He vendido la última parte de mi colección de revistas. Por algunos lotes, hechos de números consecutivos, adquiridos mes a mes, religiosamente, durante varios años, he sacado algo de dinerito. Cuidadísimas revistas de moda y tendencias que ahora tienen entidad de libro de consulta. Las menos cotizadas terminaron en el contenedor de reciclaje de papel, carentes de valor o, al menos, de comprador. En principio ese era, no nos engañemos, el destino natural de todas.
Cuando los años 80 se convirtieron en alpiste nostálgico en forma de películas y series, no caí en la cuenta de que después irían los 90
He vendido la última parte de mi colección de revistas. Por algunos lotes, hechos de números consecutivos, adquiridos mes a mes, religiosamente, durante varios años, he sacado algo de dinerito. Cuidadísimas revistas de moda y tendencias que ahora tienen entidad de libro de consulta. Las menos cotizadas terminaron en el contenedor de reciclaje de papel, carentes de valor o, al menos, de comprador. En principio ese era, no nos engañemos, el destino natural de todas.
Ahora mismo se exponen en las paredes de la Tate Gallery páginas de revistas que yo tuve en su momento. No el mismo ejemplar, se entiende, pero sí el mismo número, la misma página, esa foto que entonces ya me parecía magnífica. Encontrarlas en las salas del museo londinense, como parte de una exposición importante, es extraño.
The 90’s: Art and Fashion, abierta hasta febrero del año que viene, recurre mucho a imágenes publicadas por The Face o i-D. Algunas están simplemente clavadas a las paredes con alfileres, como en el corcho del dormitorio de un adolescente de los 90 flipado con Alexander McQueen o Juergen Teller. Fotografiada por este último, Kate Moss con melena rosa es una de las imágenes más icónicas de la muestra. Cuando se tomó la instantánea, nadie imaginaba que terminaría en una de las instituciones culturales más importantes del Reino Unido.
Allí dialoga con el voluminoso vestido que Moss vistió en el desfile de moda que convirtió a John Galliano en una estrella. La prenda, aunque espectacular (y muy simbólica) no es de demasiada calidad. Yo la recordaba más majestuosa y, sobre todo, más lejana. Pero, desde luego, como fetiche noventero es incuestionable. Como los tiburones en formol de Damien Hirst, la falda-mesa de Hussein Chalayan o esa foto de Kristen McMenamy, también de Teller, fumando en pelotas, con un moratón en el hombro, un arañazo en la tripa y la prueba evidente de que la depilación brasileña se puso de moda más tarde. Quién le iba a decir a McMenamy que terminaría en el mismo edificio que la Ophelia de John Everett Millais o el A Bigger Splash de David Hockney. Y quién me iba a decir a mí que vería ahí revistas que tuve y flyers de discotecas que recuerdo.
Cuando los años 80 se convirtieron en alpiste nostálgico en forma de películas y series, no caí en la cuenta de que después irían los 90. Que antes de lo que a mí me gustaría, habría pasado el tiempo suficiente como para ver como material de museo la década a la que culturalmente pertenezco. Mis revistas inglesas, atesoradas durante años, siendo testimonio de un tiempo que ya no existe. «¿Soy retro?», se preguntaba un personaje de Douglas Coupland cuando sospechaba que la cultura del momento se dirigía a generaciones más jóvenes. «Esto ya no lo hace nadie», dice mi amiga en la Tate, delante de unas fotos producidas por Isabella Blow. Por eso están en un museo, supongo. Luego, en la tienda, compraremos pegatinas de smileys y camisetas que hoy son retro pero entonces eran lo que había.
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