Colombia frente a los terremotos: cuando el riesgo también está construido

Colombia cuenta, desde 1998, con una normativa de construcción sismorresistente que significó un enorme avance para la prevención y la reducción del riesgo de desastres. La existencia de esta norma ha permitido que buena parte de las edificaciones construidas durante las últimas décadas incorporen criterios técnicos destinados a proteger la vida de sus ocupantes frente a eventos sísmicos.

 El país cuenta desde 1998 con una normativa de construcción sismorresistente, pero existen viviendas vulnerables que son una amenza para la vida  

Colombia cuenta, desde 1998, con una normativa de construcción sismorresistente que significó un enorme avance para la prevención y la reducción del riesgo de desastres. La existencia de esta norma ha permitido que buena parte de las edificaciones construidas durante las últimas décadas incorporen criterios técnicos destinados a proteger la vida de sus ocupantes frente a eventos sísmicos.

Sin embargo, una norma, por rigurosa que sea, no puede transformar de manera inmediata el parque construido de un país.

Colombia tiene millones de edificaciones construidas antes de la entrada en vigencia de la normativa sismorresistente. Algunas tienen varias décadas de antigüedad y fueron levantadas bajo estándares técnicos muy diferentes a los actuales. A esto se suma una realidad mucho más compleja: el crecimiento informal de nuestras ciudades.

Como ocurre en buena parte de América Latina, las ciudades colombianas han crecido bajo enormes desigualdades sociales y económicas. La necesidad de acceder a una vivienda ha llevado a millones de familias a construir de manera progresiva, muchas veces sin acompañamiento técnico, sin diseños estructurales adecuados y, en algunos casos, sin cumplir las normas urbanísticas y de construcción. La informalidad urbana no es solamente un problema de planificación: también es un factor determinante de vulnerabilidad frente a los desastres.

Por eso, cuando ocurre un terremoto, no basta con preguntarnos cuál fue su magnitud, su profundidad o la intensidad con la que se sintió. Hay otro factor que puede resultar determinante: la duración del movimiento sísmico.

En el evento ocurrido este lunes, la duración del seísmo fue particularmente relevante. Una edificación puede soportar determinados niveles de aceleración, pero permanecer sometida durante un tiempo prolongado a movimientos repetitivos incrementa las exigencias sobre sus elementos estructurales y puede llevar al límite -o superar- la capacidad de edificaciones que ya presentaban condiciones de vulnerabilidad.

Esto ayuda a entender por qué ciudades como Cali, Pereira, Manizales y Quibdó, estuvieron entre las zonas donde se reportaron mayores afectaciones. No se trata únicamente de la fuerza con la que llegó la onda sísmica. Se trata de cómo esa energía interactuó con un territorio urbano construido durante décadas, con edificaciones de diferentes edades, sistemas constructivos, materiales, condiciones de suelo y niveles de cumplimiento de las normas.

El verdadero problema, entonces, no es solamente el terremoto.

El problema es el riesgo que hemos construido antes de que ocurra el terremoto.

La amenaza sísmica no la podemos evitar. Colombia se encuentra en una región geológicamente activa y los terremotos hacen parte de nuestra realidad natural. Lo que sí podemos transformar es nuestra vulnerabilidad.

Eso significa avanzar mucho más allá de construir bien las nuevas edificaciones. Significa identificar cuáles son las estructuras existentes que presentan mayor riesgo, evaluar su comportamiento sísmico, establecer programas de reforzamiento estructural y desarrollar políticas públicas que permitan intervenir progresivamente las edificaciones más vulnerables.

También significa enfrentar de manera decidida la informalidad constructiva. No podemos seguir entendiendo la vivienda informal únicamente como un problema de legalización de predios o de acceso a servicios públicos. Una vivienda estructuralmente vulnerable también es una amenaza para la vida de quienes la habitan.

Las ciudades latinoamericanas necesitan, por ello, una nueva generación de políticas de reducción del riesgo: programas masivos de evaluación y reforzamiento de edificaciones, asistencia técnica para la vivienda popular, mecanismos financieros para mejorar estructuras existentes y sistemas de información que permitan conocer dónde están las edificaciones más vulnerables.

La experiencia de cada seísmo debería servirnos para aprender, no solamente para reaccionar.

Colombia ha avanzado enormemente en materia de construcción sismorresistente desde 1998. Pero una ciudad segura no se construye únicamente con una buena norma. Se construye también identificando su pasado, interviniendo su presente y anticipándose a su futuro.

Porque cuando llegue el próximo gran terremoto -y sabemos que llegará- la diferencia entre una tragedia y una catástrofe no estará determinada únicamente por la magnitud del evento. Estará determinada, en buena medida, por qué tan vulnerables decidimos permitir que sigan siendo nuestras ciudades.

Mauricio Facio Lince es arquitecto colombiano experto en gestión del riesgo y gerente de Economía Circular del Centro de Ciencia y Tecnología de Antioquia (CTA).

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