de Orban, que prefiere no dar su nombre. «Somos plenamente conscientes de quién es el agresor y quién el agredido en la guerra, pero no nos vamos a sacrificar, no vamos a sacrificar los precios de nuestra energía», añade.
Durante la campaña, Magyar ha hablado de reducir la dependencia de Rusia para 2035. A Moscú le basta con haber construido durante años una dependencia que se vende en Budapest como sentido común: en 2021 Gazprom firmó con MVM —la gran energética estatal húngara— dos contratos de quince años por hasta 4.500 millones de metros cúbicos de gas anuales, y el suministro se redirigió por TurkStream y los gasoductos del sudeste europeo, sorteando Ucrania. Desde entonces Budapest ha comprado volúmenes extra. El propio ministro de Exteriores húngaro, Peter Szijjártó presumía a finales del año pasado de haber recibido ya 7.000 millones de metros cúbicos de gas y 8,5 millones de toneladas de crudo ruso. Según el FMI, en 2024 el 74% del gas y el 86% del petróleo que consumía Hungría procedían de Rusia.
«La arraigada dependencia de Hungría de los combustibles fósiles rusos no es simplemente consecuencia de factores geográficos, como ser un país sin litoral con recursos naturales limitados, sino el resultado de décadas de deliberación política que se vieron reforzadas por las decisiones estratégicas del régimen de Orban desde 2010», explica Bence Ger, autor del estudio The Political Legacy of Hungary’s Energy Reliance on Russia. Los Gobiernos húngaros, especialmente desde 2010, priorizaron precios y rutas sobre la diversificación real de fuentes. Al mismo tiempo, proyectos como Paks II complican la dependencia política y económica.
Hungría siguió atada al crudo ruso por el oleoducto Druzhba mientras el Gobierno denunciaba como «chantaje» cualquier interrupción y culpaba a Kiev incluso cuando el corte venía de la guerra de Putin. La energía húngara se basa en un 32% nuclear y un 22% solar, logrando una producción interna cada vez más limpia. No obstante, depende de Rusia para el 80% de su gas y la mayoría de su petróleo.
La peor arista para Magyar está en el sector de la energía atómica. La central nuclear existente, Paks I, produce en torno a la mitad de la electricidad del país y ya ha empezado a buscar combustible alternativo para no depender solo de Rusia. Aun así, el gran vínculo con Moscú es Paks II, la ampliación adjudicada a Rosatom, con financiación rusa y tecnología aportada también por Moscú. Hace solo dos meses empezó oficialmente el vertido de hormigón, en una ceremonia celebrada en Budapest casi como si fuera una victoria compartida.
«La firma de contratos a largo plazo con Rusia en el sector de la energía nuclear, la compra de gas a precios infravalorados y la falta de inversión en la modernización de la infraestructura para fuentes de suministro alternativas solo contribuyen a profundizar la dependencia de Hungría de las fuentes de energía rusas», apunta Liubov Kornichuk, que es profesora en la National University of Ostroh Academy e investiga para la publicación Journal of Innovations and Sustainability.
El problema para Magyar es que Paks II es la forma más duradera de influencia rusa, porque establece mantenimiento, ingeniería, combustible, plazos y costes durante décadas. Y aunque la justicia europea ya tumbó la aprobación comunitaria del plan de ayudas por defectos en el sistema de control, Budapest insistió en seguir adelante.
Varios analistas coinciden en que la propia frase de Magyar el lunes —comprar lo más barato y seguro, también de Rusia— fue en el fondo una admisión de la realidad. Orban gobernó vendiendo rebajas en la factura; Magyar sabe que nadie sobrevive en el poder en Hungría si la factura sube de golpe.
Desde el momento en el que se instale en el poder el nuevo primer ministro, Rusia va a presionar con el gas. Porque Magyar sabe que no puede ser visto por la población como el hombre que hizo subir la factura de la calefacción. Los húngaros tienen un dicho: «Estírate sólo hasta donde te llegue la manta». La manta de Magyar es rusa, y el duro invierno acecha tras esta primavera del cambio, y el esperado verano de la desorbanización.
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