El poder quebrado de Trump: el tsunami azul pone fin al mito de su invulnerabilidad

Hay noches electorales que premian o castigan a líderes y partidos, noches que cambian el reparto de poder y provocan sacudidas por todo el planeta. Y hay noches, pocas, que marcan el inicio o el final de una era. La del martes, en Estados Unidos, pertenece probablemente a la última categoría. Durante dos años, Donald Trump ha gobernado prácticamente sin obstáculos, con la seguridad de quien no conoce ni reconoce límites, respaldado casi ciegamente por un partido sometido que ha convertido la lealtad personal en manual de supervivencia. Trump ha gobernado sin escuchar, castigando a amigos y enemigos, crecido una oposición demasiado débil para hacerle frente. Trump parecía inmortal, inmune a todo, hasta al asalto al Capitolio. Una fuerza de la naturaleza con dominio férreo. Hasta ahora.

 El castigo a la corrupción y al coste de la vida deja al presidente sin mayorías. Los republicanos constatan que él es el problema y arranca la campaña por su sucesión  

Hay noches electorales que premian o castigan a líderes y partidos, noches que cambian el reparto de poder y provocan sacudidas por todo el planeta. Y hay noches, pocas, que marcan el inicio o el final de una era. La del martes, en Estados Unidos, pertenece probablemente a la última categoría. Durante dos años, Donald Trump ha gobernado prácticamente sin obstáculos, con la seguridad de quien no conoce ni reconoce límites, respaldado casi ciegamente por un partido sometido que ha convertido la lealtad personal en manual de supervivencia. Trump ha gobernado sin escuchar, castigando a amigos y enemigos, crecido una oposición demasiado débil para hacerle frente. Trump parecía inmortal, inmune a todo, hasta al asalto al Capitolio. Una fuerza de la naturaleza con dominio férreo. Hasta ahora.

En una noche para la historia, el Partido Demócrata logró una victoria arrolladora, abrumadora, total. Un ‘tsunami azul’, en la terminología estadounidense, y un castigo durísimo al presidente y su ego. Convirtió el proceso en un plebiscito y lo ha perdido. Aunque los resultados exactos pueden tardar días, incluso semanas, en conocerse, los progresistas han recuperado el control de las dos Cámaras del Congreso de forma inapelable. Suman puestos clave de gobernadors, legislaturas estatales, secretarios de Estado, jueces. Hace dos meses se daba por hecho que recuperarían la cámara baja, aunque quizás no por demasiado, pero parecía imposible lograr el sorpasso también en el Senado. Nada más lejos de la realidad. Las encuestas, sobre todo las de la última semana, captaron perfectamente el descontento y el espíritu de los tiempos. Pronosticaron una victoria y llegó, tan clara que ha hecho saltar las costura del trumpismo.

Los demócratas tendrán, como mínimo, 54 de los 100 senadores , pero sueñan incluso con dos más, por apenas 44 de los republicanos hasta el momento. Los mismo ocurre con la Cámara de Rrepresentantes, The House, en la que ya tienen seguros 237 escaños, 20 más de los necesarios, pero donde puede añadir hasta o 30 más en las próximas ahora. Mayorías más que suficientes para construir una oposición sólida, para fiscalizar al Ejecutivo, para cambiar la dinámica de los dos últimos años. «Too big to rig», festejó el resultado el probable nuevo speaker, Hakeen Jeffries. Una victoria tran grande que ni el presidente ni sus aliados, que habían ido preparando el terreno y que incluso la jornada electoral empezaron a difundir rumores falsos, pueden hablar de fraude.

Los estadounidenses que han podido acudir por primera vez a las urnas nacieron con Obama en la Casa Blanca y durante toda su desarrollo vital han tenido a Trump perpetuamente en las noticias. Lo verdaderamente importante de la noche va más allá de numeros concretos, del hartazgo masivo con un estilo de hacer política. Un presidente puede sobrevivir a una derrota, especialmente si recalca como hizo Trump en las últimas 24 horas, que él «no estaba en la papeleta» (tras una campaña entera diciendo literalmente lo contrario). Pero difícilmente conserva intacto su poder cuando los suyos constatan que él es el problema. La gran novedad de estas midterms es que por primera vez en más de una década, la pregunta en Washington ya no es si alguien se puede atreverá a desafiar al líder, sino quién será el primero y cuándo, porque ya no pueden permitirse esperar.

