Algunos creadores se quejan de cómo las plataformas de streaming, sobre todo una que empieza por N, cambian sus guiones para hacerlos más simplones. Los giros que, en una serie propuesta, ocurren en el cuarto episodio, la plataforma los quiere, como muy tarde, al final del primero. Además, aparecerán en el trailer. Ocurre en Grande de España y en otras tantas ficciones que no nombraré para que la plataforma que termina por X no sospeche que algunos de sus guionistas van por ahí contando estas cosas.
Su producción es barata y se nota, pero se lanza con una osadía que, incluso cuando es suicida, merece un aplauso
Algunos creadores se quejan de cómo las plataformas de streaming, sobre todo una que empieza por N, cambian sus guiones para hacerlos más simplones. Los giros que, en una serie propuesta, ocurren en el cuarto episodio, la plataforma los quiere, como muy tarde, al final del primero. Además, aparecerán en el trailer. Ocurre en Grande de España y en otras tantas ficciones que no nombraré para que la plataforma que termina por X no sospeche que algunos de sus guionistas van por ahí contando estas cosas.
Me pregunto si a Miguel Angel Blanca, Victor Diago o Berta Prieto, su plataforma, que empieza por F y termina por ILMIN, les ha cambiado algo en los guiones de Segunda temporada. Apuesto que no. La serie es marciana, libre y loca. No es, aunque podría parecerlo (y en algunos momentos se juguetea con eso) una segunda temporada de Autodefensa, con la que Blanca y Prieto, junto con Belén Barenys, nos descolocaron hace cuatro años. Me costó entrar en esa serie. De hecho, salí espantado de mi primer contacto. Pero luego caí rendido a la desvergonzada propuesta de Berta y Belén, que aprovechaban su casi anonimato como actrices para difuminar los límites entre ellas y sus personajes. También borraban los límites entre lo que puede y no puede hacerse y enseñarse en una serie. Básicamente lo enseñaban todo. Y hacían lo que les daba la gana. Y les daba igual.
En Segunda temporada la premisa es otra, pero la idea es parecida. En este caso, Berta no se llama Berta, sino Paula Ferrara. Es un prodigio precoz de la literatura que, al borde de los 30, se siente fracasada e irrelevante. Quizá lo sea. Terminar escribiendo libros para influencers no es lo que imaginaba cuando su primera novela, El coño y la navaja, se convirtió en un fenómeno. ¿Y si aceptar el encargo de escribir las memorias de Lil Rogelio, un trapero cancelado y recién salido de la cárcel fuese su salvación? ¿Y si ese trapero (Adán Domínguez, un actor-no-actor fascinante) fuese el mismo demonio? Para Paula, que se siente atrapada en su vida e innecesaria en la de los demás, ese demonio es muchas cosas: una oportunidad, una tentación, una autolesión de la que no tendría que responsabilizarse… El primer encuentro entre ellos es inquietante: ¿se conocen de antes? Segunda temporada no dará respuesta inmediata a esa pregunta, sino que empezará a disparar otras a la cara del espectador, que probablemente esté atónito. O escandalizado. O todo a la vez.
Los episodios de Segunda temporada se conectan de maneras extrañas, como si los pilotaran David Lynch y Chema García Ibarra. La Barcelona de Paula y Lil es un descampado. Juntos emprenden un viaje, en toda la extensión de esa palabra, incluida su acepción de «estado resultante de haberse administrado una droga alucinógena». Algunas de sus paradas no parecen ocurrir en la realidad, o desde luego no en la que nos muestran el 99,99% de las series actuales. Segunda temporada opera en su propio universo. Lo hace con los medios justos (la producción es barata y, desgraciadamente, se nota), pero con una osadía que, incluso cuando es suicida, merece un aplauso. Y Berta Prieto, una ovación. Paula Ferrera es uno de los personajes televisivos más desagradables de los últimos años. Ella cree que el mundo le debe algo y que su historia le importa a alguien. Menuda petarda. Y menudo monstruo el maldito trapero. Y no puedo dejar de mirarlos. Segunda temporada es lo más cerca que ha estado una serie de la ayahuasca. Viva la libertad creativa.
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