La carrera por el Ártico, el último espacio en blanco del planeta

El sábado 12 de septiembre, la superficie de la placa de hielo que cubre el Océano Glacial Ártico alcanzó su tamaño mínimo de este año: 4,6 millones de kilómetros cuadrados, una extensión ligeramente superior a nueve Españas.

 En el hielo se libra una pugna que redibujará el mundo: las grandes potencias compiten por el fondo marino, las rutas y los recursos de un océano que nadie ha cartografiado  

El sábado 12 de septiembre, la superficie de la placa de hielo que cubre el Océano Glacial Ártico alcanzó su tamaño mínimo de este año: 4,6 millones de kilómetros cuadrados, una extensión ligeramente superior a nueve Españas.

El martes pasado, 22 de septiembre, la placa de hielo había aumentado en 140.000 kilómetros cuadrados -más o menos el equivalente de Castilla y León y Andalucía juntas- cuando, en Nueva York, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y los primeros ministros de Dinamarca y Groenlandia, Mette Frederiksen y Jens-Frederik Nielsen, firmaron el acuerdo en virtud del cual el Pentágono podrá abrir dos bases en esa isla del Ártico y la OTAN tendrá derecho de veto sobre las operaciones militares y de obras de infraestructura de países ajemos a la Alianza.

El acuerdo podría terminar con siete años de demandas territoriales de Trump sobre Groenlandia, culminadas, en ocasiones, con amenazas de invasión, y ocho meses de negociaciones muy duras. En agosto, Dinamarca envió a la isla, por primera vez desde 1996, soldados de reemplazo ante el temor a una acción de EEUU, que, según algunas informaciones, estaba exigiendo tener en Groenlandia lo mismo que había intentado obtener -sin éxito- con otro país ártico, Canadá: derecho de tanteo sobre cualquier concesión minera que considerara estratégica y capacidad de veto sobre todas las inversiones de terceros países en el territorio. A eso se sumaba la exigencia de que sus bases en la isla fueran consideradas territorio soberano estadounidense -por así decirlo, ‘gibraltares’ árticos- en una acción basada en el precedente histórico del Reino Unido con sus dos bases en Chipre.

Todo eso parece haber pasado. Con el avance del hielo causado por el invierno ártico y el final de las tensiones entre EEUU, Dinamarca y Groenlandia, se cierra el año más intenso hasta la fecha en la ‘carrera por el Ártico’. Ése es un término que se puede tomar prestado de la ‘carrera por África’ (‘African scramble’), que define a la lucha de las potencias europeas -encabezadas por el Reino Unido y Francia- por el control de África subsahariana entre 1870 y 1900. En esas tres décadas, Europa pasó de controlar menos del 10% de África a tener bajo su dominio absolutamente todo el continente, con la sola excepción de Etiopía. Primero fueron los exploradores, los misioneros, y los científicos. Después fueron los comerciantes, los colonos, y los soldados.

En el Ártico no hay misioneros. Pero los demás se están movilizando, bajo órdenes de los ocho países que tienen territorio al norte del Círculo Polar: Rusia, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Noruega, Islandia, Suecia y Finlandia. A ellos se suma China, que nunca ha tenido presencia en la región. Pekín ha soslayado ese pequeño inconveniente con el argumento de la ‘proximidad geográfica’, que revela una cara más dura que el hielo de un glaciar milenario, ya que el punto más al norte de su territorio está a 1.450 kilómetros del Círculo Polar Ártico.

Y en 2026, todos estos Estados han acelerado sus movimientos.

Los científicos, en especial, están jugando un papel central en esta ‘carrera’, como quedó claro el 16 de agosto, cuando el rompehielos canadiense ‘Louis S. St. Laurent’, en compañía del sueco ‘Oden’, alcanzaba el Polo Norte geográfico. Su misión incluía la realización de análisis geológicos y topográficos para justificar la tesis canadiense de que su plataforma continental llega, literalmente, hasta Rusia. Es una teoría que el país norteamericano ya lanzó en 2019 y 2023, cuando reclamó para sí literalmente dos millones de kilómetros cuadrados del fondo marino ártico, unas cuatro Españas. Eso le daría derecho a explotar todos los recursos en el lecho marino y en el subsuelo.

Al reclamar el fondo del mar y todo lo que está debajo de él, Canadá entra en conflicto directo con Rusia, que en 2001 y 2021 ya decidió que su plataforma continental se extiende 2,1 millones de kilómetros en Ártico, hasta, precisamente, Canadá, y con Dinamarca y Groenlandia, que reclaman para sí un millón de kilómetros. Los tres quieren extender su soberanía al subsuelo marino de lo que es pura ‘terra incognita’, porque no existen datos fiables de los potenciales recursos minerales que hay en ese subsuelo. El Ártico del siglo XXI es como Joseph Conrad definió al Congo cuando escribió ‘El corazón de las tinieblas’ en 1898, al final de la ‘carrera por África’: «Un inmenso espacio en blanco».

