En Esperando a Godot, Vladimir y Estragón aguardan a una persona que nunca llega. Los vagabundos aun así no desesperan y siguen a la expectativa junto al camino. Al final de cada día, sin falta, escuchan al mismo mensajero que les anuncia que Godot «no vendrá hoy, pero mañana sin falta». Para Kosovo, la espera y la parálisis son la misma rutina que la de esos personajes de Samuel Beckett. En el ya lejano 2008, el país declaró su independencia, pero Serbia recoge en su Constitución que Kosovo es parte inalienable de su territorio, por lo que jamás lo admitirá.
Comienza en Prístina del juicio en rebeldía de 21 serbios acusados de la matanza de 45 personas que propició la campaña de bombardeos de la OTAN sobre Serbia que acabó con la guerra
En Esperando a Godot, Vladimir y Estragón aguardan a una persona que nunca llega. Los vagabundos aun así no desesperan y siguen a la expectativa junto al camino. Al final de cada día, sin falta, escuchan al mismo mensajero que les anuncia que Godot «no vendrá hoy, pero mañana sin falta». Para Kosovo, la espera y la parálisis son la misma rutina que la de esos personajes de Samuel Beckett. En el ya lejano 2008, el país declaró su independencia, pero Serbia recoge en su Constitución que Kosovo es parte inalienable de su territorio, por lo que jamás lo admitirá.
Cinco países de la UE, incluido el nuestro, no reconocen su soberanía ni tienen visos de hacerlo, lo que aleja a su 1,6 millones de habitantes -más el medio millón que vive en la diáspora- del sueño de integración en la Unión Europea. De hecho, es el único territorio de los seis aspirantes de los Balcanes Occidentales sin el estatus de candidato oficial. En los últimos meses, además, Kosovo ha tenido que celebrar elecciones nada menos que en tres ocasiones: en la última, el pasado 7 de junio, no se logró una mayoría contundente y los partidos siguen discutiendo quién será el próximo presidente. Debe de ser como el «mañana sin falta» de la obra más célebre del teatro del absurdo.
Pero la espera y la parálisis que más dolor causan entre los kosovares es que la herida de la guerra que enfrentó a Serbia con la guerrilla albanesa de Kosovo (1998-1999) siga sangrando como si no hubieran transcurrido tres décadas. Porque aquella contienda segó la vida de más de 13.000 personas, 11.000 de ellos albanokosovares, la mayoría civiles. Pero, tantos años después, el paradero de unos 1.600 de aquellos es una incógnita y un tormento para las familias que no han podido enterrar a sus muertos.
Las autoridades anunciaron a principios de esta semana que habían descubierto una nueva fosa común en la región de Zubin Potok, en el norte de Kosovo, y los restos de al menos 11 personas, que están siendo identificados en un laboratorio. «Según las primeras evaluaciones, pertenecen a víctimas de desapariciones forzadas durante la guerra», confirmó la Comisión Gubernamental para las Personas Desaparecidas y recogió Afp.
El hallazgo coincide con el comienzo en Prístina del juicio en rebeldía de 21 serbios acusados de haber participado o instigado la masacre de Raçak (Reçak en albanés) en enero de 1999, entre ellos el que fuera jefe de Inteligencia Radomir Markovic, el entonces jefe de Policía, Obrad Stevanovic, y el ex responsable de operaciones especiales, Goran Radosavljevic, conocido como Guri, y al que la fiscalía kosovar sitúa como el mando operativo en el asalto a la aldea. Markovic cumple una condena de 40 años en Belgrado por crímenes de Estado durante el régimen de Slobodan Milosevic, incluido el asesinato del ex primer ministro serbio Ivan Stamboli, mientras los otros dos están en libertad.
En Raçak, 45 civiles fueron asesinados en una matanza que se atribuyó a las fuerzas serbias y que impulsó la campaña de bombardeos de la OTAN a Serbia, en marzo de 1999, que puso fin a la guerra. Las fuerzas serbias se retiraron entonces de Kosovo y la Alianza Atlántica desplegó una fuerza internacional para el mantenimiento de la paz, la KFOR, que aún mantiene unos 4.700 efectivos sobre el terreno. El Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia incluyó en el año 2000 esta masacre en la acusación contra Milosevic por crímenes de guerra.
El tribunal, dirigido por la juez Violeta Namani Hajra, especialista en crímenes de guerra, exigió sin éxito a los acusados que se entregaran a las autoridades de Kosovo y emitió una orden internacional de detención contra ellos. El escrito de acusación detalla cómo las fuerzas serbias bombardearon primero el pueblo de Raçak para después registrar las viviendas y «ejecutar a quemarropa» a «personas desarmadas». Serbia, por su parte, sigue afirmando que los muertos eran guerrilleros armados.
«Este juicio tiene una importancia enorme para Kosovo», explica a este periódico la investigadora kosovar Donika Emini, del Centro de Estudios sobre el Sudeste de Europa de la Universidad de Graz, en Austria. «El caso de Raçak representa un punto de inflexión en la forma en que la comunidad internacional percibió la guerra y, desde una perspectiva jurídica, es un reto ambicioso. Conviene recordar que el sistema de Justicia posterior fue construido y administrado en gran medida por la comunidad internacional», destaca esta analista.
«La ausencia de los acusados limita inevitablemente el impacto práctico del proceso y, hasta cierto punto, el juicio seguirá siendo en gran parte simbólico. Sin embargo, el simbolismo no debe subestimarse; la rendición de cuentas importa incluso cuando llega décadas después», esclarece esta analista. «La justicia no consiste solo en lograr condenas; consiste también en reconocer el dolor, preservar el registro de los hechos y demostrar que los crímenes cometidos durante la guerra no se desvanecerán con el paso del tiempo», añade.
Para ella, este juicio supone, ante todo, «un reconocimiento para las familias de las 45 víctimas y los supervivientes de Reçak, que han cargado con el peso de la pérdida mientras esperaban que la Justicia se pusiera al día«, mientras «preservaban la memoria de sus seres queridos, sintiendo que su sufrimiento nunca había sido plenamente reconocido a través de un proceso específico». Pero la relevancia, asegura, va mucho más allá para Kosovo: «Es uno de los crímenes cuya propia naturaleza sigue siendo objeto de disputa y negación por parte del régimen en Serbia. En ese sentido, el juicio no busca únicamente la responsabilidad individual; también reafirma un relato histórico establecido a través de un procedimiento judicial«. «Uno de los mayores obstáculos en la actualidad es la persistencia del revisionismo histórico», subraya.
Porque las tensiones entre Serbia y su antigua provincia, cuenta esta investigadora, están aumentando y el diálogo facilitado por la UE en los últimos tiempos para una normalización de las relaciones ha fracasado. «La reconciliación prácticamente ha desaparecido de la agenda: la juventud de ambos lados se distancia cada vez más, y las narrativas bélicas de los 90 han vuelto con fuerza. Cuanto más encallado queda el proyecto de la UE y más se prolonga el diálogo de Bruselas, más quedan relegados los Balcanes Occidentales en la agenda internacional, dejando la situación atascada en un statu quo con un riesgo serio de deterioro», destaca Emini.
La investigadora, especializada en gobernanza y seguridad, detecta además algo inquietante: «Las generaciones más jóvenes están resultando ser más nacionalistas que quienes vivieron la guerra directamente«.
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