Un fantasma es en esencia un ser agraviado. O ha perdido a su hijo como La Llorona, o enterraron mal sus huesos como tantos desaparecidos de guerras o el responsable de su muerte no ha penado por ello. Reclaman justicia, pero son conscientes de que tal cosa es imposible. Nadie les va a devolver de la muerte. «Por ello», apunta una experta en la materia como Mariana Enriquez, «se conforman simplemente con que se recuerde que esa injusticia ocurrió». El suyo es, por así decirlo, el reino de la memoria imposible. Evitar el olvido de su propio olvido es su razón de existir. Y de no existir. Por otro lado, está en su naturaleza, tan aceptada por la tradición de manera siempre folclórica, la mayor y más insoluble de las paradojas. La suya es una posición intermedia entre ser y no ser. El fantasma no cuenta en el registro civil ni como presencia ni como ausencia. Digamos que su no-existencia es doble. Y un último detalle: los fantasmas regresan y cada vez que lo hacen son recibidos como una aparición sorprendente y única. Es decir, la idea de volver de la muerte fractura todas las concepciones del propio tiempo. La temporalidad a la que están sujetos los fantasmas es por fuerza contradictoria ya que a la vez que regresan se aparecen siempre por primera vez.
El director y la escritora componen un drama entre gótico y neorrealista tan atmosférico como caprichoso y errático. A su lado, la escritora Maha Harada debuta como directora en In my father’s room (***), un drama sobre el duelo tan delicado como aparatosamente consciente de su delicadeza
Un fantasma es en esencia un ser agraviado. O ha perdido a su hijo como La Llorona, o enterraron mal sus huesos como tantos desaparecidos de guerras o el responsable de su muerte no ha penado por ello. Reclaman justicia, pero son conscientes de que tal cosa es imposible. Nadie les va a devolver de la muerte. «Por ello», apunta una experta en la materia como Mariana Enriquez, «se conforman simplemente con que se recuerde que esa injusticia ocurrió». El suyo es, por así decirlo, el reino de la memoria imposible. Evitar el olvido de su propio olvido es su razón de existir. Y de no existir. Por otro lado, está en su naturaleza, tan aceptada por la tradición de manera siempre folclórica, la mayor y más insoluble de las paradojas. La suya es una posición intermedia entre ser y no ser. El fantasma no cuenta en el registro civil ni como presencia ni como ausencia. Digamos que su no-existencia es doble. Y un último detalle: los fantasmas regresan y cada vez que lo hacen son recibidos como una aparición sorprendente y única. Es decir, la idea de volver de la muerte fractura todas las concepciones del propio tiempo. La temporalidad a la que están sujetos los fantasmas es por fuerza contradictoria ya que a la vez que regresan se aparecen siempre por primera vez.
Digamos que de todas estas paradojas se alimenta Mis muertos tristes, la serie (sí serie, no película) presentada a competición en el Festival de San Sebastián y que firman con la misma tinta, que es su propia sangre de creadores, tanto el cineasta chileno Pablo Larraín como escritora argentina ya citada en el párrafo precedente. La producción, llamémosla así, hace pie en el relato del título sobre el que se añaden detalles de otros cuentos como Julie, Un lugar soleado para gente sombría y, en menor medida, Cuando hablábamos con los muertos.Todo va de fantasmas y, por ello, todo va de contradicciones. No por casualidad, se trata de una miniserie dividida en cuatro capítulos que de manera inédita y única se proyecta en San Sebastián borrando los límites entre los episodios hasta convertirla en una película que en verdad no lo es del todo. Y al revés. Es y no es como los propios espectros que la habitan.
Por adelantar el diagnóstico, es mala idea la de juntarla. Larraín, en verdad, estructura Mis muertos tristes de manera episódica solo pendiente de crear un ambiente, de provocar una ansiedad, de introducir al espectador en un estado de ánimo entre la indignación, el miedo y la simple ternura. Y ello sin prestar demasiada atención a una narrativa, reconozcámoslo, completamente errática, algo caprichosa y plagada de bellos accidentes que, en puridad, se agotan en sí mismos sin conducir a lugar alguno. No es un thriller pendiente de una solución que reordene las piezas, tampoco es drama que busque catarsis alguna en la mirada compungida de la audiencia y bajo ningún concepto comedia, aunque la displicencia de una enorme Carmen Morán arranque más de una carcajada, carcajada triste, pero carcajada al fin.