No solo está cuestionado el fondo del mar. También el propio océano, en especial en el caso de las aguas que separan a las 94 grandes islas -algunas, como la de Baffin, tan grandes como España, pero con la misma población que Calpe- y las 36.469 de menores dimensiones que forman el Ártico canadiense. Para ese país, los canales que separan esas masas de tierra son aguas territoriales canadienses. Todos los países del mundo aceptan esa tesis. Salvo uno: EEUU. Para Washington, ésas son aguas internacionales que, por tanto, sus barcos pueden transitar sin problemas, lo que les da vía libre al famoso ‘Paso del Noroeste’ que los marinos europeos persiguieron durante 400 años. En 1988, EEUU y Canadá acordaron que los rompehielos del primero de esos países pedirían siempre autorización para pasar por esos canales, y que ésta les sería dada automáticamente por los canadienses.

El acuerdo no resolvió el problema de fondo. Y las relaciones entre Canadá y EEUU se han deteriorado hasta niveles desconocidos en los 97 años que ambos países llevan siendo independientes. Especialmente cuando Washington solo tiene, como recordó con sarcasmo el primer ministro canadiense, Mark Carney, en agosto, un ‘rompehielos pesado ártico’, capaz de partir hielo de más de 90 centímetros de espesor y, además, depende de Canadá y Finlandia para desarrollar los 11 más que se ha fijado como meta para extender su área de influencia en lo que se denomina ‘alto Ártico’, un término vago pero que coincide con esos 4,6 millones de kilómetros cuadrados que estaban cubiertos de hielo el 12 de septiembre.

El caso de la falta de rompehielos de EEUU trae a la ecuación a los soldados, que en la ‘carrera del Ártico’, como en la de África, están jugando un papel cada año más importante. La competencia por el Ártico se ha convertido en un ejemplo práctico del famoso llamamiento de Carney en Davos en el sentido de que las potencias medianas «deben actuar juntas». Y ello, a su vez, está siendo una tabla de salvación para la OTAN. Seis ‘potenciasmedianas’ de la Alianza -Canadá, Dinamarca, Islandia, Suecia, Noruega y Finlandia- son estados árticos. El unilateralismo y la agresividad en Groenlandia del séptimo país ártico de la OTAN, EEUU, les ha llevado a apostar por esa organización militar para defender sus intereses.

Como explica el analista noruego Krstren Friis en un artículo publicado por el think tank de defensa británico RUSI en agosto, «cuando la retórica del presidente Trump fue más explícita, fue necesario tener discusiones [en la OTAN] sin la presencia de EEUU» para discutir cuestiones relativas a la seguridad del ‘alto norte’. En 2026, Suecia e Islandia han lanzado nuevas doctrinas de seguridad para el Ártico y Finlandia, por primera vez, ha presentado una. Noruega anunció la suya en noviembre de 2025. Estocolmo y Ottawa han abandonado completamente su reticencia a que la OTAN juegue un papel central en el Ártico. Incluso la UE estuvo a punto de verse favorecida en el Ártico como alternativa a EEUU en el fallido referéndum islandés para la adhesión celebrado hace cuatro semanas.

Igual que en la ‘carrera por África’, en la del Ártico también hay empresas. Por ejemplo, el gigante petrolero estatal ruso Rosneft. El día 5 de este mes, su terminal petrolera de la Bahía de Bukhta, 800 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, cargó crudo en un barco por primera vez. En las tres semanas que han transcurrido desde ese día, Rosneft ya ha transferido 250.000 toneladas de petróleo a tres petroleros. Un cuarto está esperando para entrar. Moscú ha gastado 35.000 millones en construir ese puerto, que le permite exportar hidrocarburos sin temor a las sanciones occidentales y con relativa seguridad, debido a su distancia de Ucrania. El riesgo más evidente es el peligro medioambiental que la ‘flota fantasma’ de petroleros rusa supone. Pero esa nunca ha sido una preocupación para el Kremlin.

Rusia puede exportar petróleo desde Bukhta porque le favorece la Naturaleza. El Ártico ruso y europeo no es tan frío como el de Norteamérica debido al efecto de la corriente del Golfo. Por eso es más navegable. Y, por eso, en agosto la naviera china Sea Legend lanzó oficialmente la línea ‘China-Europe Arctic Express’, con siete barcos portacontenedores, que aspira a llevar cada semana de julio a septiembre -los únicos meses practicables- un cargamento del puerto de Zhoushan a los de Felixstowe, en el Reino Unido, y Hamburgo, en Alemania.

El ‘Arctic Express’ chino no es una operación empresarial. Como ha declarado el consejero delegado de la gigantesca naviera danesa Maersk, Vincent Clerc, a ‘Financial Times’, «no hay aspecto comercial» en ella. Su objetivo es estratégico. Por el Ártico no hay un Estrecho de Malaca que EEUU podría bloquear, un Canal de Suez que Egipto podría cerrar o, desde luego, un Estrecho de Bab el Mandeb en el que los hutíes de Yemen o cualquier otro se pongan a hundir barcos. Ésa es la razón por la que Corea del Sur envió a través de esa ruta a su primer carguero, el PanStar Acro, en un movimiento que levantó ampollas en Europa porque, para realizar su singladura, el buque necesitará la colaboración de Rusia.

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