«Hay que ir recogiendo el verano» es la expresión familiar, sentenciosa y ritualmente repetida, que marca el proceso de aclimatación mental ante el retorno a la vida corriente y sus responsabilidades. La tengo incrustada en la memoria y escucharla me produce cada vez un pellizco en el estómago. «Recoger el verano» es muchas cosas, desde la relación de reparaciones y reposiciones «para el año que viene» -las tejas zarandeadas por el viento o las toallas a retirar- hasta los proyectos de cada uno, el repaso general de lo que se queda y lo que se va, festoneado todo ello por el «no te olvides de». En este contexto, el desaliento siempre me invade al confrontar la pila de libros incólumes que engrosan el inventario de derrotas. También al apreciar los abandonados a medio camino, cuyo número aumenta desde que ya no precede a su adquisición aquel examen en librería que sopesaba la utilidad de la inversión. A ello se suma haber perdido el respeto al libro «en esencia», por el que me tengo embaulados ladrillos insoportables.
No esperaba encontrar en un libro a propósito de religión, ‘Taking Religion Seriously’, una prolongación de reflexiones que han partido de Ulises o la inteligencia artificial y que han conducido a la perenne interrogación sobre Occidente
«Hay que ir recogiendo el verano» es la expresión familiar, sentenciosa y ritualmente repetida, que marca el proceso de aclimatación mental ante el retorno a la vida corriente y sus responsabilidades. La tengo incrustada en la memoria y escucharla me produce cada vez un pellizco en el estómago. «Recoger el verano» es muchas cosas, desde la relación de reparaciones y reposiciones «para el año que viene» -las tejas zarandeadas por el viento o las toallas a retirar- hasta los proyectos de cada uno, el repaso general de lo que se queda y lo que se va, festoneado todo ello por el «no te olvides de». En este contexto, el desaliento siempre me invade al confrontar la pila de libros incólumes que engrosan el inventario de derrotas. También al apreciar los abandonados a medio camino, cuyo número aumenta desde que ya no precede a su adquisición aquel examen en librería que sopesaba la utilidad de la inversión. A ello se suma haber perdido el respeto al libro «en esencia», por el que me tengo embaulados ladrillos insoportables.
Pero la adustez del trance tiene sus alegrías: aquellas obras que insospechadamente revelan vínculos entre preocupaciones y textos dispersos, que justifican el vagar sin programa del paréntesis estival, el demorarse en asuntos de apariencia inconexos. Mi última lectura, Taking Religion Seriously de Charles Murray (Deusto la publicará en español en octubre como Tomarse la religión en serio), se encuadra en esta categoría. Empecé por sentido del deber, por ser regalo de un querido amigo y llevar meses preterida, aguardando turno en el desbordado montón de pendientes.
No esperaba encontrar en un libro a propósito de religión una prolongación de reflexiones que este verano han partido de Ulises o la inteligencia artificial y que, por variadas sendas, han conducido a la perenne interrogación sobre Occidente. Murray narra cómo decidió adentrarse en los vericuetos de la religión. En su adultez, el tema sencillamente no importaba; nada le impelía a combatirla ni a demostrar su falsedad. Para una persona de su edad, formada y satisfecha con las interpretaciones canónicas de la modernidad, Dios pertenecía al capítulo de las cuestiones que podían juzgarse superadas. No está solo; algo se mueve desde hace unos años entre intelectuales occidentales de dispar procedencia. Niall Ferguson, historiador y biógrafo de Henry Kissinger, cuenta cómo, criado en el ateísmo, ha abrazado ahora el cristianismo. Ayaan Hirsi Ali, figura de referencia, musulmana primero y destacada exponente después del llamado «nuevo ateísmo», se declaró cristiana en 2023. Son experiencias muy diferentes y sería absurdo hablar de boga de conversiones, pero se trata de un fenómeno que amerita atención.
Un fenómeno que no es exclusivamente anglosajón. Emmanuel Carrère, premio Princesa de Asturias de las Letras 2021, lleva años habitando el confín entre agnosticismo y fe. El Reino, su formidable inmersión en Pablo de Tarso y los primeros cristianos, traduce la idiosincrasia de quien no cree pero tampoco puede dejar de escribir sobre cómo fue posible creer y cómo aquella creencia terminó transformando el mundo. Javier Cercas emprende un viaje de claras concomitancias en El loco de Dios en el fin del mundo. Continúa confesándose no creyente, pero admite haber tenido que desprenderse de su «fobia anticatólica» para encarar el fondo del libro: la Resurrección. Y con voluntad de no alargar la lista, cabe reseñar que una de las plumas más solventes de la joven generación patria, Ana Iris Simón, se define como «recién llegada a la fe».