Se cuenta la historia de una doctora jubilada (Morán) con la rara y muy sufrida habilidad de ver y hablar a los muertos. Sus muertos. Por motivos familiares (su madre acaba de fallecer) decide mudarse al extrarradio de Buenos Aires desde el cómodo y saneado barrio alto. Lo que allí encontrará es, básicamente, infinidad de muertos. Muertos por la violencia. Muertos por la pobreza. Muertos por el olvido. Muertos, decíamos, que son fantasmas; y fantasmas que son y no son. Poco después, llega su hija fotógrafa (Dolores Fonzi) que perdió a su marido por culpa de la heroína. Y un poco más tarde, aparecen como de la nada (vuelan desde Estados Unidos) su hermana (Alejandra Flechner), su cuñado (Carlos Portaluppi) y su sobrina (Carolina Sánchez). Esta última, como la propia protagonista, también se comunica con los que no están, pero a su manera: hace el amor de manera muy satisfactoria con los espíritus. Este poder la desahuciará como cuerda y hasta como viva.
Larraín insiste en su caligrafía a la vez perfectamente realista y siempre a la fuga de la realidad que hiciera patente en películas tan feroces como Post mortem, tan alucinadas como El conde y tan góticas como Spencer para componer un poema tan bello como árido por donde asoman las costuras del mundo que pisamos fuerte y habitamos mal. Así, y poco a poco, los fantasmas se hacen presentes no solo en los cuerpos diluidos de los que ya murieron, sino en el propio cuerpo de los edificios abandonados, de los hospitales públicos desasistidos, de los cuerpos de mujer acosados y de los propios barrios olvidados («Como Los olvidados de Buñuel», corre a decir el propio director) donde tres adolescentes son acribilladas sin más. Mediante planos largos que recorren y borran los límites entre los que viven y los que murieron, la película fotografiada por Sergio Armstrong como si se tratara de una pesadilla azul que no acaba, la película, decíamos, que es y no es al mismo tiempo, acaba por instaurar un universo propio tan absorbente y angustioso como felizmente liberador.
Es serie, pero tan alejada de lo que comúnmente nos venden por serie, que bien podría llamarse simplemente fantasma. Es decir, pura paradoja.
No lejos, la novelista japonesa Maha Harada no quiso dejar pasar la oportunidad para agregar lo suyo en cuanto a fantasmas se refiere en la que es su primera película. A su modo, también In my father’s room trata de presencias ausentes, de ausencias obstinadas, de fugas que son encuentros. Una empleada de un museo –esos seres misteriosos que se sientan al lado de obras de arte y callan– recibe un buen día un sobre con un mensaje y una llave. Se lo envía su padre fallecido recientemente. El hombre murió solo. Dedicó sus últimos días a la poesía, al arte del té y al asombro. Lo que sigue es la historia de un descubrimiento sutil y fundamental. Poco a poco, vigilada por la sombra opaca de un cuadro de Mark Rothko, la protagonista aprenderá a conocer a su padre convertido ahora en fantasma y, de la mano del progenitor, el verdadero peso (que no sentido) de asuntos tales como la pérdida, el amor y, más importante que todo ello, la belleza.
Maha Harada compone la película con una precisión a distancia de gestos comunes. El cine que propone esta debutante nada entiende de convencionalismos, de transiciones funcionales o de planos de recurso. Cada secuencia se antoja fundamental, única, como si encuadrara un cuadro dentro del propio cuadro. Pocas películas tan hondas, delicadas y rigurosas. El problema, que lo hay, reside en la teatralidad, digámoslo así, de una perfección buscada con desesperación. Se diría que la película no deja un segundo de avisar al espectador de lo honda, delicada y rigurosa que quiere ser. Y en esa autoconsciencia tan forzada acaba por ser ella misma un fantasma de sí mismo. Es decir, un muerto, que no un muermo. Bella sí, pero, definitivamente, sobra almidón.
Y así las cosas, un día para la hauntología o, como diría Abbott y Costello, agárrame ese fantasma.
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