Los reyes Guillermo y Máxima duermen con los Trump en la Casa Blanca en una excepcional noche que divide a los holandeses

<p>Cuando amanece en España, probablemente los inquilinos de la Casa Blanca y sus huéspedes, en Washington, seguirán en la fase REM del sueño. Si es que han podido conciliarlo en una noche tan excepcional, en la que los<a href=»https://www.elmundo.es/internacional/2026/04/04/69d108e921efa003538b458e.html» target=»_blank»> reyes Guillermo y Máxima de los Países Bajos</a> han disfrutado del honor de pernoctar en la residencia oficial del presidente de Estados Unidos. Se trata de un privilegio al alcance de muy pocos mandatarios internacionales, que viene a confirmar tanto la estrecha relación de <a href=»https://www.elmundo.es/internacional/2026/04/13/69dd2544fc6c83193f8b4596.html» target=»_blank»>Donald Trump</a> con los Orange como <strong>la fascinación que el mandatario republicano siente hacia la Monarquía</strong>, algo que algunas naciones como el Reino Unido, Países Bajos y no digamos ya las naciones del Golfo están sabiendo aprovechar muy bien, mientras que otras como España, por motivos políticos que a nadie se le escapan, quedan totalmente fuera de juego.</p>

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 Durante la cena abordan la crisis en Irán y cuestiones como el papel de la OTAN, con presencia del primer ministro neerlandés  

Cuando amanece en España, probablemente los inquilinos de la Casa Blanca y sus huéspedes, en Washington, seguirán en la fase REM del sueño. Si es que han podido conciliarlo en una noche tan excepcional, en la que los reyes Guillermo y Máxima de los Países Bajos han disfrutado del honor de pernoctar en la residencia oficial del presidente de Estados Unidos. Se trata de un privilegio al alcance de muy pocos mandatarios internacionales, que viene a confirmar tanto la estrecha relación de Donald Trump con los Orange como la fascinación que el mandatario republicano siente hacia la Monarquía, algo que algunas naciones como el Reino Unido, Países Bajos y no digamos ya las naciones del Golfo están sabiendo aprovechar muy bien, mientras que otras como España, por motivos políticos que a nadie se le escapan, quedan totalmente fuera de juego.

Si alguien en el matrimonio Trump o en la pareja real neerlandesa ronca, probablemente habrá entorpecido el descanso de la contraparte. Y es que han dormido tan cerca unos de otros que no extraña que la prensa, tanto en Países Bajos como en Estados Unidos, bautizara esta noche como «una fiesta de pijamas». Porque Guillermo Alejandro y Máxima han dispuesto del llamado Dormitorio Lincoln, muy cerca de los aposentos de Trump. Se trata de una de las estancias más emblemáticas de la Casa Blanca, donde dormía el célebre presidente que el 1 de enero de 1863 emitió la Proclamación de Emancipación declarando libres a los esclavos en los estados confederados rebeldes. También fue donde contaron con su cama Theodore Roosevelt o Calvin Coolidge.

Que un mandatario se aloje, como decimos, en la Casa Blanca es excepcional. Es algo que no sucede ni siquiera en las visitas de Estado que recibe Washington. Sin ir más lejos, EEUU lo tiene ya todo preparado para la histórica llegada la semana próxima de los reyes Carlos III y Camila, y los soberanos británicos se hospedarán en Blair House, la residencia presidencial frente a la Casa Blanca.

Guillermo y Máxima se encuentran en una visita de trabajo -nivel diplomático por debajo de una visita de Estado-, que les está llevando a recorrer Filadelfia, Washington D.C. y Miami. Pero Trump ha tenido este gesto con ellos como devolución del que los monarcas tuvieron con él durante la cumbre de la OTAN en La Haya el pasado junio. Entonces, estos le instaron a que se quedara a dormir en el mismo Palacio Huis ten Bosch, cosa que él hizo encantado, en vez de irse a dormir a un hotel de la ciudad de Noordwijk, tal y como estaba previsto. Eso, además, les permitió compartir momentos privados distendidos como el desayuno, en un ambiente relajado en el que pudieron hablar con franqueza sobre asuntos fuera de la agenda pública. Es la diplomacia blanda tan importante y tantas veces tan eficaz que con maestría suelen desplegar los monarcas europeos.

Pero esta visita de los reyes neerlandeses a Washington está rodeada de polémica. Muchos de sus conciudadanos consideran que se produce en un momento muy inoportuno y que transmite una sensación equívoca por parte de los Orange. Y es que ha llegado en medio de la guerra en Irán -con escalada verbal hacia Irán en las últimas horas incluida-, y en un contexto en el que Trump está siendo especialmente agrio en sus ataques tanto a Europa como, en concreto, a los socios de la OTAN. Eso sí. No se puede pasar por alto que su secretario general es el ex primer ministro neerlandés Mark Rutte, quien a base de darle la razón en todo y de adularle hasta la extenuación se ha metido a Trump en el bolsillo, y quien por supuesto mantiene hilo directísimo con el rey Guillermo Alejandro, con quien mantiene audiencias periódicas.

Una reciente encuesta en los Países Bajos reflejaba que la visita de los soberanos a Trump divide completamente a los ciudadanos. Un 44% se declaraba días atrás en contra de que la realizaran, prácticamente el mismo porcentaje de los que la apoyaban, sobre la base de que el vínculo tan estrecho de los Orange y el republicano es un punto fuerte para la política exterior neerlandesa que deben aprovechar sin duda.

Guillermo y Máxima fueron recibidos con honores por el matrimonio Trump en la entrada de la Casa Blanca al caer la tarde del lunes. Trump calificó a sus invitados de «muy respetados». Guillermo Alejandro comentó algo sobre los tulipanes del jardín. Y tras los saludos protocolarios y un recibimiento muy cálido que se extendió mucho más tiempo de lo previsto, según transmitieron las fuentes por el interés que el presidente tenía de conversar con sus huéspedes, se produjo una cena de carácter no oficial. Eso sí, de tanta importancia que a la misma se unió el primer ministro neerlandés, Rob Jetten, casi recién estrenado en el cargo, y con una ideología progresista y muy europeísta, en las antípodas de la de Trump.

«Fue una velada muy agradable», concluyó Jetten al término de la cena y de camino a su hotel, dado que la invitación para quedarse a pernoctar en la Casa Blanca se limitaba a la pareja real. Tampoco era cuestión de que eso pareciera un campamento de verano.

Según el primer ministro, durante la cena de tres platos se abordaron numerosos temas, desde Irán hasta Ucrania y la OTAN. Describió la velada como «abierta y constructiva, donde nadie tuvo que andarse con rodeos». Jetten dijo comprender que «muchos neerlandeses se sienten incómodos» con la visita. Sin embargo, recalcó que «es positivo mantener un diálogo en estos tiempos de tensión». Al mismo tiempo, comentó que percibió cierto resentimiento en el bando estadounidense por la complacencia con la que Europa había manejado el paraguas de seguridad estadounidense. Según Jetten, las diferencias de opinión quedaron al descubierto, pero no se resolvieron. «Fue demasiado breve para convencernos mutuamente», recoge el diario De Telegraaf.

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