Unos alcanzan a creer, otros siguen buscando; lo significativo es que todos han vuelto a considerar abierta una pregunta clausurada para buena parte de la cultura occidental. Así, independientemente del auge de la fe, es difícil rebatir que asistimos a un remozado interés por explorar este ambiguo territorio. Ello constituye una novedad de calado. La Ilustración no abolió la religión; muchos de sus protagonistas eran creyentes. Tampoco la ciencia moderna nació contra ella. Sin embargo, durante el tramo final del siglo XX se extendió en círculos académicos atlánticos una certeza distinta: el avance del conocimiento iría limitando inexorablemente el ámbito reservado a Dios. La secularización dejó de entenderse sólo como manifestación social para erigirse en una filosofía de la Historia. El «nuevo ateísmo» no trataba únicamente de negar la existencia de Dios, sino de impugnar la religión como relato del mundo y fuente de verdad, desde la convicción de que racionalidad y ciencia reducían el espacio de las pretensiones metafísicas. Así, por un tiempo pudo dictaminarse que la modernidad había resuelto la vieja disputa entre fe y razón.
Quizá la alternativa estuviera mal planteada.
El atractivo de Murray radica en aproximarse a la cuestión religiosa desde el lado opuesto al fideísmo. No pide suspender la razón; la utiliza. Recorre el ajuste fino del universo, la conciencia, la moral y, después, la historicidad de los Evangelios, la Resurrección o la Sábana Santa. Sus argumentos son opinables -algunos mucho-, pero ése es precisamente el meollo: considerar que merecen discusión. Murray no acepta que por principio deba excluirse la hipótesis trascendente antes de comenzar la indagación. Eso implica, en el sentido literal del título, tomarse la religión en serio. Y quizá explique por qué el libro ha venido a cruzarse con otras interpelaciones de este verano. La inteligencia artificial nos obliga a interrogarnos sobre libertad, responsabilidad -lo que nos hace humanos-; en fin, materias que los avances tecnológicos, lejos de finiquitar, están devolviendo al primer plano, pues la frontera más avanzada desemboca en las preguntas más antiguas.
La envergadura del reto sobrepasa la religión. Las preguntas que afloran se incardinan en la ontología de Occidente -que no puede explicarse prescindiendo del cristianismo-. Atenas, Roma y Jerusalén, la Reforma, la Ilustración, el liberalismo y la revolución científica forman estratos a menudo enfrentados de esa misma construcción, pero conceptos que estimamos casi innatos -dignidad de la persona, igualdad, conciencia individual, universalidad, atención a la víctima- comparten una genealogía en la que el cristianismo resulta imposible de extirpar sin mutilar la historia.
Este debate tampoco es nuevo. Durante la elaboración del proyecto de Constitución europea -hace ya veintitantos años- se libró una áspera batalla en la Unión en torno a la mención de sus raíces cristianas. Entonces pudo parecer una controversia identitaria, incluso semántica. Joseph Ratzinger y Marcello Pera advirtieron que había bastante más en juego. Por su parte, Joseph Weiler, judío y uno de los grandes juristas de la integración europea, postuló que reconocer la matriz cristiana de Europa no equivalía a imponer una fe, sino negarse a falsificar su historia. Tuve el privilegio de vivir desde dentro el proceso como miembro del Praesidium de la Convención sobre el Futuro de Europa, y mi defensa decidida de la inclusión me acarreó críticas y vilipendios acerbos. También me regaló alguna extraordinaria conversación con Juan Pablo II, para quien la discusión rebasaba con mucho la redacción de un texto por fundante que fuera: se dirimía la memoria que Europa quería acuñar de sí misma.
Vista hoy, aquella disputa adquiere una profundidad inédita. La pregunta ya no consiste en si debía aparecer la palabra «cristianismo» en el preámbulo de un tratado. Es más exigente: ¿puede una civilización conservar indefinidamente unos principios después de haber olvidado por qué los considera valiosos?
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