La magnitud del vuelco ha superado las expectativas más optimistas del partido. Para conseguir recuperar el Congreso han necesitado victorias en feudos republicanos. No es una forma de hablar. Texas no escogía un senador demócrata desde finales de los 80. Kansas, desde 1932, casi un siglo. Carolina del Sur, parecido. También hubo un ‘flip’, un giro en el argot local, en Carolina del Norte, en Ohio, en Maine, en la rural Iowa. Al cierre de esta edición era posible incluso que Alaska y Mississippi se tiñeran de azul. Estados todos que en 2024 dieron a Trump ventajas de 10 o 15 puntos, incluso más.

Los demócratas defendieron todas las plazas clave, como Michigan o Georgia. Ya controlan el gobierno de nueve de los 10 estados más grandes y poblados del país. Han recuperado, masivamente, el voto latino y hecho una brecha incluso entre los jóvenes. Colocando a la primera gobernadora negra de la historia, a la primera gobernadora hispana en Texas, a la primera nativa americana en Nuevo méxico, al primer gay y al primer musulmán en el Senado.

El resultado de noche abre de facto varios melones. Por un lado, la campaña presidencial de 2028, con candidatos de ambos partidos posicionándose rápidamente. El primer paso lo dio el vicepresidente JD Vance el miércoles, señalando a la guerra de Irán como causante de la derrota y proponiendo una hoja de ruta que implica alejarse de Israel y de las guerras lejas, y concentrarse en los problemas domésticos, para no ser arrollados en los próximos comicios. Del otro, importantes demócratas, senadores y gobernadores, que han revalidado sus cargos y están ya preparados en la plataforma de salida.

El segundo, el contraataque institucional. A partir de enero, los demócratas dispondrán de las mayorías, los resortes institucionales y los recursos políticos necesarios no sólo para construir, por fin, una oposición reconocible, sino para fiscalizar al Ejecutivo, abrir investigaciones, bloquear nombramientos y convertir los dos últimos años de mandato presidencial en un terreno incómodo, muy bronco. Muchos de los que antes callaban por miedo ven ahora una oportunidad por fin.

El congresista californiano Robert García, hasta hace poco el número dos del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, envió el martes un escueto comunicado a la prensa tras la arrolladora victoria demócrata en las elecciones de mitad de mandato. Tras el triunfo, García asumirá la presidencia del Comité, donde se ha comprometido a «combatir a la familia criminal Trump, la corrupción corporativa, los abusos del Departamento de Seguridad Nacional y el ICE, y el encubrimiento de los archivos de Epstein». Su declaración tenía sólo dos palabras: «Lawyer up». Vayan buscando abogados.

El Congreso tiene poder suficiente si es capaz de activarse y en el pasado ha sido una maquina formidable de pesos y contrapesos. La obsesión progresista es barrer al trumpismo y la era MAGA en 2028, y por eso el primer mensaje de la nueva mayoría es que no sólo van a usar esta mayoría para contrarrestar los aranceles, las políticas económicas de Trump, la guerra de Irán. Sino para ir a por el presidente y su equipo. Por lo civil y por lo criminal.

A partir de enero de 2027, tendrán capacidad para bloquear iniciativas legislativas, frenar o condicionar sus nombramientos y, sobre todo, poner en marcha una intensa ofensiva de supervisión e investigación a su Administración. Incluyendo impeachments, procesos que pueden llevar a la destitutción. El principal quebradero de cabeza para Trump y su entorno serán las investigaciones parlamentarias para examinar posibles casos de corrupción, conflictos de intereses y abuso de poder, así como los negocios y las actividades empresariales del presidente, sus familiares y sus aliados. Podrán citar a los responsables de las agencias gubernamentales, llevar a funcionarios de la administración al Capitolio para audiencias públicas. El primer señalado, sin duda, es su secretario de Defensa, Pete Hegseth. El segundo, el director del FBI, Kash Patel. Pero la lista es enorme, sobre todo en el Departamento de Justicia

El tercer melón es el más incierto. El miércoles, el presidente hablo de cooperar con sus rivales, pero también publicó en su red social una imagen de una gorra roja, la clásica MAGA, con la palabra VETO. Es lo que le quedará si no puede aprobar leyes, ni nombramientos ni conseguir fondos para sus ideas. Si le bloquean. Consciente, y hundido, se lamentó ante uno de los periodistas con los que habló de que no quería pasar sus últimos dos años así, simplemente «sentado y sólo bloqueando leyes». Muchos, especialmente fuera de EEUU, temen que esa impotencia interna desate su lado más oscuro fuera, de Ucrania a la OTAN. Es muy posible. Tras 10 años al ataque, le toca ponerse a la defensiva. Es un hombre de 80 años, con problemas de salud, un discurso cada vez menos coherente, al que se le acaba el tiempo. Es un pato cojo, uno enfurecido, que se niega a aceptar los contratiempos y con más poder que ninguno de sus predecesores. Pero un pato cojo al final y al cabo.

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